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Ni España era una democracia plena ni hoy es defectuosa
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Carlos Sánchez

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Ni España era una democracia plena ni hoy es defectuosa

La democracia es más que ir a votar o respetar las libertades formales. El siglo XXI no se entiende sin un componente social y económico. El 'ranking' de 'The Economist' lo ignora

Foto: Congreso de los Diputados. (EFE/Javier Lizón)
Congreso de los Diputados. (EFE/Javier Lizón)
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'The Economist', la histórica cabecera británica, lanzó hace ahora algo más de tres años un manifiesto —así lo llamó— que comenzaba con una frase atronadora: "El liberalismo hizo el mundo moderno, pero el mundo moderno se está volviendo contra él".

'The Economist' conmemoraba en aquella ocasión el 175 aniversario de la fundación de la revista, creada por la inspiración de James Wilson, un cuáquero escocés profundamente liberal, hijo de un acaudalado industrial textil, que como hombre de negocios se opuso a la concesión de privilegios a la Iglesia de Inglaterra, a las llamadas leyes del maíz, que imponían altos aranceles a la importación de cereales para proteger a la industria nacional, y, en general, a los terratenientes que habían empobrecido al pueblo a través del control del parlamento de Westminster.

La revista salía todos los domingos y aunque inicialmente fue un folleto nacido para defender el libre comercio, pronto se convirtió en una publicación de referencia no solo en el ámbito económico por su calidad, sino también político. Wilson, de hecho, tuvo algún encontronazo con Marx, que llamó a la revista 'tribuna de la aristocracia financiera', a cuenta de la ley de las diez horas, que restringía el trabajo de las mujeres y los niños en las fábricas.

Wilson, en cualquier caso, es considerado uno de los mejores estadísticos de su época, lo que puede explicar la pasión por los 'rankings' y los gráficos de la revista, que siguen siendo un auténtico prodigio de sencillez y claridad. Economistas de la talla de Walter Bageot o ensayistas como Herbert Spencer trabajaron en 'The Economist' como editores, siempre en defensa de la libertad del individuo como la mejor herramienta para el avance social.

"Las élites van a las mismas universidades, se casan entre ellas, viven en las mismas calles y trabajan en las mismas oficinas"

En aquel manifiesto que publicó la revista, tan crítico como imprescindible para entender el estado del mundo, sus editores lanzaron una andanada contra las élites autoproclamadas liberales que "van a las mismas universidades, se casan entre ellas, viven en las mismas calles y trabajan en las mismas oficinas". Incluso, se reivindica el papel que tuvieron los liberales en la construcción de los Estados de bienestar en Europa después de 1945 para frenar el avance del fascismo y del comunismo. "Después de la Gran Depresión muchos liberales reconocieron que el Estado tiene un papel limitado en la economía", aclara el manifiesto. La conclusión no puede ser otra que una reivindicación del liberalismo, de otro liberalismo, "radical y disruptivo".

Democracia defectuosa

No lo hace 'The Economist', sin embargo, cuando una de sus divisiones, Economist Intelligence Unit (EIU), publica un índice de democracias más propio del siglo XIX que del XXI al excluir variables socioeconómicas que ya forman parte indeleble de los Estados liberales, como ha reconocido la publicación británica. Ni España era una democracia plena en 2019, cuando el Gobierno presumía de que lo era y se suscitó una formidable polémica por unas declaraciones de Pablo Iglesias, ni es ahora una democracia defectuosa, como publicó este periódico por entonces. Simplemente, porque los criterios que utiliza la unidad de inteligencia de 'The Economist' para medir la calidad de una democracia son obsoletos al tener en cuenta únicamente cinco variables políticas que tienen más que ver más con principios ideológicos que con una metodología robusta: procesos electorales y pluralismo, funcionamiento del Gobierno, participación política, cultura política democrática y libertades civiles. No es que no sean relevantes, que lo son, y mucho, es que son incompletas.

Es decir, la revista británica ignora deliberadamente cuestiones socioeconómicas más fáciles de medir, como la tasa de desempleo, el tamaño de la desigualdad, el papel redistribuidor del Estado, el acceso a servicios públicos de calidad, la igualdad de oportunidades o, en general, el bienestar social, que hoy necesariamente son esenciales para entender la calidad de una democracia. No puede ser casualidad que en todas las constituciones avanzadas aprobadas después de 1945 se hayan incluido referencias al carácter 'social' de la carta magna.

Hoy, de hecho, no se puede explicar una democracia sin analizar esta vertiente, y aunque España, a causa de la dictadura, llegó tarde a la construcción del Estado de bienestar, la Constitución proclama que la nación se conforma como un "Estado social y democrático de derecho". Precisamente, porque no se entiende la democracia a palo seco sin valorar las variables y los indicadores socioeconómicos, de los que tanto sabe la revista británica.

El hecho de que Botsuana sea una democracia de mejor calidad que Italia refleja la insuficiencia de un 'ranking' construido para otra época

'The Economist', como se ha dicho, no lo hace, y eso explica que países como Uruguay, Islas Mauricio, Costa Rica o Chile aparezcan en la lista por encima de EEUU, que, como se sabe, disfruta de un nivel de paro cercano al pleno empleo y tiene el doble de PIB per cápita que España; o Francia, con un nivel de prestaciones públicas y privadas envidiable.

El hecho de que Botsuana sea una democracia de mejor calidad que Italia o que Cabo Verde esté por encima de Bélgica solo refleja la insuficiencia de un 'ranking' elaborado con una metodología de otra época. En concreto, de cuando el liberalismo, que surgió a fines del siglo XVIII como reacción a la agitación provocada por la independencia en América, la revolución francesa y a la propia transformación de la industria y el comercio, estaba en mantillas y representaba un anhelo de libertad.

El interés general

Hoy, sin embargo, lo social impregna todas las constituciones, al menos formalmente, y en el caso de la española se habla, incluso, de la función social de la propiedad, de la subordinación de la riqueza del país al interés general o del progreso social y económico, además de avanzar en la cohesión social y territorial como uno de los objetivos estratégicos de los poderes públicos para ganar legitimidad y favorecer el progreso.

No es irrelevante, de hecho, que en la clasificación de 'The Economist' estén en los primeros lugares, precisamente, países con fuerte influencia protestante, ahí está el origen del capitalismo, según la célebre conclusión de Weber, con un sólido Estado de bienestar: Noruega, Finlandia, Suecia, Dinamarca. Países, es cierto, que han hecho compatible, como no puede ser de otra manera, la democracia política y la democracia social, algo que pone en valor el papel de la cultura cívica como instrumento de progreso. Democracia y economía son las dos caras de una misma moneda, y por eso, precisamente, el populismo y la demagogia, que son quienes quieren acabar con las democracias liberales, anidan sobre los fallos del sistema económico. Los sistemas autoritarios, como China, podrán ser más eficientes, pero nunca serán una democracia.

La democracia es más que la separación de poderes o el cumplimiento de las libertades formales, y que, sin duda, son esenciales

Es decir, la democracia va más allá que la mera separación de poderes o el cumplimiento de determinadas libertades formales, y que, sin duda, no son solo esenciales, sino que, obviamente, representan el núcleo de los estados liberales. Y en este sentido, es lógico que se censure a España, y a su sistema político mayoritario, por no pactar la renovación del poder judicial —en esto Casado es un irresponsable— o por el uso abusivo que hace el Gobierno de Sánchez de decretos leyes completamente injustificados, como la propia reforma laboral. O el desprecio al parlamento que supone no convocar un debate anual sobre el estado de la nación. O la patrimonialización del Estado fomentando el amiguismo en la alta función pública. Algo que puede explicar que España haya pasado del puesto número 15 en 2008 al 24 en 2021. Pero con todo, no es suficiente para situar a un país en una posición u otra, si quedan excluidos los indicadores económicos y sociales.

Como ha recordado Alexander Zevin, autor de una muy bien documentada biografía sobre 'The Economist', Marx leía la revista en la British Library durante las décadas de 1840 y 1850 para intentar comprender por qué las revoluciones de 1848 habían fracasado. Y llegó a la conclusión de que en parte se debió a la mejora de las condiciones económicas de la clase obrera, lo cual confirmó el propio Marx mediante un estudio de los precios, las citas y los índices que aparecían en 'The Economist'. Conviene que no lo olviden los actuales editores de la revista. Al fin y al cabo, la mayor pasión de Wilson, según Walter Bagehot, era un periódico con datos, cifras y tablas claras y precisas para ayudar a los empresarios y ministros a tomar decisiones acertadas.

No parece que sea el caso cuando se califica una democracia con una metodología tan pobre, pero que tiene un indudable impacto por la fascinación que siempre ha producido en España lo extranjero. Tal vez, por un cierto complejo de inferioridad que viene ya de muy lejos.

'The Economist', la histórica cabecera británica, lanzó hace ahora algo más de tres años un manifiesto —así lo llamó— que comenzaba con una frase atronadora: "El liberalismo hizo el mundo moderno, pero el mundo moderno se está volviendo contra él".

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