En 'Más allá del bien y del Mal', Nietzsche reivindica al hombre independiente y llega a decir que es "el privilegio de los fuertes", aunque advierte que se adentra "en un laberinto y multiplica por mil los peligros que la vida trae consigo"
El maniqueísmo es un viejo conocido de la política. No solo en España, sino, en general, en todas las democracias avanzadas. El término hace referencia al persa Manes, fundador de una religión que tuvo su importancia en la segunda mitad del siglo III (d.C). Es conocida porque aparentaba ser una especie de síntesis de todas las religiones conocidas en la época, aunque en realidad se fundamenta en un dualismo primitivo. Lo que plantea, tal y como lo define la Real Academia, es una oposición radical entre el bien y el mal. La comunidad maniquea, como sostiene, a su vez, la Enciclopedia Británica, se dividía entre los elegidos, que se sentían capaces de adoptar una regla rigurosa, a partir de una supuesta razón divina de carácter ecuménico, y los oyentes, que apoyaban a los elegidos con obras y limosnas.
La influencia del maniqueísmo, algunos de sus seguidores llegaron a la península ibérica y a Francia, duró al menos hasta el siglo VIII, pero el término, en su sentido actual, tuvo éxito y ya en el siglo XIX la RAE lo incorporó al diccionario con un tono peyorativo. Un maniqueo es quien tiene tendencia a pensar que las cosas son blancas o negras.
Los ejemplos son múltiples en la vida diaria, pero es en el ámbito de la política donde el maniqueísmo se ha convertido en un arte, aunque sea perverso. Así, por ejemplo, cuando Netanyahu o Trump dicen que quien critica la política de exterminio que Israel aplica en Gaza (el próximo objetivo será Cisjordania) es en realidad un aliado de Hamás, lo que en realidad está haciendo es un juego maniqueo para ocultar la verdad de las cosas.
Netanyahu o Trump son maniqueos cuando dicen que quien critica la política de exterminio de Israel en Gaza es un aliado de Hamás
Lo paradójico, en este caso, es que el propio Netanyahu ha reconocido esta misma semana que Israel permitió que Qatar financiase a Hamás para debilitar a la administración palestina. Es decir, alimentando el terrorismo, el estado de Israel tendría más argumentos para justificar la acción contra los islamistas radicales y, de paso, contra el pueblo palestino, que es quien más sufre a los terroristas. O expresado de otra manera, la política del bien y del mal, llevada al extremo. Israel mata y comete crímenes de guerra en nombre de un fin justo porque Hamás es una organización terrorista. Ya se sabe que nada une más a un pueblo —los dictadores lo saben mejor que nadie— que un enemigo común.
Los prorrusos
Tras la invasión rusa de Ucrania, igualmente, ha emergido un maniqueísmo de libro. Desde el comienzo de la guerra, cualquier análisis crítico sobre los orígenes del conflicto, por ejemplo, la irresponsable expansión de la OTAN hacia el Este o la escasa autonomía estratégica de la Unión Europea para crear un ámbito de seguridad propio con Rusia ajeno a los intereses de EEUU, se ha visto desde muchas cancillerías como un respaldo más o menos velado a las tesis de Moscú. O dicho de otra forma, estás con Putin o con las democracias liberales, lo cual impide cualquier reflexión inteligente sobre un conflicto. El periodo de entreguerras del siglo XX sabe mucho de la falacia del bien contra el mal con trágicos resultados. Millones de asesinatos fueron justificados por una supuesta causa justa contra el enemigo común que representa el mal.
Este dualismo primario se manifiesta hoy con toda crudeza en la universidad de Harvard, que es el campus de batalla, nunca mejor dicho, de la última cruzada de Donald Trump contra las democracias liberales. La Casa Blanca ha dicho de Harvard que es una “vergüenza nacional”, una “madrasa progresista”, un “campo de adoctrinamiento maoista”, un “bastión antijudio” y un “puesto avanzado islamista que sólo quiere destruir a los judios”, lo que en última instancia significa, sostiene nada menos que el presidente de EEUU, la “destrucción de la civilización occidental”. Curioso que una universidad con unos 25.000 alumnos y alrededor de 2.400 profesores tenga esa capacidad de destrucción masiva.
Quien ha recogido esta retahíla de sandeces es Steven Pinker, profesor de psicología de Harvard, que en un lúcido artículo publicado en The New York Times, en el que también cuestiona desde dentro algunos de los errores cometidos en las últimas décadas por la propia universidad, ha relacionado la política binaria — el bien contra el mal— con lo que en psicología se denomina splitting.
El splitting se manifiesta cuando una persona entiende el mundo a través de los extremos sin admitir que hay posiciones intermedias
Este trastorno se manifiesta cuando una persona entiende el mundo a través de los extremos sin admitir que hay posiciones intermedias. Es decir, desprecia las situaciones complejas y tiende a situarse en ambos polos opuestos porque, por decirlo de alguna manera, es su zona de confort. Es decir, no hay necesidad de pensar o de tener una posición propia. Por el contrario, es más fácil o útil políticamente situarse a un lado u a otro que defender posiciones matizadas cargadas de racionalidad y no de emoción, que es la enfermedad de nuestro tiempo. En particular en el ámbito de la política, donde la manipulación grosera de los impulsos más primarios es ya un monumento a la estulticia.
Los antipatriotas
El mejor ejemplo, en este caso, es la polarización política, que cuenta con un extraordinario aliado, como es la desinformación. Precisamente, lo que buscan Netanyahu, Trump o Putin cuando acusan a quien cuestionan sus demenciales políticas de antipatriotas, traidores o simplemente compañeros de viaje del terrorismo. La pobreza intelectual que hubo en España sobre la cuestión catalana durante los años del procés –o sediciosos o unionistas— es un buen ejemplo de ese maniqueísmo primario y sectario que se ha adueñado de la política. Incluso, en el reciente debate sobre las universidades, se quiso plantear la dialéctica entre las universidades públicas o privadas cuando la cuestión de fondo es si la oferta nueva de centros universitarios se corresponde con la calidad académica que se le supone a una universidad.
En Más allá del bien y del Mal, Nietzsche reivindica de la figura del hombre independiente y llega a decir que es “el privilegio de los fuertes”, aunque también advierte que quien así obra se adentra “en un laberinto y multiplica por mil los peligros que la vida en sí misma ya trae consigo”.
No es de extrañar, por eso, que el enemigo a batir sea la independencia de criterio. No en vano, es el mejor antídoto contra la política binaria, lo que explica el interés de los nuevos autoritarismos en situar a la población a un lado o a otro. Es decir, lo mismo que hace Netanyahu cuando convierte en antisionistas a quienes denuncian que Israel está haciendo algo muy parecido —la calificación jurídica es lo de menos— a un genocidio, habida cuenta de que se trata de una acción sistemática y organizada desde un centro de poder. Lo que comenzó como una respuesta a la masacre terrorista de Hamás es hoy una estrategia de ocupación que inevitablemente recuerda a otras épocas y que el pueblo judio conoce mejor que nadie. Sin tanta estridencia trágica es lo que ocurre hoy en muchas democracias avanzadas, donde la complejidad está siendo sustituida por la simpleza. Obviamente, por un interés de parte. Si Sánchez hubiera callado sobre lo que sucede en Gaza, es probable que la derecha hubiera criticado a Netayanhu en el marco de ese antagonismo de cartón piedra.
Los corruptos
Hay evidencias de que electoralmente es rentable convertir al adversario político en enemigo, pero es que además es lucrativo. Cuando el presidente de EEUU convoca una cena privada en la Casa Blanca para aumentar las plusvalías de su negocio de criptomonedas es simplemente corrupción, pero como la polarización ha hecho sus efectos, sus votantes lo aceptan, porque en el otro lado están los enemigos de lo que llaman MAGA. Es decir, estamos ante un proyecto que va más allá de lo estrictamente político.
Lo que comenzó siendo una respuesta a la masacre terrorista de Hamás es hoy una estrategia de ocupación que evoca otro tiempo
El propio Netanyahu, en el contexto de la invasión de Gaza, ha logrado que sus números procesos penales hayan quedado relegados, mientras que en el plano diplomático ha conseguido que algunos países europeos con mala conciencia histórica, como Alemania, acepten sin rechistar lo que viene de Israel. No porque represente el bien, sino porque cuestionar el comportamiento de Tel Aviv sería lo mismo que reivindicar el mal. De nuevo, el pensamiento binario para explicar el mundo.
Tanto Trump como Netanyahu no han inventado nada. La ciencia política ha acreditado que cuando un líder produce una avalancha de datos o es hiperactivo con medidas que son más el ruido que las nueces (se habla habitualmente de inundación del espacio público a través de las redes sociales o de la televisión) es imposible diferenciar lo que es falso de lo que es verdadero, ya que no hay tiempo material para hacerlo.
Aunque el cerebro es capaz de procesar mucha información en poco tiempo, carece, sin embargo, de la capacidad suficiente para saber lo que es correcto. Y como no hay respuesta, lo que queda es la mentira. Es decir, se produce un sesgo cognitivo porque es el líder quien ha construido su propia retórica y el enemigo, que siempre es un buen constructo para meter miedo, está al acecho. Diecisiete siglos después, el persa Manes sigue en la brecha.
El maniqueísmo es un viejo conocido de la política. No solo en España, sino, en general, en todas las democracias avanzadas. El término hace referencia al persa Manes, fundador de una religión que tuvo su importancia en la segunda mitad del siglo III (d.C). Es conocida porque aparentaba ser una especie de síntesis de todas las religiones conocidas en la época, aunque en realidad se fundamenta en un dualismo primitivo. Lo que plantea, tal y como lo define la Real Academia, es una oposición radical entre el bien y el mal. La comunidad maniquea, como sostiene, a su vez, la Enciclopedia Británica, se dividía entre los elegidos, que se sentían capaces de adoptar una regla rigurosa, a partir de una supuesta razón divina de carácter ecuménico, y los oyentes, que apoyaban a los elegidos con obras y limosnas.