Moncloa y los fariseos: la extravagante agenda del presidente del Gobierno
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Moncloa y los fariseos: la extravagante agenda del presidente del Gobierno

Lo simbólico se ha impuesto a lo real. Esto explica que las agendas públicas se hayan vaciado de contenido. Lo que importa es reforzar el sentimiento de tribu

placeholder Foto: Pedro Sánchez en el acto de destrucción de armas incautadas a ETA. (EFE)
Pedro Sánchez en el acto de destrucción de armas incautadas a ETA. (EFE)

Juan Goytisolo advirtió hace algún tiempo de los peligros que acarrea una exposición excesiva a los medios de comunicación. Él mismo contó que en una ocasión, mientras visitaba una librería en Almería, una señora, señalándole con el dedo, dijo a su acompañante: “Mira, ahí está el autor de 'Bodas de sangre'”.

Goytisolo, que nunca se dejó querer por los medios, llegó a establecer en su discurso de aceptación del premio Cervantes dos tipos de escritores. A un lado, quienes conciben su profesión como una carrera y cuidan su promoción y su visibilidad mediática. En el otro, quienes viven la escritura como una adicción que les procura beneficios no materiales hasta el punto de que en ocasiones, en coherencia con su dependencia de la tinta, aunque ahora sea digital, acaban convirtiéndose en camellos de las letras. Los primeros, decía Goytisolo, sin querer hurgar demasiado en la herida, son literatos; y los segundos, escritores a secas o, más modestamente, “incurables aprendices de escribidor”.

La nueva forma de hacer política –aunque toda generalización siempre tiene algo de injusta– ha demostrado que su adicción no es la cosa pública, que en última instancia es la gestión de los espacios comunes en los que se dirime el conflicto social, que es inherente a las sociedades democráticas. Ya se sabe que la paz de los cementerios es propia de dictaduras.

Se busca la construcción de espacios que se mueven en la abstracción, lo que explica su inutilidad para resolver los problemas cotidianos

Por el contrario, se ha buscado la construcción de espacios metafóricos que necesariamente se mueven en el ámbito de la abstracción, lo que explica gran parte de su inutilidad para resolver los problemas cotidianos. Al fin y al cabo, las metáforas, como bien saben los nacionalismos en sus diferentes versiones, son pura retórica con una finalidad puramente estética y simbólica. Los líderes, sostenía Walter Lippmann, nunca escamotean tiempo para cultivar aquellos símbolos que permiten organizar a los seguidores. Los símbolos, de hecho, apostillaba el primer escritor de columnas de periódico, hacen por las bases lo mismo que los privilegios hacen por las jerarquías: preservar su unidad.

Acuerdos y desacuerdos

Martin Baron, el legendario director del 'Post' (y antes del 'Boston Globe'), identificó bien este problema, es decir, la política basada en emociones y símbolos; y en una reciente entrevista declaró: “El mayor desafío al que nos enfrentamos como sociedad es que no podemos ponernos de acuerdo en verdades que deberían ser comunes. La gente ha de estar en desacuerdo sobre las respuestas a los retos a los que nos enfrentamos, en eso consiste una democracia; pero hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer. Uno debe preguntarse cómo puede funcionar la democracia en un ambiente así”. Habría que añadir que ni siquiera hay acuerdo en los desacuerdos.

Foto: El presidente del PP, Pablo Casado, con el expresidente José María Aznar. (EFE) Opinión

La reflexión de Baron es pertinente porque refleja la deriva simbólica de la política, al fin y al cabo los principios (que en definitiva es lo que se quiere transmitir con los símbolos) no se negocian. Lo que se negocian son acciones concretas para resolver un determinado conflicto. En eso consiste la política.

Esa deriva hacia lo simbólico, que por su propia naturaleza tiene siempre algo de superfluo e inútil, se manifiesta en actos públicos vacíos de contenido real pero cargados de metáforas, como el que ha protagonizado una apisonadora destruyendo armas que fueron de ETA. Existen muchos más ejemplos: la escenografía televisiva durante la salida del féretro del dictador de Cuelgamuros días antes de unas elecciones generales, la teatralización de la política durante las sesiones de control del Gobierno o esa imagen fútil de Sánchez conversando en el avión a la manera de un Kennedy cualquiera; pero es en el acto del pasado jueves en el que se muestra con claridad cómo la agenda del presidente del Gobierno se puebla de símbolos y tiende al escapismo a la hora de encarar muchos de los problemas reales.

La banalización del espacio público va en paralelo al auge de los medios de masas, que han convertido la política en un espectáculo

Ni la reforma del actual sistema de pensiones, que penaliza a trabajadores con largas carreras laborales que son expulsados de forma prematura de sus puestos de trabajo; ni el injusto comportamiento del mercado laboral, que hace descansar en los más precarios los ajustes de la crisis; ni la política territorial, que es la fuente de la inestabilidad política; ni una política cultural digna de tal nombre; ni el pésimo funcionamiento de la justicia (ahí está el caso Villarejo) o de muchas universidades, como ha puesto de relieve Fernández-Villaverde en este artículo; ni la situación completamente injusta de cientos de miles inmigrantes que viven aterrorizados sin papeles; ni esas colas del hambre que demuestran la ineficacia del diseño del ingreso mínimo vital; ni, por supuesto, una reforma fiscal adecuada para que los asalariados dejen de ser los paganos de la recaudación centran hoy el debate público. Ni, por supuesto, una nueva política industrial capaz de regenerar tejidos productivos arrasados por la competencia desleal de China ni una política de investigación necesaria para sacar de la miseria salarial a miles de investigadores que hoy las pasan canutas para llegar fin de mes forman parte de la agenda pública más allá de actos cargados de simbolismo.

Cooperadores necesarios

No es, desde luego, una responsabilidad exclusiva del sistema político español. Tampoco Sánchez es el único líder que lo practica. La banalización del espacio público se mueve en paralelo al auge de los medios de comunicación de masas que han convertido la política en un espectáculo, lo que ha generado una dependencia mutua tan fuerte como la adicción de la que hablaba Goytisolo. Al fin y al cabo, en un escenario competitivo, el fin último de un partido es ganar elecciones; y los símbolos, por ende, son fundamentales, ya que permiten llegar a más gente con un coste muy bajo. Y las televisiones o las redes sociales son, en este sentido, cooperadores necesarios.

Foto: Contenedores ardiendo tras una manifestación en Barcelona. (EFE) Opinión

Esta estrategia, sin duda, es razonable en términos electorales, pero tiene una cara b que necesariamente hay que relacionar con el empobrecimiento del debate público, ya que si se discute de metáforas, de símbolos, de gestos o de ejemplaridad de los líderes (sin duda necesaria) se olvida, precisamente, el objeto último de la política, que no es más que un espacio común en el que se dirime el conflicto social. La propia venta de Génova anunciada por Casado no es más que otro ejemplo de escapismo político utilizando herramientas simbólicas.

Esta contradicción entre la política real y la proliferación de metáforas en la acción de Gobierno tiene mucho de farisea en el sentido que el saber popular y la propia real academia han dado a ese término, pero esconde una realidad que va más allá que una simple estrategia de comunicación para ganar votos. Lo que oculta es la propia desaparición de la política como espacio de entendimiento, algo que explica la creciente fragmentación de los sistemas de partidos.

El tribalismo en la política

No solo en España, también en la mayoría de los países con democracias avanzadas, en las que formaciones centenarias luchan por sobrevivir. Hoy, prácticamente ningún partido llega al 30% de los votos en Europa en sistemas proporcionales, lo que refleja que el tribalismo se ha apoderado de la política, convertida en un juego maniqueo en el que ‘los otros’, caricaturizados con discursos simplistas, son siempre el adversario a batir.

Es más fácil organizar un acto que una discusión inteligente sobre el modelo territorial o sobre los efectos dramáticos de la crisis en la desigualdad

Precisamente, porque las referencias simbólicas, el sentido de pertenencia a una tribu, a un grupo o a una secta han sustituido al debate público. En su lugar, emerge una especie de sesgo de confirmación que hace que cada uno busque las respuestas que quiere oír, no las que le suponen un conflicto intelectual. Por eso, la forma ha sustituido al fondo. El ruido a la negociación con argumentos y papeles. Siempre es más fácil organizar un acto que una discusión inteligente sobre el modelo territorial o sobre los efectos dramáticos de la crisis económica sobre la desigualdad.

Tanto la nueva izquierda populista como la derecha que ha emergido en los últimos años, capitalizando los fallos del modelo de globalización que ha dejado desamparado a buena parte de las clases medias, se han hecho fuertes con esta estrategia. Pablo Iglesias, Abascal o los independentistas saben que su supervivencia electoral depende de la capacidad de generar elementos simbólicos a su discurso político. En todos los casos, queriendo aparecer como el muro de contención antagónico ante al auge del extremismo, ya sea de derechas o de izquierdas, o incluso del nacionalismo español. Lo que es singular es que los partidos centrales del sistema caigan en este error estratégico y sean incapaces de crear un espacio común de entendimiento, que es el terreno natural de la acción pública. La política sin contenido real, como se decía en la Transición, es gallinácea. Tiene el vuelo corto.

Juan Goytisolo advirtió hace algún tiempo de los peligros que acarrea una exposición excesiva a los medios de comunicación. Él mismo contó que en una ocasión, mientras visitaba una librería en Almería, una señora, señalándole con el dedo, dijo a su acompañante: “Mira, ahí está el autor de 'Bodas de sangre'”.

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