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A propósito de la inflación y las comparaciones odiosas
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Carlos Sánchez

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A propósito de la inflación y las comparaciones odiosas

El IPC se ha disparado, pero hoy muchas fuerzas desinflacionistas ayudan a controlar los precios. Esto no significa que haya que descartar una espiral. La naturaleza de la inflación es hoy muy distinta a la de los años 70-80

Foto: Foto: Reuters/Gonzalo Fuentes.
Foto: Reuters/Gonzalo Fuentes.
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Cualquier comparación, dicen, es odiosa. Pero todavía más si se encuentran equivalencias entre periodos históricos completamente distintos para analizar un fenómeno como es la inflación, cuya naturaleza cambia con el tiempo.

La razón, probablemente, tenga que ver con una cierta inercia intelectual. O, lo que es lo mismo, porque se asume de forma mecánica, sin tener en cuenta los factores dinámicos que influyen en la variación de los precios, aquella célebre reflexión de Milton Friedman, que en una de las frases más conocidas de la literatura económica dijo que la inflación “es siempre y en todas partes un fenómeno monetario”. Es decir, y expresado de una forma sencilla, la subida de los precios corre en paralelo al crecimiento de la oferta monetaria. O para que todo el mundo lo entienda, el nivel de inflación depende de la cantidad de horas que esté funcionando la máquina de imprimir billetes.

Foto: Imagen de una gasolinera en Madrid. (EFE/Emilio Naranjo)

Friedman, sin duda, acertó en los años setenta y ochenta, como demostró Paul Volcker tras ser nombrado presidente de la Reserva Federal por el demócrata Carter (muchos creen que lo hizo Reagan). Es muy conocido que su cirugía de hierro contra la inflación —la tasa de interés preferente alcanzó un histórico 21,5% en diciembre de 1980, cuando el IPC se situaba por entonces en el 12,5%— castigó a la economía con millones de despidos y una recesión de caballo, pero también está acreditado que EEUU, tras domar los precios, vivió uno de los periodos más largos de expansión económica. Friedman tenía razón, otra cosa son los daños colaterales a corto plazo de una estrategia monetaria tan agresiva, y que pudo ser menor si la hubiera acompañado una política fiscal menos expansiva (el déficit de Reagan fue gigante).

¿Qué es lo que ha cambiado hoy respecto de aquel tiempo? Pues básicamente tres cosas. O cinco, si se tienen en cuenta el envejecimiento y los avances tecnológicos, cuyo impacto en la variación de los precios es cada vez más relevante.

Políticas de demanda

La primera, la más importante, es la globalización, que ha permitido el largo periodo de desinflación que ha vivido el planeta, incluso en aquellos países con poco o nulo rigor a la hora de combatir el alza de los precios. China, como es obvio, tiene mucho que ver. La fábrica del mundo, como todo el mundo sabe, ha hecho posible, gracias a sus bajos costes, exportar sus bajos precios al resto del planeta. Y esto explica que aunque los balances de los bancos centrales hayan crecido de forma extraordinaria en los últimos años, principalmente desde la crisis financiera de 2008, lo que les ha preocupado no es la inflación, sino, paradójicamente, la deflación. Esto es, una caída generalizada de precios de los activos, que es lo que sucedió tras el 'crash' de 1929, y que solo se empezó a remendar con políticas de estímulo de la demanda (keynesianismo).

El IPC adelantado se dispara hasta el 9,8%

El segundo factor que explica las bajas tasas de inflación tiene que ver con las liberalizaciones económicas acometidas por todos los gobiernos desde los años ochenta, cuando se empezó a hablar en serio de desregulaciones y de privatizaciones, lo que introdujo un grado de flexibilidad y competencia en las economías que ha impedido que subieran los precios por mucho que pudiera aumentar la oferta monetaria. La reciente historia ha demostrado, de hecho, que los mercados más eficientes y menos oligopolistas son, precisamente, el mejor antídoto para controlar la inflación. El funcionamiento del mercado eléctrico y gasístico —que ha convertido el precio de un bien básico como es el consumo de energía en algo muy parecido a un casino en el que juega todo tipo de operadores financieros— es un claro ejemplo de que en este terreno hay mucho por hacer.

Un ordenador de hoy —infinitamente más potente que uno de hace 40 años— puede costar lo mismo en términos reales

La tercera razón de que no hayan subido los precios hasta el actual 'shock' hay que encontrarla en el debilitamiento de la fuerza sindical, cuya capacidad de presión para subir salarios —desde luego en España— está bajo mínimos. Entre otras razones, porque las cláusulas de revisión automática de los salarios para que puedan acompasarse a la inflación son cada vez menos relevantes. La desindexación de la economía, de hecho, se ha extendido y hoy cada revisión salarial depende de la correlación de fuerzas en cada sector o empresa, en lo que tiene mucho que ver un planteamiento muy polémico en su día, pero que hoy se ha impuesto. Las revisiones salariales se hacen sobre la inflación pasada, no sobre las expectativas, lo que hace más difícil una espiral inflacionista. Múltiples estudios han encontrado evidencia de que cuando se negocia sobre expectativas de inflación, la presión sobre los precios es mayor.

Precios hedónicos

El cuarto factor que explica la menor inflación es el envejecimiento, que hace que la propensión al consumo en edades elevadas sea menor en sociedades muy envejecidas; mientras que el quinto son los avances tecnológicos, que presionan a la baja la inflación. Hoy ya no se habla de los llamados precios hedónicos, que son los que tienen en cuenta no solo los precios de mercado, sino también la calidad y las prestaciones derivadas de su uso. Un ordenador de hoy —infinitamente más potente que uno de hace 40 años— puede costar lo mismo que hoy en términos reales (contando la inflación), pero no hay duda de que es bastante mejor.

¿Qué quiere decir esto? Pues ni más ni menos que lo que ha cambiado es la llegada de un 'shock' energético derivado de varios factores: la pandemia (tirón de la demanda después de las recesiones de 2020), el mal funcionamiento de los mercados energéticos, donde se ha refugiado la industria financiera en busca de rentabilidad, y lógicamente la guerra en Ucrania, que ha disparado los precios. Además de los costes de la transición energética, que ha mermado la capacidad de respuesta de la tecnología de respaldo (nuclear o carbón). Sin contar el acierto o el error de cada país y de su Gobierno a la hora de diseñar sus políticas económicas, y en esto España, con una inflación superior a la de la eurozona en más de dos puntos, tiene poco de qué presumir.

Foto: El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos. (EFE/Fernando Alvarado)

No es baladí que la energía esté detrás del aumento del IPC. Significa que si no empeoran los factores que explican las bajas inflaciones de las últimas décadas —globalización, liberalizaciones, avances tecnológicos o envejecimiento—, las tasas de inflación volverán a sus niveles habituales en algún momento. ¿Cuándo? Nadie lo sabe. Lo relevante, por eso, es saber cómo evoluciona la inflación subyacente, que elimina los componentes más volátiles de la cesta de la compra: energía y alimentos no elaborados. Hoy, la diferencia es de nada menos que 6,4 puntos (9,8% frente al 3,4%), la mayor distancia desde los años setenta, cuando el IPC (antes de los Pactos de la Moncloa) alcanzó un histórico 26%.

Espiral inflacionista

El hecho de que la actual presión inflacionista tenga que ver en tres cuartas partes con la energía (alrededor del 75% de la subida del IPC) no significa, sin embargo, que la paz con los precios, salvado el actual fenómeno, esté asegurada. Es evidente que si el Gobierno y la Comisión Europea no atinan con sus decisiones, se puede desencadenar una espiral inflacionista. Probablemente, de manera distinta a la de los años setenta y ochenta, por los cambios estructurales antes citados, pero fuerte inflación al fin y al cabo, con las implicaciones que esto tiene en la política monetaria. El BCE, cada vez más presionado, estaría obligado a actuar, lo que sería una calamidad para España por su nivel de deuda pública y por la vulnerabilidad de muchos endeudados, además del mazazo a los procesos de inversión.

Foto: La inflación golpea la cesta de la compra. (EFE/David Arquimbau Sintes)

Eso quiere decir que la única manera de luchar contra la inflación es controlar la energía. Y es por eso por lo que el endurecimiento de las políticas monetarias, salvo que se quiera provocar una recesión, es menos efectivo cuando siguen vigentes los factores que explican las bajas inflaciones de las últimas décadas. De ahí que no tenga sentido decir que una rebaja de 20 céntimos el litro de gasolina puede alimentar la inflación.

Las políticas de estímulo fiscal, siempre que se destinen a doblegar los costes de la energía, son más eficaces que disparar de forma indiscriminada a todo lo que se mueve. Ya el economista José Luis Sampedro advertía a sus alumnos de la conveniencia de distinguir entre lo coyuntural y lo estructural. Y mientras no se demuestre lo contrario, salvo que la economía gire de forma radical, las fuerzas desinflacionistas siguen vivas. El mundo ha cambiado, y la naturaleza de la inflación también.

Cualquier comparación, dicen, es odiosa. Pero todavía más si se encuentran equivalencias entre periodos históricos completamente distintos para analizar un fenómeno como es la inflación, cuya naturaleza cambia con el tiempo.

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