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No todo es periodismo, aunque lo parezca
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Carlos Sánchez

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No todo es periodismo, aunque lo parezca

El manifiesto de los jefes de prensa no es un asunto más. Lo que está en juego no es una pelea entre propios periodistas. Lo que se ventila es, ni más ni menos, la calidad de la información, el bien más preciado en una democracia representativa

Foto: Sala de prensa del Congreso de los Diputados.
Sala de prensa del Congreso de los Diputados.
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—Señor Connell, no puedo permitirme estar ni un día sin empleo. Tengo que trabajar.

—Lo siento, he venido a hacer limpieza. Su columna no me interesa, es una cursilada.

—Hagamos una cosa. Cobro 30 dólares a la semana, pero aceptaré 25 dólares, 20 si es necesario. Haré lo que usted diga.

—No es por el dinero, sino por las ventas. Necesitamos fuegos artificiales, gente que polemice.

'Juan Nadie'. Frank Capra. 1941.

Hace algunos meses se conoció que Marty Baron, exdirector de 'The Washington Post' y 'The Boston Globe', dos de las glorias del periodismo, estaba preparando un libro —saldrá a la venta a lo largo de 2022— para la editorial Flatiron Books que titulará 'Collision of Power: Trump, Bezos y The Washington Post'. El título lo dice todo. Lo que plantea Baron en su libro, según lo avanzado hasta ahora, es analizar la confluencia del poder político y tecnológico y cómo se ejerce en la democracia estadounidense.

Nadie mejor que Baron para adentrarse en ese terreno. Jeff Bezos, el dueño de Amazon, compró el 'Post' a mediados de 2013 por 250 millones de dólares solo unos meses después de que fuera nombrado director. El cambio de dueño puso fin a la exitosa era de la familia Graham, que colocó al diario en la cima del periodismo. La casualidad quiso que poco tiempo después Baron tuviera que lidiar con la Casa Blanca durante el mandato de Trump desde una posición de privilegio. Nunca un presidente de EEUU había tenido tantos enfrentamientos con los 'quality paper', sin duda porque atacar a la prensa de calidad en ruedas de prensa infames formaba parte de su estrategia de polarización política.

Hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer. ¿Cómo puede funcionar la democracia en un ambiente así?

Baron se jubiló hace unos meses, y en una entrevista que concedió a 'El País' declaró: "Creo que el mayor reto al que se enfrenta el periodismo hoy no es el económico, ni el tecnológico, aunque son enormes. El mayor desafío al que nos enfrentamos como sociedad es que no podemos ponernos de acuerdo en una serie común de verdades. La gente ha de estar en desacuerdo sobre los retos a los que nos enfrentamos. Debemos tener un debate vigoroso y vibrante sobre cuáles deben ser las respuestas, en eso consiste una democracia. Pero necesitamos operar desde una serie común de hechos. Y hoy en día ni siquiera podemos ponernos de acuerdo en lo que pasó ayer. Uno debe preguntarse cómo puede funcionar la democracia en un ambiente así. ¿Cómo funciona la prensa cuando una parte sustancial de la población cree en cosas que son directamente falsas y teorías conspiratorias locas?".

Democracia morbosa

Habrá quien piense que lo que ha pasado esta semana en el Congreso de los Diputados, a raíz de un manifiesto firmado por una docena de jefes de prensa de los grupos parlamentarios (toda la izquierda más PNV y Junts), es la típica guerra entre periodistas y políticos. O un problema meramente ideológico entre derecha e izquierda, pero nada más lejos de la realidad. Lo que está en juego es, ni más ni menos, seguir tolerando que el Congreso se convierta en un set de televisión o, como se prefiera, en un espacio más de la industria del entretenimiento. Y lo que es peor, en que caiga en lo que Ortega denominó en 'El Espectador' —¡ya hace un siglo!— "democracia morbosa".

No es ninguna novedad decir que el espacio público —hiperpolitizado—se ha trasladado del parlamento a los medios de comunicación. Hasta el punto de que, en muchos casos, la labor de estos se aleja cada vez más de su papel tradicional: la intermediación entre emisores y receptores.

Los propios medios, de hecho, condicionan ya de una manera determinante el debate político. Desde luego, mucho más que en el pasado tras la irrupción de las redes sociales en el ecosistema informativo. Se viene hablando ya desde hace años de una democracia catódica. Lo relevante no son los hechos, sino lo que parece cierto, lo que tiene apariencia de realidad y se ve reforzado con imágenes a través de la televisión o las redes sociales haciéndose valer de la tecnología. Sin imágenes, la realidad no existe. Utilizando para ello un relato formalmente coherente, en este caso bajo el paraguas de la libertad de información, que en realidad solo busca crear un imaginario propio, predeterminado, que es justo lo contrario al periodismo.

Muchos lectores están sedientos de noticias falsas. Lo que interesa es reforzar los prejuicios, y a ello contribuyen medios que no lo son

Esto explica que muchos lectores, desgraciadamente, están sedientos de noticias falsas. Lo que interesa es reforzar los prejuicios, el llamado sesgo de confirmación, que no es otra cosa que la ventana de oportunidad, como se dice ahora, a la que se agarran falsos medios que forman parte de una estrategia de poder en el sentido maquiavélico del término. Es decir, de lo que se trata es de asaltar la política, que es el espacio de lo público, el espacio de todos, para imponer una serie de códigos cuya legitimidad nace de la propia manipulación del lenguaje y del intrusismo profesional.

El proceso no ha hecho más que empezar. Entre otras razones, porque las barreras de entrada al mercado de la información, donde hay oferta y demanda, es hoy relativamente barato. Desde luego, mucho más que hace pocos años, cuando poner en marcha un medio de comunicación consumía enorme capital y suponía un indudable riesgo económico y hasta personal. En muchos países autoritarios todavía lo es. Hoy, con pocos recursos, se puede poner en marcha un ventilador tóxico capaz de arruinar la convivencia. Solo hay que ser lo suficientemente deshonesto. El caso de Veles, una ciudad situada en el centro de Macedonia del Norte, que acabó siendo una plataforma de apoyo a Trump, puede reflejar hasta qué punto la manipulación puede lograr sus objetivos, como explicó en su día 'Wired'.

Una buena noticia

La irrupción de Internet y del resto de tecnologías de la información, obviamente, es lo que ha permitido derribar esas barreras de entrada, y de ahí la proliferación de medios. No hay que negar, sin embargo, que también se trata, sin lugar a dudas, de una buena noticia para todos— emisores y receptores—, toda vez que eso permite ofrecer a la opinión pública información más variada, rica y alternativa. Supone, en fin, ampliar los horizontes de la libertad de expresión. En definitiva, una respuesta más eficiente y eficaz para garantizar el derecho a la información, que es una de las características de las democracias avanzadas.

El número, sin embargo, no es garantía de nada. No están mejor informados los países con más medios de comunicación o con mayor penetración de las redes sociales, sino aquellos que se benefician de un ecosistema informativo que se ajusta a los hechos, que es la materia prima con la que trabajan los periodistas. No todo es periodismo, aunque lo parezca o arrastre audiencias millonarias. O aunque sea capaz de alterar las agendas políticas. Un pequeño diario de provincias no tiene por qué ser menos creíble que Ibai Llanos. La verdad no se mide en miles de seguidores.

Un pequeño diario de provincias no tiene por qué ser menos creíble que Ibai Llanos. La verdad no se mide en miles de seguidores

Sin hechos no hay opiniones, solo palabrería, que decía Hannah Arendt. Obviamente, porque la mentira nada tiene que ver con la libertad de información, que necesariamente hay que relacionar con el principio de veracidad. Sin hechos tampoco hay periodismo. Y no lo puede ser cuando lo que se pretende, aunque sea con un micrófono en la mano y cámara en ristre, es alcanzar un objetivo político, mercantil o bien contribuir a la degradación del parlamentarismo a través de una visión deliberadamente sesgada de la realidad. La libertad de información no protege la mentira intencionada o la información tendenciosa. Lo mismo que los políticos tienen la obligación de contestar preguntas difíciles, los periodistas deben formularlas de forma honesta.

No es un asunto menor. A veces se olvida que la fuente principal de legitimidad de los sistemas democráticos reside tanto en que sean representativos —es decir, que no marginen a las minorías— como en que sean creíbles ante la opinión pública, lo cual exige que quienes canalizan el derecho a la información sean realmente medios de comunicación, que por su propia naturaleza no pueden derivar en grupos de presión. Ya sea por razones económicas o ideológicas en el sentido tramposo del término —todos los periódicos tienen ideología y no dejan de ser un producto intelectual—, sino cuando se trata de meros instrumentos de propaganda. Y ahí está para demostrarlo el asalto al Congreso de EEUU o la creación de un clima de hostilidad y odio contra ciertos políticos por el mero hecho de serlo. Evidentemente, con un fin muchas veces siniestro, como saben mejor que nadie quienes contribuyen a la difusión de bulos o bazofia informativa.

Muchos estudios, de hecho, han encontrado claras evidencias de que la polarización política, que supone la ruptura del contrato social entre opiniones distintas, ha crecido en paralelo a la eclosión de supuestos medios de comunicación. Y aunque la correlación no supone causalidad, no parece que el clima de tensión que se vive hoy en el Congreso —de ahí el manifiesto de los jefes de prensa—, sea ajeno a esta realidad. Es evidente que algo hay que hacer. Entre otras cosas, porque la democracia tiene derecho a defenderse.

Garantizar la convivencia

Es obvio, sin embargo, que no es fácil trazar fronteras entre lo que es un medio de comunicación y lo que no lo es. Y muchos menos identificar a quienes debieran de hacer esa selección. Pero la democracia, como en muchos órdenes de vida, es elegir. La sociedad, de hecho, no se entiende sin restricciones. Precisamente, porque es lo que garantiza la convivencia para cumplir de forma escrupulosa lo que decía Tom Wolfe: "El periodismo es fantástico. Te envían a hacer preguntas incómodas a gente que no quiere hablar contigo. Y tú vas y las haces. Es fantástico".

Esconderse bajo el paraguas de la libertad de información para cometer fechorías es una forma de degradar la democracia

Para ser abogado, arquitecto o fontanero profesional se exigen determinadas aptitudes que pueden ser arbitrarias para muchos de quienes operan en el mercado, o perfectamente legítimas y justificadas para otros que también lo hacen, pero se aceptan en aras de proteger el bien común. Nadie permitiría que su casa se la construyera alguien que no contara con las garantías suficientes de que hará un buen trabajo. En la prensa, sin embargo, se acepta la mentira como animal de compañía con una naturalidad pasmosa. Como si el bien a proteger, que no es otra cosa que una sociedad bien informada, fuera un asunto menor. Y, por el contrario, lo relevante fuera no poner límites a la infamia. Parafraseando un viejo refrán sueco: "Quién ofrece a la opinión pública cacahuetes solo obtendrá monos". Y por eso, precisamente, es preciso separar el grano de la paja. Lo bueno, que es la inmensa mayoría, de lo que es ruido.

Esconderse bajo el paraguas de la libertad de información para cometer fechorías es una forma como otra cualquiera de degradar la democracia. Conviene tenerlo en cuenta antes de que sea demasiado tarde.

Lo que viene por delante, con la progresiva usurpación del espacio informativo profesional por parte de 'influencer', redes sociales o televisiones basura con fines espurios, puede ser el golpe definitivo para la prensa de calidad. Adolph S. Ochs, el legendario editor de 'The New York Times', periódico que compró por 75.000 dólares hace más de un siglo y sigue siendo un tesoro informativo, lo dijo claramente: "Los prejuicios y el fanatismo son fatales para el periodismo: la profesión debe estar dedicada al bien público y a exponer el fraude, la malversación o la incompetencia en la conducción de los asuntos públicos". Pero no nació para intoxicar a los ciudadanos. Vean Juan Nadie y encontrarán las razones.

—Señor Connell, no puedo permitirme estar ni un día sin empleo. Tengo que trabajar.

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