La muerte dulce de Podemos
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La muerte dulce de Podemos

Podemos se apaga. También la posibilidad de que un partido nuevo sea capaz de captar la representación política de los cambios sociales. Se trata de errores de forma y fondo

Foto: El exlíder de Podemos, Pablo Iglesias. (Reuters)
El exlíder de Podemos, Pablo Iglesias. (Reuters)

Podemos se apaga. Y lo hace, paradójicamente, en el mejor momento de su corta existencia. Cuando el partido nació, en 2014, ninguno de sus dirigentes hubiera podido imaginar que siete años más tarde formaría parte de un Gobierno de coalición. Y mucho menos que su líder y fundador, Pablo Iglesias, estaría formalmente fuera de la dirección del partido después de haber renunciado a una de las vicepresidencias de Sánchez. Su peripecia personal, como la de Rivera o, incluso, Rosa Díez, refleja con nitidez la velocidad de vértigo en la que se ha movido la política española desde que la anterior crisis económica derivó en una crisis política que afectó gravemente a la credibilidad de las instituciones, incluida la jefatura del Estado.

Hoy, sin embargo, en el mejor momento de su corta trayectoria política, Podemos es un partido envejecido de forma prematura, sin músculo intelectual, al que el tiempo le ha pasado por encima. Probablemente, porque su nacimiento estuvo asociado a un momento político muy concreto: el desgaste del bipartidismo, la doble recesión, la corrupción y los recortes, y en ningún caso a una necesidad histórica. Se daban las condiciones objetivas para que naciera, pero estas nunca son suficientes cuando se pierde la batalla por la hegemonía. Precisamente, el territorio en el que originalmente quiso moverse.

La izquierda a la izquierda del PSOE no ha sabido ensanchar su política de alianzas con los nuevos grupos sociales emergidos en las últimas décadas

Su espacio político, de hecho, ya existía, y apenas ha variado desde 1977, cuando el PCE obtuvo el 9,33% de los votos. Desde entonces, siempre en relación inversa a los resultados del PSOE, ese espacio se ha movido entre el 3,77% que obtuvo Izquierda Unida en 2008 y el 10,54% de 1996. Solo en 2015, por las causas apuntadas, el conglomerado Podemos logró el 24,36%, pero desde entonces su descenso es evidente. La mayoría de las encuestas sitúan ahora su representación electoral en torno al 9%. Es decir, el viejo espacio electoral del PCE, con quién Iglesias, a través de Enrique Santiago, estableció una alianza para aislar a Garzón y aprovechar su estructura organizativa. Tanta 'revolución' para llegar al sitio de partida.

La primera lectura es obvia. La izquierda a la izquierda del PSOE no ha sabido ensanchar su política de alianzas con los nuevos grupos sociales que han emergido en las últimas décadas al calor de fenómenos como la globalización, las nuevas formas de trabajo, la lucha contra el cambio climático, el feminismo o la precariedad laboral. Es como si el tiempo se hubiera detenido.

Darwinismo político

Por el contrario, su representación se ha limitado al espacio tradicional existente desde la Transición. Sin duda, porque el partido socialista, más camaleónico, siempre ha tenido mejor capacidad de adaptación —puro darwinismo político— a los cambios sociales, económicos, demográficos o culturales que se han producido en España desde 1977, pero también, como se ha dicho, por la propia incapacidad de los partidos a su izquierda (independientemente de cómo se llamen) para construir un proyecto de carácter nacional. Incluso, unas siglas estables en el tiempo.

Por el contrario, su alianza táctica-electoral con los partidos con un fuerte componente territorial (incluidos nacionalistas e independentistas) ha configurado una izquierda fragmentada y atomizada, pasto de todo tipo de camarillas, incapaz de proponer un proyecto global de país. No es que haya que despreciar la complejidad de un territorio plural como es España, al contrario. Articular respuestas a los problemas locales sigue siendo más necesario que nunca, sino que se ha querido elaborar una estrategia incompatible con una visión de conjunto del Estado.

Foto: El exvicepresidente segundo y exlíder de Podemos, Pablo Iglesias. (Dani Gago)

Esto explica sus dificultades para construir, incluso, una marca común. El mundo a la izquierda del PSOE es hoy una sopa de siglas, marcas y personas: Podemos, Izquierda Unida, PCE, En Comú, Más País, Compromís... En coherencia con ello, hay una panoplia de líderes que buscan su lugar al sol: Belarra, Díaz, Garzón, Colau, Errejón, Teresa Rodríguez…, lo que lejos de introducir confianza genera recelo. La propia ausencia de Pablo Iglesias del circuito oficial de cargos es un factor de riesgo, ya que introduce inestabilidad y, sobre todo, desconfianza en la autonomía de sus sucesores.

Existe, por lo tanto, un problema organizativo que impide que pueda competir con partidos con una marca muy definida y visible, tanto en la izquierda como en la derecha. Frente a lo que suele creerse, nadie nace genéticamente de izquierdas o de derechas, más allá de las condiciones objetivas en que transcurre su existencia y que determinan su comportamiento social, sino que la orientación ideológica depende de circunstancias y de la propia acción de los partidos a través de la hegemonía cultural.

Las guerras internas, sin embargo, forman parte del ADN de la izquierda a la izquierda del PSOE. Más intensas cuando todo es mohíno, como dice el dicho, y menores cuando hay algo que repartir. Como ahora. La presencia de muchos dirigentes de Unidas Podemos en los meandros del poder hace que las aguas permanezcan aparentemente en calma, y por eso, precisamente, los ministros de Unidas Podemos seguirán en el Gobierno hasta el límite de la legislatura. Solo romperán cuando las elecciones se vean inevitables en aras de marcar un perfil propio. Pero el mar de fondo está ahí, es palpable.

Captar el voto útil

Existen múltiples razones para explicar el ocaso de Unidas Podemos, pero la principal es haber recuperado el eje izquierda-derecha para la acción política. Precisamente, el campo de juego en el que mejor se mueve el PSOE, y por eso Sánchez lo ha atizado durante su mandato, ya que capitaliza el voto útil. Exactamente igual que hace el Partido Popular en la derecha, como con acierto supo identificar Ayuso en las elecciones madrileñas, convirtiendo al presidente del Gobierno en su adversario en unas elecciones autonómicas. ¿El resultado? La liquidación de Cs en Madrid y el frenazo al crecimiento de Vox.

El eje izquierda-derecha es el que menos convenía a Podemos porque lo convierte en un partido subalterno del PSOE, pero, sobre todo, porque lo aleja de los nuevos movimientos sociales, más permeables a los cambios tecnológicos o a las nuevas formas de organización de trabajo, y que son el ecosistema tradicional en el que se han movido los partidos progresistas. De hecho, es lo que les diferencia de los partidos conservadores. Su capacidad de adaptación a los cambios sociales.

placeholder La actual líder de UP, Ione Belarra. (EFE)
La actual líder de UP, Ione Belarra. (EFE)

Por el contrario, su estrategia se ha centrado en tensar (en muchos casos de forma gratuita y hasta irresponsable) el clima político, lo que lo ha convertido en un partido antipático para muchos. Entre otras razones, por el hiperliderazgo de Pablo Iglesias, que se rodeó de fieles sumisos con nula capacidad de autocrítica por pura supervivencia. Incluso, asociándose a un personaje estrafalario como es Monedero, más propio del periodo de entreguerras que del siglo XXI. Y, lo que es peor, construyendo una extraña política de alianzas en el marco de esa visión binaria de la política, lo que le ha llevado a incluir a los partidos independentistas en el bloque progresista, lo cual lo ha alejado de su electorado tradicional y de los nuevos movimientos sociales.

El hecho de que un partido como Podemos haya quemado su patrimonio en pocos años no es gratuito. Significa la incapacidad de la política española para regenerarse a través de nuevos partidos que capten las nuevas realidades sociales, al igual ha sucedido en el caso de Ciudadanos, lo que indefectiblemente lleva a un resurgir del bipartidismo imperfecto en las próximas elecciones. Algo que explica el auge de eso que se ha venido en llamar 'orfandad política'. Y que se da, precisamente, en el ámbito del centro político y de la izquierda transformadora.

Militancias escuálidas

No es que vaya a aumentar la abstención, que en una sociedad artificialmente polarizada tenderá a crecer, sino que el voto pasa a ser meramente instrumental con el objetivo de que no gane el adversario político, lo cual aleja a los ciudadanos de la cosa pública. Podemos lo ha sufrido especialmente (sus círculos de participación se han desintegrado), pero también el resto de partidos, con militancias escuálidas que tienden a convertirse en movimientos sectarios. En las recientes primarias del PSOE en Andalucía, y después de haber gobernado durante más de tres décadas, participaron 31.000 socialistas, el 0,3% de la población andaluza.

Lo paradójico, en el caso de Podemos, es que su estrategia ha significado un paso atrás respecto del nacimiento de Izquierda Unida, que emergió como un proyecto abierto y plural ante la evidencia de que el voto obrero ilustrado, el ecosistema natural de los partidos de izquierdas, era patrimonio del PSOE, por lo que el único terreno en el que podía crecer era como plataforma para articular las demandas de los nuevos movimientos sociales.

UP ha perdido todas las batallas y ha dejado su futuro en manos de subalternos de Pablo Iglesias y de Yolanda Díaz

Hoy, sin embargo, Podemos ha perdido todas las batallas y ha dejado su futuro en manos de subalternos de Pablo Iglesias y de Yolanda Díaz, que, como sostiene un dirigente de Izquierda Unida, tiene el 'botón nuclear' en sus manos y lo puede accionar en cualquier momento si el núcleo duro que ha salido de la última asamblea le ciega el camino.

Es decir, el partido que todo lo fiaba a la participación de sus afiliados es hoy una formación personalista cuyo futuro lo condiciona la ministra de Trabajo, que no es del partido, pero que cuenta con el mejor casting y por eso ha sido la elegida a dedo. Y que, por cierto, formalmente, todavía no ha aceptado la candidatura. La revolución era esto.

Podemos se apaga. Y lo hace, paradójicamente, en el mejor momento de su corta existencia. Cuando el partido nació, en 2014, ninguno de sus dirigentes hubiera podido imaginar que siete años más tarde formaría parte de un Gobierno de coalición. Y mucho menos que su líder y fundador, Pablo Iglesias, estaría formalmente fuera de la dirección del partido después de haber renunciado a una de las vicepresidencias de Sánchez. Su peripecia personal, como la de Rivera o, incluso, Rosa Díez, refleja con nitidez la velocidad de vértigo en la que se ha movido la política española desde que la anterior crisis económica derivó en una crisis política que afectó gravemente a la credibilidad de las instituciones, incluida la jefatura del Estado.

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