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Rabat, Argel y España, una antología del disparate
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Carlos Sánchez

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Rabat, Argel y España, una antología del disparate

El conflicto entre Madrid, Rabat y Argel forma parte del nuevo orden mundial, todavía en construcción. Lo que está en juego es, ni más ni menos, que el control del norte de África. Y aquí Moncloa es un simple subordinado de Washington

Foto: Sánchez, en su última visita a Mohamed VI. (EFE/Mariscal)
Sánchez, en su última visita a Mohamed VI. (EFE/Mariscal)
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El mundo, como se sabe, se ha llenado de riesgos e incertidumbres desde el pasado 24 de febrero, cuando Rusia invadió Ucrania. Existe cierto consenso, sin embargo, sobre algunas certezas. El nuevo paradigma pasa por la construcción de una nueva política de bloques —liderada por EEUU y China— que se hará a costa de la globalización, entendida como el libre comercio sin interferencias políticas y sin buscar alineamientos estratégicos o ideológicos. Es decir, sin mirar el pedigrí democrático de los países o su posición geopolítica.

Los gobiernos, a la vista del nuevo escenario, se han puesto manos a la obra y están repensando casi todos los aspectos de sus políticas exteriores, lo que incluye el gasto militar, el comercio, la política de alianzas —mediante una mayor cooperación regional— o la búsqueda de más seguridad en el aprovisionamiento de las materias primas fundamentales, en particular las energéticas. Algo que no hace mucho tiempo se consideraba irrelevante. Hoy, por el contrario, el aprovisionamiento de tecnología, incluso, forma parte de la nueva geopolítica, y ahí está la escasez de semiconductores para demostrarlo. Algo impensable en los momentos de mayor euforia en la globalización.

No se trata, sin embargo, de un regreso a la era de la fragmentación anterior a 1914, sino, por el contrario, un nuevo orden bipolar imperfecto con ciertas semejanzas al que surgió en 1945. Esto significa que el margen de maniobra de los estados tenderá a estrecharse por la nueva política de alianzas en torno a ambos liderazgos, lo que en realidad convertirá a muchos países en subalternos de ambas superpotencias. Rusia camina hacia convertirse en un vasallo de China y Europa de EEUU en la medida en que aumentará la dependencia en materias como la tecnología, la energía o la industria de defensa. La cacareada autonomía estratégica de Europa tendrá que esperar.

Rusia será un vasallo de China y Europa de EEUU en la medida en que aumentará la dependencia en tecnología, energía o la industria de defensa

Entre otras razones, porque al igual que sucedió en la primera crisis petrolífera de los años 70, la energía vuelve a ser un mecanismo fundamental de presión política, lo que obliga a los países a acercarse a ambos bloques. El mecanismo actúa en ambas direcciones. Tanto desde el lado de la oferta (Rusia vendiendo menos gas y petróleo) como de la demanda (Europa buscando proveedores alternativos). Una nueva realidad, dicho sea de paso, que pone en riesgo la lucha contra el cambio climático, toda vez que los embargos y en general los sistemas de sanciones, en el marco de una nueva diplomacia energética, serán cada vez más frecuentes en el futuro, lo que obligará a los gobiernos, como ya está sucediendo en Europa, a echar mano de los combustibles fósiles para capear el temporal.

Una inversión rentable

Pero también porque invertir en hidrocarburos volverá a ser muy rentable. El petróleo se ha asentado encima de los 115 dólares, y eso que China sufre el menor crecimiento económico de los últimos 32 años, lo que indica que cuando vuelva a la 'normalidad' poscovid y se incremente la demanda, los precios seguirán subiendo. Un barril de crudo a 140-150 dólares hoy no es descartable, y como consecuencia de ello se invertirán miles de millones en los próximos años en nuevas plantas de regasificación o en largos gasoductos para transportar una energía que se considera sucia y que se daba por amortizada, pero a la que ahora se está subvencionando a través del sistema fiscal.

Es en este contexto en el que hay que situar el conflicto entre Madrid, Rabat y Argel, que cuenta con todos los ingredientes propios de la época. Las superpotencias rivalizan hoy por asegurarse aliados en sus zonas de influencia. EEUU necesita a Marruecos por razones militares y, por supuesto, porque uno de los mayores riesgos viene del Sahel, un gigantesco territorio que cruza el continente entre Senegal y Chad y que es hoy una auténtica bomba demográfica en el que el terrorismo yihadista se ha hecho fuerte. La ONU ha estimado que la población total de los seis estados del Sahel era en 1960 de 21 millones de personas, pero en 2020 ya eran 103 millones, lo que significa que en apenas 60 años se ha multiplicado por cinco. Es como si España tuviera hoy 150 millones de habitantes.

Es por ello por lo que el conflicto entre Madrid, Rabat y Argel va mucho más allá que una mera pelea regional entre países vecinos. Fracasado el Proceso de Barcelona con el que se pretendió en 1995 construir un nuevo espacio de cooperación entre las dos orillas del Mediterráneo occidental, las grandes potencias vuelven a mirar al norte de África por las razones antes expuestas.

Washington le vende armas a Rabat y Moscú a Argel, mientras que España se pliega a los intereses de la OTAN, como no puede ser de otra manera porque es un socio más, y desde luego no está entre los más influyentes. Es un hecho que la alianza atlántica no está en condiciones de olvidar el flanco sur en unos momentos en que la atención está puesta en Ucrania, sobre todo si se tiene en cuenta el creciente interés de algunos países en la región por razones geopolíticas, incluso más que económicas o culturales. Qatar, Emiratos o Turquía están buscando ganar zonas de influencia.

Marruecos es ya de facto, aunque no de 'iure', un miembro más de la alianza por razones estratégicas, algo que inquieta a Argelia

En este proceso de internacionalización de los conflictos regionales ha estado ausente la Unión Europa, que realmente, aunque lo intentó la Francia de Sarkozy y con el Proceso de Barcelona, nunca ha tenido una estrategia sobre el Magreb más allá de provocar un desastre en Libia mayor del que había con Gadafi tras estallar la primavera árabe. Ni siquiera para defender los derechos humanos en Marruecos o Argelia. Y no digamos ya en aras de favorecer la integración económica entre dos países que se han llevado mal desde sus respectivas independencias, hace más de seis décadas. En parte, debido a una competencia por el liderazgo regional: una monarquía autocrática de carácter conservador frente a una república con gran influencia del ejército, con un poder omnímodo sobre el país más grande de África (cinco veces España).

Aunque el Tratado de constitución de la OTAN (el célebre artículo 5) circunscribe el perímetro de actuación de la alianza a Europa y América del norte, hay pocas dudas de que Marruecos es ya de facto, aunque no de 'iure', un miembro más de la organización por razones estratégicas, algo que, lógicamente, inquieta a Argelia, cuya hostilidad con Marruecos es directamente proporcional al acercamiento de Rabat a la alianza atlántica. El establecimiento de relaciones diplomáticas entre Marruecos e Israel fue, precisamente, lo que hizo posible que Trump, cuando ya era un 'pato cojo' y estaba a punto de abandonar la Casa Blanca, reconociera la autoridad única de Marruecos sobre el Sáhara en contra de múltiples resoluciones de Naciones Unidas.

La hegemonía regional

Como ha escrito Haizam Amirah Fernández en el Instituto Elcano, la atropellada transacción "trumpiana" ha tenido dos consecuencias principales. Por un lado, ha hecho creer a Rabat que esa medida ya dejaba el conflicto resuelto a su favor, lo que se tradujo primero en una política exterior más vehemente que desencadenó crisis con Alemania y España, y más tarde en frustración al ver que ningún otro país relevante ni organización internacional (la ONU, la UE, la Unión Africana o la Liga Árabe) seguía los pasos de Trump; y, por otro lado, rompió el equilibrio inestable entre los dos competidores por la hegemonía regional del Magreb —Argelia y Marruecos— culminando con la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos en agosto de 2021, en medio de una escalada de acusaciones mutuas, muestras de animosidad y amenazas de castigo. Crear un enemigo exterior, ya se sabe, es una de las estrategias más viejas de los sistemas autoritarios, y la diplomacia marroquí, siempre bien engrasada y con enorme capacidad para identificar cualquier debilidad política de España (este ha sido el gran error de Sánchez) lo ha llegado a convertir en un arte.

Tanta rivalidad regional, como no podía ser de otra manera, solo ha traído consigo una escalada armamentista. Argelia es el país que más gasta en defensa de África —junto a Libia, un país en guerra latente— y esas armas se las suministra Rusia, con quien realiza frecuentes maniobras conjuntas. Argelia —que prácticamente ha doblado su población en los últimos 35 años— invierte nada menos que el 6,7% de su PIB en armamento, mientras que Marruecos le compra a EEUU. Su gasto militar equivale ya al 4,3 de su PIB.

Sánchez tenía algún margen para desescalar el conflicto, como diseñar una solución equilibrada para apaciguar, al menos, a Rabat y Argel

No puede sorprender, por tanto, los intereses de Moscú en Argel, máxime cuando el gas, como el petróleo, han vuelto a convertirse en un mecanismo de presión, y hasta de chantaje. Solo hay que imaginar lo que pasaría si Rusia y Argelia, al unísono, como lo hicieron los países de la OPEP en los años 70, decidieron cerrar el grifo del gas. Marruecos, por lo pronto, sabe lo que eso significa porque Argel no fue de farol cuando decidió hace algunos meses cortar el suministro que fluía por el gasoducto Magreb-Europa, que atraviesa Marruecos, y que ha sido el primero en caer.

Una explicación lógica

Y al fondo de todo esto, el Sáhara, cuya población, como sucede en Oriente Medio con el pueblo palestino, sufre la guerra no declarada (aunque sí subcontratada en Ucrania) entre Rusia y EEUU. España, en este sentido, y pese a que Naciones Unidas le sigue considerando autoridad como potencia descolonizadora, no es más que un país subalterno en este conflicto, y esa puede ser la explicación más lógica del cambio de posición de Sánchez, más allá de que los servicios secretos marroquíes hubieran obtenido alguna información relevante pinchando su teléfono móvil.

El presidente del Gobierno, sin embargo, tenía algún margen de maniobra que no ha utilizado para desescalar el conflicto, como diseñar una solución equilibrada capaz de contentar o, al menos, apaciguar a Rabat y Argel salvando los intereses de España, que lo mismo que está obligada a llevarse bien con Marruecos, también con Argel.

Moncloa, sin embargo, aunque diga lo contrario, ha optado por defender los intereses de Washington en Marruecos, que a la larga son también los de Madrid porque España forma parte de la OTAN, guste o no. Conviene tenerlo en cuenta a la hora de buscar explicaciones.

En tiempos de realineamientos estratégicos, Sánchez ha optado por Washington. Es verdad que la gestión de la crisis por parte de Moncloa tras la llegada del líder polisario, ha sido un desastre, pero el problema de fondo es que el mundo vuelve a los bloques y las zonas de influencia. Ahora bien, reforzar el flanco sur de la OTAN nunca puede ni debe ser incompatible con el cumplimiento del derecho internacional. De lo contrario, Putin tendría razón.

El mundo, como se sabe, se ha llenado de riesgos e incertidumbres desde el pasado 24 de febrero, cuando Rusia invadió Ucrania. Existe cierto consenso, sin embargo, sobre algunas certezas. El nuevo paradigma pasa por la construcción de una nueva política de bloques —liderada por EEUU y China— que se hará a costa de la globalización, entendida como el libre comercio sin interferencias políticas y sin buscar alineamientos estratégicos o ideológicos. Es decir, sin mirar el pedigrí democrático de los países o su posición geopolítica.

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