La insoportable levedad política de Ursula von der Leyen
Si la Comisión Europea es un simple apéndice de los gobiernos, Kissinger tenía razón cuando decía que no sabía a quién llamar en Europa si tenía un problema. La agenda MAGA se abre paso en Europa
La presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (Reuters/Florence Lo)
Cuando en diciembre de 2019 Ursula von der Leyen (Bruselas, 1958) fue elegida por el parlamento europeo presidenta de la Comisión Europea fue recibida como un caudal de oxígeno. No en vano, además de ser la primera mujer en ocupar el cargo, tenía una amplia experiencia en asuntos europeos, y, lo que no era menos importante, su elección liquidaba de un plumazo el denominado Spitzenkandidat, el sistema de elección por el que cada partido, con carácter previo a las elecciones, hubiera elegido a su candidato para presidir el órgano de gobierno de la Unión Europeo.
De esta manera, y con el apoyo explícito de Merkel, acababa con las aspiraciones de Manfred Weber, un político ultraconservador que sigue siendo hoy, pese a pertenecer al mismo partido, su archienemigo en Europa. Von der Leyer, igualmente, y frente a los políticos profesionales, aunque ella siempre lo ha sido, es políglota, nacida en Bruselas, madre de siete hijos y médico de profesión, lo que le daba un perfil diferente. Su padre, Ernst Albrecht, trabajó para la Comunidad Europea del Carbón y del Acero y la Comunidad Económica Europea, precursoras de la UE, antes de regresar a Alemania, donde desarrolló una carrera política regional. Fue primer ministro de Baja Sajonia en 1976, cargo que ocupó hasta 1990, cuando perdió la reelección frente al excanciller Gerhard Schröder. La propia von der Leyen fue ministra de Defensa —controvertida por su política de contrataciones externas— en tiempos de Merkel
Von der Leyen, en definitiva, representa como pocos el pedigrí de lo que debe ser una dirigente europea, y hay que decir que así lo demostró en su primer mandato, cuando la Comisión Europea tuvo que gestionar momentos políticos extremadamente complejos. La pandemia, que le estalló pocos meses después de alcanzar la cima de Bruselas, la invasión rusa, el regreso temporal de la hiperinflación y, por supuesto, el despliegue de los fondos Next Generation, que ha supuesto, junto al lanzamiento del MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) el primer intento serio, aunque incompleto, de una mutualización de la deuda en Europa.
Un barco a la deriva
El regreso de Trump, sin embargo, lo ha cambiado todo y hoy la Comisión Europea que preside von der Leyen es un barco a la deriva, y no solo por el humillante y claudicante papel desempeñado en el asunto de los aranceles, que echa por tierra la cacareada autonomía estratégica que ella mismo defendió cuando hablaba de una Comisión ‘geopolítica’, sino por la falta de impulso político para afrontar cuestiones como la unión bancaria, el establecimiento de un mercado de capitales integrado y profundo y, por supuesto, el bajo perfil de Europa en conflictos como la guerra en Ucrania o el horror en Gaza, donde Europa tiene un papel subalterno.
Trump lo ha cambiado todo y hoy la Comisión es un barco a la deriva, y no solo por el humillante papel en el asunto de los aranceles
Es verdad que la política exterior y de seguridad común es un ámbito de competencia de la UE en el que la Comisión carece de atribuciones para proponer actos jurídicos, pero su influencia política es determinante, y lo cierto es que la presidenta ha sido incapaz de construir un perfil propio. A merced de los gobiernos, en particular Alemania, von der Leyen ha hecho retroceder a Europa al menos una década, cuando nadie hablaba de autonomía estratégica. La posición tibia de la Comisión Europea sobre el genocido que se está produciendo en Gaza a la vista de todos refleja la inoperancia de la presidenta de la Comisión Europea, en lo que sin duda influye su procedencia alemana.
Y el mejor ejemplo está en los aranceles, donde, como ha dicho Borrell, una mala estrategia ha llevado a un mal resultado. La Comisión prefirió una política de apaciguamiento en aras de adular a Trump convirtiendo en papel mojado normas que la propia von der Leyen impulsó durante su anterior mandato, como el reglamento contra la coerción económica. Este reglamento autoriza a la Comisión Europea a actuar cuando un tercer país, en este caso EEUU, presiona a la UE o a un Estado miembro para que acepte una determinada decisión mediante la amenaza o la imposición de medidas que afecten al comercio o a la inversión.
Cuando se aprobó el reglamento el argumento de la UE era bien simple: las amenazas interfieren indebidamente en las decisiones soberanas legítimas de la Unión Europea y de sus Estados miembros. Von der Leyen, sin embargo, no sólo las ha legitimado, sino que ha aceptado (pese a que no es una competencia de la Comisión) comprar más armas e hidrocarburos, gas y petróleo, con lo que Europa sale geopolíticamente debilitada tras un pacto cerrado en un campo de golf propiedad de Trump. La Comisión Europea, como han puesto de relieve algunos analistas, ni siquiera ha querido seguir una estrategia similar a la de China, que para defenderse de Washington ha puesto en valor en sus negociaciones la alta dependencia que tiene EEUU de sus industrias manufactureras. Canadá o Brasil, desde luego, han tenido más dignidad soberana que Europa.
Lo acordado por von der Leyen se resume en la quiebra del principio que mueve el comercio internacional: la reciprocidad
No hay que olvidar que EEUU, como ha puesto de relieve el profesor Rafael Myro, posee también una gran dependencia de los inputs procedentes de Europa, y son particularmente importantes en el caso de los sectores de maquinaria, vehículos, química y farmacia. La UE suministra el 60% de las importaciones de inputs farmacéuticos, el 34% de los químicos, el 29% de los de maquinaria y equipamiento y el 18% de los de vehículos. Pese a ello, lo acordado por von der Leyen se resume en la quiebra del principio que mueve el comercio internacional: la reciprocidad. Si un país pone barreras, su contraparte debe corresponder con la misma medicina.
La rendición de Europa, de hecho, supone liquidar uno de los principios del multilateralismo que ha guiado el comercio mundial en las últimas décadas, y que el propio Tratado de la UE recoge en su artículo 3 cuando cita que la UE, en sus relaciones con el resto del mundo, defiende “el comercio libre y justo”. Papel mojado.
Un rehén de los gobiernos
El argumento que se suele dar para defender de las críticas a von der Leyen es que la presidente de la Comisión Europea no es más que un rehén de los Estados miembros, ya que son los jefes de Estado y de Gobierno quienes en última instancia han dado luz verde al acuerdo, pero eso sería lo mismo que aceptar que la Comisión Europea es un simple títere de los gobiernos, lo cual es mucho más grave. Una Comisión Europea sin voz propia es volver a décadas atrás, cuando Bruselas era un simple gestor de los fondos comunitarios, pero sin ninguna capacidad de decisión. Hoy, por el contrario, la Comisión no sólo representa a todos los países de la UE ante los organismos internacionales, sobre todo en cuestiones de política comercial y ayuda humanitaria, sino que negocia acuerdos internacionales en nombre de la UE, además de proponer leyes, fijar las prioridades de gasto o garantizar que el derecho de la Unión se aplique correctamente en todos los países. Es decir, amplias competencias que desmontan el argumento de que la Comisión es simplemente un aparato burocrático.
La pérdida de peso político de la Comisión Europea da alas a quienes buscan reventar los avances en la integración desde dentro
Lo más relevante, con todo, es que la pérdida de peso político de la Comisión Europea —von der Leyen ha introducido un fuerte carácter presidencialista en su gestión— da alas a quienes buscan reventar los avances en la integración desde dentro. Es decir, los estados que buscan soluciones nacionales para resolver problemas compartidos. De hecho, el debilitamiento político de la Comisión es lo que buscan los Orbán, Le Pen o Meloni, precisamente los mejores aliados de Donald Trump en Europa, que siempre han cuestionado la necesidad de un gobierno fuerte en Europa con capacidad de decisión. El propio Orbán, gráficamente, ha dicho que von der Leyen es un peso pluma a quien Trump se comió —literal– en el desayuno. Hasta Starmer logró un acuerdo más favorable para el Reino Unido.
Von der Leyen, tras el acuerdo, ha puesto en bandeja ese argumento, lo que a la postre significa un retroceso en la integración, pero también abre en canal la gobernanza europea en unos momentos clave desde el punto de vista geopolítico. Adiós a la idea de convertir a Europa en una superpotencia económica con un moneda, el euro, capaz de disputar la hegemonía del dólar. De hecho, lo que Europa ha perdido es su credibilidad ante el resto del mundo. Precisamente, cuando más se necesita la defensa de las democracias liberales frente al auge de los autoritarismos. Los populismos están encantados con la idea de que las relaciones internacionales se negocian desde la fuerza y el chantaje.
Si la Comisión Europea es un simple apéndice de los gobiernos eso quiere decir que la célebre cita de Kissinger, cuando reconocía que no sabía a quién llamar en Europa si tenía un problema, sigue más viva que nunca. La agenda MAGA se abre paso en Europa.
Cuando en diciembre de 2019 Ursula von der Leyen (Bruselas, 1958) fue elegida por el parlamento europeo presidenta de la Comisión Europea fue recibida como un caudal de oxígeno. No en vano, además de ser la primera mujer en ocupar el cargo, tenía una amplia experiencia en asuntos europeos, y, lo que no era menos importante, su elección liquidaba de un plumazo el denominado Spitzenkandidat, el sistema de elección por el que cada partido, con carácter previo a las elecciones, hubiera elegido a su candidato para presidir el órgano de gobierno de la Unión Europeo.