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La foto que retrata el desamparo de Europa
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Carlos Sánchez

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La foto que retrata el desamparo de Europa

Mejor una Ucrania independiente dentro de la UE que un conflicto gangrenado en el tiempo en el corazón de Europa. Hay que contar con que Rusia seguirá siendo la gran frontera europea y no cabe esperar la llegada de un Gorbachov

Foto: Tusk, Zelenski, Macron, Starmer y Merz. (EFE)
Tusk, Zelenski, Macron, Starmer y Merz. (EFE)
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En la foto realizada este viernes por los servicios de prensa del presidente de Ucrania y distribuida por la agencia Reuters aparecen, de izquierda a derecha, Donald Tusk, el propio Zelenski, Macron, Keir Starmer y el nuevo canciller Friedrich Merz. Todos y cada uno de ellos, parapetados tras una especie de pupitre circular con motivos un tanto infantiles, muestran una mirada un tanto perdida y escuchan desde Tirana (Albania) lo que en ese momento les está comentando Donald Trump desde algún lugar de Oriente Medio.

La imagen refleja como pocas la soledad, o habría que decir del aislamiento y hasta del desamparo, de Europa en este proceso. Es como si Polonia, Ucrania, Francia, Reino Unido y Alemania estuvieran esperando noticias llegadas de Washington y Moscú con la esperanza puesta en disponer de alguna información. O lo que es lo mismo, que alguien les diga algo sobre la marcha de las negociaciones de paz entre Trump y Putin con China al fondo, como si se tratara de un jugador que no está invitado a la timba, pero que, sin embargo, tiene mucho que decir porque es quien sostiene a Rusia junto a sus aliados.

La sensación de impotencia que transmite esa foto es extraordinaria, como la nueva ronda de sanciones —el decimoséptimo paquete— que prepara la UE contra Rusia. Una especie de derecho al pataleo a la vista de los pobres resultados de las sanciones anteriores. Rusia no ha colapsado y, por el contrario, ha abierto nuevos mercados mirando a los BRICS, cuya importancia geopolítica crece, algo que puede ayudar a entender el renovado interés de EEUU —visita de Trump a las monarquías del Golfo en su primer viaje oficial— por volver a Oriente Medio, incluida una mejora de las relaciones con Irán, como dijo en su discurso de Riad. Lo demuestra incluso un encuentro con el nuevo líder de Siria, un antiguo yihadista, a quien calificó de un "tipo duro". Y tan duro.

Una victoria simbólica

La propia foto es una señal de impotencia. Europa había dicho que hasta que Rusia no decidiera un alto el fuego durante 30 días no habría negociaciones, pero Rusia ha seguido matando (ayer a 13 ucranianos) y ahora son los líderes europeos quienes urgen a Moscú a sentarse a la mesa. Es cierto que se trata sólo de una victoria simbólica de Putin, pero revela, de nuevo, la ausencia de una estrategia clara por parte de Europa, que pudo haber articulado una iniciativa de paz durante el mandato de Biden y no lo hizo, y ahora se ve arrastrada por la fuerza de la galerna que es Trump para las relaciones internacionales.

Rusia no ha colapsado y, por el contrario, ha abierto nuevos mercados mirando a los BRICS, cuya importancia geopolítica crece

A EEUU le preocupa China, y Europa, en este sentido, es sólo un estorbo, de ahí el ninguneo a todo lo que venga del viejo continente. Pero a Europa, por el contrario, lo que le debe preocupar es el estatus de sus relaciones con Rusia, que van mucho más allá que el conflicto de Ucrania. Al fin y al cabo, como dicen los viejos diplomáticos, las fronteras no se eligen y la geografía no miente, lo que obliga a hacer política pensando en el territorio. Incluso en un escenario en el que Putin ya no esté en el centro del tablero internacional, ya sea por razones biológicas o de política interna, Rusia seguirá siendo la gran frontera europea, y desde luego a corto plazo no cabe esperar la llegada de un Gorbachov que desmonte la ingeniería política desplegada por el presidente ruso en su entorno después de haber puesto a los oligarcas que le desafían bajo su control.

Tampoco parece que sea la solución abundar en lo que muchos han llamado una especie de keynesianismo militar —el rearme— para afrontar una cuestión que supera al propio conflicto entre Kiev y el invasor. O expresado de otra forma, en el caso de Alemania, la reconversión de la industria automovilística en una militar. Como ha puesto de relieve la investigadora Grace Blakeley, la producción de armas modernas depende de procesos de fabricación avanzados —alta tecnología— que requieren relativamente poca mano de obra, por lo que la industria dispone de bajos multiplicadores de crecimiento respecto de las inversiones en salud, educación o energías renovables. Es decir, crea menos empleos por euro gastado y contribuye escasamente a la capacidad productiva de la economía en general.

No es el caso de la seguridad, un concepto mucho más amplio y desde luego más barato que no sólo tiene que ver con la disuasión militar, que también, sino con el despliegue de una estrategia global necesariamente liderada por Europa. No por una razón vaga, sino porque es dónde está el teatro operaciones. Es verdad que la paz a cualquier precio se parece mucho a las políticas de apaciguamiento de otros tiempos y hay que descartarla, pero parece evidente que sería la región más perjudicada en un contexto de máxima tensión entre EEUU y China. Precisamente, sus dos principales mercados de exportación. A nadie le interesa menos la confrontación entre superpotencias que a Europa.

No parece que la solución sea abundar más en lo que muchos han llamado una especie de keynesianismo militar —el reame–

Más extraño sería, si cabe, renunciar a liderar el proceso negociador en un contexto en el que EEUU busca normalizar sus relaciones con Rusia para centrarse en lo que realmente le preocupa, China, lo que dejaría a Europa con el pie cambiado repitiendo los mensajes que corresponden a un tiempo anterior a la llegada de Trump. Lo último que quiere EEUU es contribuir a dar carta de naturaleza permanente a una Rusia entregada a China, dos países que históricamente han tenido muchos conflictos, con nula capacidad estratégica y, por lo tanto, un mero subalterno de los designios de Xi Jinping. Entre otras muchas cosas, por el control del Ártico, que daría a China una posición todavía más hegemónica en el comercio mundial.

Putin cree que el tiempo le favorece y que Trump irá perdiendo interés sobre lo que ocurre en Ucrania para centrarse en asuntos internos

El viejo orden bipolar

Es en este contexto en el que cabe entender la posición de Putin, a quien no sólo le interesa llegar a acuerdos con Trump para recuperar la imagen del viejo orden bipolar, aunque sea sólo un espejismo, sino que busca humillar a Europa aislándola de su viejo aliado. El propio Trump alimenta este escenario cuando afirma que no habrá un acuerdo de paz en Ucrania hasta que él mismo se reúna con Putin, lo que deja a Europa, de nuevo, fuera de juego. Entre otras razones, porque la estrategia de Putin es a largo plazo y hoy lo que quiere es humillar a Zelenski presentándole como un títere, lo que explica que huyera del encuentro al más alto nivel. En esta maniobra de distracción hay que situar el énfasis que pone Moscú en quién firmaría un hipotético acuerdo de paz, lo que sugiere que no se aceptaría que fuera Zelenski. O la idea de negociar lo que el Kremlin llama “causas profundas” de la guerra, una manera de alargar las conversaciones.

Como ha dicho un antiguo embajador de EEUU en Moscú, Putin cree que el tiempo le favorece y calcula que Trump irá perdiendo interés sobre lo que ocurre en Ucrania para centrarse en asuntos internos, por ejemplo la batalla que se avecina sobre la rebaja de impuestos, lo que supondrá que los estadounidenses tenderán a cortar la asistencia militar a Kiev, algo que, a su vez, debilitará la capacidad de resistencia del ejército ucraniano.

No puede ser casualidad que el principal negociador ruso en las conversaciones de Turquía, un exministro de Cultura de Putin, recordara, según declaró al corresponsal de The Economist una fuente autorizada, que lo que Rusia llama la Gran Guerra del Norte, su enfrentamiento con Suecia en el siglo XVIII, tuviera una duración de 21 años. Precisamente, por el control del Báltico. La historia se repite para un país que necesita de forma imperiosa una salida al mar que no tiene, salvo por el norte.

Lo último que quiere hoy la Administración de EEUU es contribuir a dar carta de naturaleza permanente a una Rusia entregada a China

Hay razones para pensar, de hecho, que el Kremlin intenta que Trump negocie un acuerdo favorable para Moscú (en defensa de los propios intereses de EEUU aunque sea a costa de Ucrania) o que concluya que la paz, tras las negociaciones en curso, es inalcanzable y al final culpe a Kiev y a sus aliados europeos del fracaso. De esta manera, la guerra en Ucrania dejaría de ser una prioridad estadounidense para convertirse en un asunto solo europeo, con las consecuencias que ello tiene.

Sería el peor de los escenarios posibles para Europa, que tendría que afrontar en solitario una crisis muy larga con el consiguiente desgaste de las opiniones públicas en un contexto de creciente inversión militar que compromete el gasto futuro en políticas sociales.

Más vale, por eso, que ofrezca una salida realista que al menos refuerce la seguridad en Europa y se deje de bravuconadas como las sanciones que no van a ninguna parte. Y el documento firmado en 2022, poco después de la invasión rusa, que no llegó a buen puerto, podría ser un buen punto de partida.

Ucrania, entonces, aceptó una neutralidad permanente a cambio de garantías de seguridad internacional de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad, lo que obligaría a EEUU y sus aliados a intervenir en caso de incumplimiento. El documento, filtrado por Reuters, va en la buena dirección. Mejor una Ucrania independiente dentro de la UE que un conflicto gangrenado en el tiempo en el corazón de Europa. Putin no es inmortal y algún día Rusia volverá a respetar las normas del derecho internacional.

En la foto realizada este viernes por los servicios de prensa del presidente de Ucrania y distribuida por la agencia Reuters aparecen, de izquierda a derecha, Donald Tusk, el propio Zelenski, Macron, Keir Starmer y el nuevo canciller Friedrich Merz. Todos y cada uno de ellos, parapetados tras una especie de pupitre circular con motivos un tanto infantiles, muestran una mirada un tanto perdida y escuchan desde Tirana (Albania) lo que en ese momento les está comentando Donald Trump desde algún lugar de Oriente Medio.

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