Las (malas) tentaciones de Pablo Casado
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Carlos Sánchez

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Las (malas) tentaciones de Pablo Casado

El espejo de Casado es el Madrid de Ayuso. Pero ante una realidad compleja como es España, la imagen que saldrá es borrosa. El mejor escenario para él es que se normalice Cataluña, porque el fenómeno Vox se pinchará

placeholder Foto: El presidente del PP, Pablo Casado, junto a Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
El presidente del PP, Pablo Casado, junto a Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Probablemente, el mayor error que ha cometido Pablo Casado desde que es presidente del Partido Popular —hace casi tres años— sea creer que "Madrid es España dentro de España", como aseguró Isabel Díaz Ayuso en alguna ocasión. Es decir, un microcosmos que refleja de forma mimética la realidad del país.

Este 'madridcentrismo' no es nuevo, y tiene su origen en una singularidad que crece con el tiempo para un país tan descentralizado como es España. Madrid no es solo la capital política y administrativa del reino, sino que además es el epicentro de la actividad económica, judicial o, incluso, cultural. Es decir, concentra todos los ámbitos del poder.

No se trata, en todo caso, de ninguna anomalía ni de una excentricidad, pero sí de una incoherencia. Londres o París también disponen de una posición de privilegio en todos los órdenes, pero esto es congruente con sus respectivos modelos de estado. Desde luego, más centralizados que el español.

No es casualidad que las capitales que concentran todos los ámbitos del poder estén en países centralizados

Por el contrario, hay pocas dudas de que Washington es la capital política de EEUU o de que Roma lo es de Italia, cuando tanto Nueva York como Milán o Turín son, respectivamente, más poderosas en el plano económico y cultural. Lo mismo sucedía en la vieja Alemania antes de la reunificación, donde el poder político se refugiaba en una pequeña y hermosa localidad como es Bonn, insignificante frente al poder industrial y económico de Hamburgo, Múnich o Stuttgart. El caso de Canadá es idéntico. Su capital es Otawa, pero el motor económico es Toronto, que la triplica en población.

Como se ha dicho, no es casualidad que las capitales que concentran todos los ámbitos del poder —y aquí está la singularidad de Madrid— estén en países centralizados en el plano político-administrativo (Francia o Reino Unido), mientras que en las naciones que se definen como federales (EEUU, Canadá o Alemania) suceda lo contrario. El ejemplo de Brasil, otro país federal, es el más evidente. Una capital política, Brasilia, está lejos de competir en población e influencia con São Paulo, que concentra el peso económico del país, pero el Gobierno de la nación está allí.

Los márgenes del sistema

No es, desde luego, el caso de España pese a tratarse de un país enormemente descentralizado, y que algunos han llamado cuasi federal. Madrid, paradójicamente, pese a esa estructura administrativa fuertemente descentralizada, se aprovecha también de un fenómeno que parece imparable en todo el planeta desde hace décadas: la concentración de riqueza en las grandes urbes, y que se ha situado como una de las megatendencias de la globalización, que tiende a una asignación de recursos más eficiente, lo que deja a muchas pequeñas poblaciones en los márgenes del sistema.

La productividad es más elevada en las grandes ciudades, también los salarios y los empleos son mejores; se aprovechan más las economías de escala y de aglomeración y, por supuesto, la dotación de capital humano es significativamente más elevada al disponer de mejores universidades o de escuelas de negocios que favorecen la interacción empresarial, el 'networking'. Gracias a estos factores, además del mayor impulso emprendedor, como ha señalado un trabajo del profesor Díaz-Lanchas para Funcas, las grandes ciudades "pueden potenciar tanto su crecimiento económico como el de sus propias economías nacionales". Madrid, como no puede ser de otra manera, forma parte de esta megatendencia, y pensar que crece más porque los impuestos sean algo menores, en particular los de baja recaudación, es no entender cómo evoluciona el planeta.

Foto: Imagen: Pablo López Learte.

No es de extrañar, por eso, que una de las preocupaciones centrales de todos los gobiernos —y de la propia Unión Europea— sea asegurar equilibrio territorial, ya que de lo contrario se pueden producir desigualdades incompatibles con la cohesión social, que es el bien a proteger. Lo contrario, a la larga, es fuente de enfrentamientos. También en el plano político, y no solo en el económico. Demasiado poder siempre genera tensiones. Como tener una visión centralista de una realidad compleja.

Feroces comunistas

Esta realidad es la que parece desconocer Casado cuando afirma que el espejo en el que se mira es Ayuso y su discurso tremendista, en el que España se ha llenado de feroces comunistas. También cuando mira lo que sucede en Cataluña, en particular en el caso de los indultos, con los ojos de Madrid y se aleja de lo que piensa una mayoría significativa de catalanes, independientemente de que sean secesionistas o no. Ya le ocurrió al PP en el País Vasco cuando no entendió que el abandono de las armas por parte de los terroristas iba mucho más allá que una simple decisión política. Muchos vascos no nacionalistas vieron en la disolución del grupo terrorista una luz de esperanza que muchos dirigentes conservadores no supieron captar, y eso explica la irrelevancia actual del partido.

El hecho de que la manifestación contra los indultos se haya celebrado en Madrid y no en Barcelona, que hubiera sido el lugar natural de la concentración, refleja hasta qué punto se tiene una visión 'madricentrista' de la realidad española. Aunque lo más paradójico es que Casado se deje arrastrar por la estrategia de Ayuso, muy útil para ganar votos en Madrid, como sucedió el 4-M, pero completamente inútil para construir un proyecto global de país, como bien saben Feijóo, Mañueco o Moreno Bonilla. Incluso, manteniendo una posición insólita en un ámbito como la armonización fiscal, donde hasta el G-7 se ha puesto de acuerdo para evitar territorios indeseados.

Foto: Pablo Casado, Alberto Núñez Feijóo y Alfonso Fernández Mañueco. (EFE)

El juego de los antagonistas

Probablemente, no haga falta recordar que una de las causas del fin apresurado de la era Rajoy fue, precisamente, el fracaso de su estrategia en Cataluña, que alimentó a Vox, y que era, precisamente, lo que buscaban los independentistas: ofrecer la imagen falsa de una España radicalizada dominada por la extrema derecha. El viejo juego de los antagonismos políticos. ¿O es que le sería más fácil gobernar a Casado, si ganara las elecciones, con Cataluña en llamas?

Hay razones sólidas para oponerse a los indultos, y más para confiar en Junqueras o Puigdemont, pero no es incompatible con buscar una salida

Es evidente, sin embargo, que hay razones muy sólidas para oponerse a los indultos, y eso lo tendrá que ventilar el Tribunal Supremo, y todavía más para confiar en Junqueras o Puigdemont, completamente derrotados en su estrategia hacia la independencia, pero no es incompatible con procurar una salida a un conflicto que ha envenenado la política española desde hace más de una década. Entre otras razones, porque lo que se ha venido en denominar 'normalización' es, precisamente, lo que más favorece electoralmente al Partido Popular.

Vox no ha crecido por su programa económico o por el carisma de su líder, ni siquiera por su posición sobre la inmigración o por sus discursos identitarios, sino por Cataluña, y en la medida que se vaya destensando la situación, el PP será el partido más beneficiado, como lo será el PSOE, toda vez que son los partidos centrales del sistema y que son, por lo tanto, quienes están obligados a encontrar una solución, aunque sea temporal. Algo parecido a lo que sucedió con Podemos, que creció al calor de los recortes y de la corrupción en época de Rajoy, nadie se acordará del país que recogió, pero que tenderá a perder apoyos en la medida que la recuperación económica se consolide. Está acreditado que cuando la política es aburrida los candidatos 'outsiders' pierden protagonismo.

Foto: Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Lo más curioso es que Casado, que esta semana en Barcelona se mostró "prudente, comprensivo y hasta cariñoso", como recuerda uno de los asistentes a su intervención ante el empresariado catalán, lo sabe. Conoce que su destino político no puede estar hipotecado por lo que suceda en Madrid. De hecho, está obligado a optar entre dos alternativas. Competir electoralmente en el espacio de Vox, lo cual genera tensiones que a la larga perjudican al Partido Popular, aunque en algunos territorios como Madrid haya sido fructífero, o, por el contrario, tendrá que optar por lo que en los últimos años de la Restauración se denominó los 'años bobos', que es ese periodo en el que alguien llama a la puerta a las cinco de la mañana, utilizando la célebre metáfora, y es el lechero.

Es decir, una política sin sobresaltos ajena a esa tendencia apocalíptica en la que se mueve hoy la cosa pública en España, que cada día se enfrenta al juicio final. Oponerse a los indultos es legítimo, también a Sánchez y a su tendencia a la autocracia, pero conviene atender a las palabras de Canetti: "Los muertos viven de juicios, los vivos viven de amor".

Probablemente, el mayor error que ha cometido Pablo Casado desde que es presidente del Partido Popular —hace casi tres años— sea creer que "Madrid es España dentro de España", como aseguró Isabel Díaz Ayuso en alguna ocasión. Es decir, un microcosmos que refleja de forma mimética la realidad del país.

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