El dilema que envenena el futuro de Madrid
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Carlos Sánchez

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El dilema que envenena el futuro de Madrid

El mundo avanza, pero la talla del debate político se encoge. Ese es el drama de Madrid. En lugar de discutir sobre el futuro de las grandes ciudades, triunfa el costumbrismo casposo

placeholder Foto: La bandera de la CAM, a media asta por los fallecidos por el covid. (EFE)
La bandera de la CAM, a media asta por los fallecidos por el covid. (EFE)

El profesor Fontana se hizo eco poco antes de morir de un viejo e influyente informe encargado por el Club de Roma al MIT inmediatamente antes del primer choque petrolífero. Corría el año 1972. El informe, que se tituló ‘Los límites al crecimiento’, tuvo un enorme impacto, tanto por la contundencia de sus conclusiones como por la solidez científica e intelectual de sus autores, y sostenía que “si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años”.

Josep Fontana, uno de los historiadores más lúcidos que ha dado este país, realiza en su trabajo un recorrido por las sucesivas crisis económicas acaecidas desde los años 70 –década perdida en Latinoamérica, colapso de la Bolsa de Japón y de los bancos suecos, “efecto tequila”, crisis financiera en Asia, quiebra de la deuda rusa, pinchazo de la burbuja de las puntocom…– y así hasta 2007, cuando estalló el sistema crediticio a partir de las célebres hipotecas subprime.

"Si se mantienen las actuales tendencias de crecimiento de la población [...] este planeta alcanzará los límites en los próximos cien años"

Su conclusión es que, a la vista de lo sucedido, habría que recuperar en la medida de lo posible –la historia nunca se repite ni como tragedia ni como farsa– el modelo de crecimiento imperante entre 1945 y 1975, basado en impuestos elevados y salarios al alza, lo que permitió mantener un crecimiento económico satisfactorio y unos niveles de desigualdad algo más que aceptables, habría que añadir. “¿Por qué no explorar los mecanismos que lo hicieron posible para ver hasta qué punto pueden ponerse de nuevo en práctica en lugar de resignarse a la fatalidad?”, se pregunta Fontana.

Una visión pesimista de la historia diría que el mundo es peor desde aquel informe del Club de Roma, pero no es así. Y ya Keynes, en sus ‘Ensayos de persuasión’, advertía contra los “ataques de pesimismo económico”, tanto por parte de los “revolucionarios” que piensan que era necesario un cambio violento, como de los “reaccionarios” que piensan que las cosas están tan mal que no vale la pena hacer nada, como recuerda el historiador. El profesor Antón Costas lo llama con razón el prestigio del pesimismo.

La crisis vinculada a la pandemia solo hará acelerar ese proceso; y de ahí que la solución pase por cambios estructurales, no cosméticos

Esta tensión entre “no hacer nada” y el cambio –muchas veces violento– está detrás del azaroso siglo XX, pero hay pocas dudas de que tanto la estabilidad macroeconómica como la configuración de un sistema de partidos que supo leer el momento histórico que le tocó vivir explican tres décadas de avances que hoy, a la luz del crecimiento de la desigualdad, resultan prodigiosas. Desde luego, a la vista de las crisis periódicas, la mayoría de naturaleza financiera, que sacuden al sistema económico y que no son más que una señal de que el sistema está agrietado.

La crisis y sus secuelas

Mark Carney, el antiguo gobernador del Banco de Inglaterra, lo ha dicho con claridad en un largo artículo publicado en el 'FT', en el que ha recordado que la última crisis y sus secuelas marcaron el fin del “fundamentalismo de mercado en las finanzas que comenzó con la revolución Reagan-Thatcher, y que creció hasta el punto de que la respuesta a cualquier falla del mercado pasaba por construir más mercados y/o desregular”.

Carney, hay que decirlo, es poco sospechoso de no haber tenido convicciones liberales, ni cuando fue –también– gobernador del Banco de Canadá ni cuando trabajó en Goldman Sachs; pero hoy, como él mismo sostiene, en demasiados lugares del mundo la globalización y la existencia de tecnologías fuertemente disruptivas “han significado salarios más bajos, empleo inseguro y una desigualdad cada vez mayor”.

Su impresión es que la crisis vinculada a la pandemia solo hará acelerar ese proceso; y de ahí que su solución pase por cambios estructurales, no cosméticos, que es lo que hizo en la anterior crisis. Ya sea haciendo reformas en el sistema financiero, hoy atrapado por la hiperregulación y por su dependencia de los bancos centrales; modelando el papel del Estado, con la idea de convertirlo en proveedor de grandes infraestructuras digitales y ariete contra el cambio climático; o utilizando la regulación, la inversión pública y la política fiscal para que contribuyan a apoyar la mano de obra en lugar de ser suplantada por la tecnología, principalmente mediante el perfeccionamiento de las habilidades profesionales.

En definitiva, una revisión del papel del Estado como catalizador del crecimiento económico. Pero también como garante del sistema de protección social, lo que exige en muchos casos revisar viejos principios que hoy han quedado obsoletos.

Catorce países de la UE tienen un PIB inferior al de Madrid y su área metropolitana, lo que explica su importancia en términos de país

Es decir, soluciones de fondo para un problema de modelo de crecimiento que existe más allá de la pandemia. No hay que olvidar que ya antes de la aparición del virus las economías avanzadas, que es el contexto en el que se mueve España, arrastraban problemas estructurales –el célebre ‘estancamiento secular’– que hay que vincular a la baja productividad, al envejecimiento y, por supuesto, a la globalización, lo que ha alterado la correlación de fuerzas en un mundo en el que los países luchan por atraer los ingentes ahorros que hoy existen en el planeta, ahora favorecidos por las políticas monetarias ultraexpansivas de los bancos centrales, cuya capacidad de crear dinero es extraordinaria.

Un debate anodino

Un observador de la realidad podría pensar que estos problemas de fondo iban a ser los que centrarían el debate en una comunidad autónoma como la madrileña. No en vano, la Comunidad de Madrid representa el 19,3% del PIB del Estado y el 14,2% de la población. Su PIB, de hecho, es tres veces el de la región de Bruselas, casi tan grande como la suma de Chequia y Bulgaria, un 65% mayor que el de Berlín, y se sitúa un 30% por encima del griego. Es más, su tamaño representa casi el doble que el de Hungría e incluso es más grande que el de Portugal, cuyo PIB es un 15% inferior al de Madrid. Para simplificar, catorce países de la UE tienen un tamaño inferior al de Madrid y su área metropolitana, lo que explica su importancia en términos de país.

Foto: Bandera de la UE. (Reuters)

No hay que ser muy sagaz para entender que Madrid es, por lo tanto, un asunto nuclear de la política española. Desde luego más relevante que el hecho de centrar el debate electoral en la foto de Colón o en ese neonacionalismo rancio de las Vistillas que pretende dilucidar las elecciones en términos de comunismo o libertad, lo cual no solo es ridículo sino anacrónico. Y lo que es más relevante, un insulto a los totalitarismos que para nada representan los comunistas de hoy. Ni quienes a los que en el fragor de la batalla ideológica se los llama fascistas, banalizando lo que significa un movimiento tan repugnante. Aunque solo sea por respeto a pensadores como Gramsci o Togliatti.

Se podrá pensar que el creciente tamaño de Madrid tiene que ver con que el impuesto del patrimonio esté bonificado o que el IRPF es un poco más bajo que en el resto de las regiones, pero eso es pura propaganda política. Humo ideológico. Numerosos estudios han demostrado que la presión fiscal no es lo más relevante a la hora de atraer capitales, de lo contrario nadie invertiría en Londres o París; sino factores como las infraestructuras (en el caso de Madrid gracias a la existencia de una red radial que sitúa a la capital en el eje de todos los transportes), la seguridad jurídica y personal, el clima, el sistema sanitario, su posición geográfica o la capacidad para atraer talento. Además de un hecho incuestionable: en la ciudad hay más oportunidades de ascenso social y económico y más alternativas culturales o de ocio.

Madrid es la tercera gran área metropolitana tras Londres y París. Conviene no olvidarlo cuando la política desvaría por asuntos menores

Obviamente, cuenta también la estabilidad política, algo de lo que Cataluña carece, lo que a larga también ha favorecido a Madrid. No solo en términos económicos, sino también demográficos, lo que ha hecho que la corona metropolitana haya tendido a crecer sobre las antiguas ciudades-dormitorio.

Una solución política

Es por eso por lo que Madrid crece desde hace décadas, justamente en línea con lo que está sucediendo en el conjunto del planeta, donde las grandes ciudades, en particular las que también son capitales, están desplazando, como explicó hace algún tiempo en este periódico Javier G. Jorrín, a las áreas urbanas de su entorno más próximo. De hecho, el constituyente ni siquiera tenía claro si Madrid sería una comunidad uniprovincial o si, por el contrario, formaría parte de alguna de las dos Castillas. Al final se decidió lo primero, pero por una decisión política, no constitucional.

Madrid, merece la pena recordarlo, fue la última comunidad que se sumó al proceso autonómico, en 1983, y comenzó a despuntar económicamente cuando en los primeros años 90 se hizo realidad el denominado ‘plan Felipe’, que supuso un enorme esfuerzo fiscal por parte de todos los españoles y significó un gran salto hacia adelante en términos de infraestructuras viarias (cierre de la M-30, M-40, trabajos previos de la M-50)... Y que culminó con un excelente aeropuerto.

Es decir, justo en el momento en que se consideró a la capital como un asunto de Estado, aunque se dejara inconclusa la peculiar situación administrativa de su capital, que, desde luego, es la joya de la corona. Nada menos que el 60% del PIB producido en la región se concentra en Madrid ciudad, lo que da idea del desequilibrio interno del territorio. Y lo que es más relevante, el horizonte de los 10 millones de habitantes no está tan lejos, como han puesto de relieve muchos especialistas en desarrollos urbanos. Madrid, es más, es ya la tercera gran área metropolitana de Europa tras Londres y París. Conviene no olvidarlo en momentos en los que la política desvaría por asuntos menores.

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