La advertencia de Ray Dalio: el auge de los autoritarismos empieza a asustar
Algo empieza a cambiar. Algunas élites empresariales empiezan a estar preocupadas por el auge de los autoritarismos en la medida que son una factor de inestabilidad. El multimillonario Ray Dalio ha sido uno de los primeros en alzar la voz
Donald Trump en su despacho. (Reuters/Brian Snyder)
No es nuevo comparar nuestro tiempo con lo que sucedió en los años 30 del siglo pasado. De hecho, son ya numerosos los textos, no necesariamente académicos, en los que el término autoritarismo —la versión suave de lo que Hannah Arendt llamó totalitarismo en un libro imprescindible— aparece hoy como una de las cuestiones centrales del análisis político.
Lo singular, sin embargo, es que la pulsión autoritaria está arraigando en sociedades avanzadas que se consideraban ya vacunadas de la polarización y los enfrentamientos radicales que caracterizaron los años del periodo de entreguerras. Figuras prominentes de los mercados financieros, normalmente complacientes con el sistema político, comienzan a advertir sobre una tendencia que se ha asentado incluso en una de las democracias más antiguas del mundo.
Sirva como ejemplo lo que ha declarado hace unos días el multimillonario Ray Dalio, fundador de Bridgewater, uno de los fondos de cobertura más importantes del planeta, con gran predicamento en Wall Street. EEUU, ha declarado Dalio, “está derivando hacia una política autocrática al estilo de los años 30”. ¿Las causas? En su opinión, las brechas de riqueza y de valores están provocando un colapso en la confianza de los ciudadanos en las instituciones, lo que en última instancia está impulsando políticas más extremas. “Creo”, dijo a Financial Times, “que lo que está sucediendo ahora política y socialmente es análogo a lo que ocurrió en todo el mundo en el periodo 1930-40”.
Dalio, hay que decir, ocupa el puesto número 124 en la lista de las personas más ricas del mundo de Forbes con un patrimonio neto de 15.400 millones de dólares, y lo que le preocupa son episodios (cada vez menos aislados) como la destitución por parte del presidente de EEUU de una gobernadora de la Reserva Federal. “Solo estoy describiendo las relaciones de causa y efecto que impulsan lo que está sucediendo”, dijo “y, por cierto, en estos momentos la mayoría de la gente guarda silencio por miedo a las represalias si critican”.
La pulsión autoritaria está arraigando en sociedades avanzadas que se consideraban ya vacunadas de la polarización
La cumbre de Davos de este año, en la misma línea, con Trump recién regresado a la Casa Blanca, habló de que tensiones sociales como la desigualdad y la polarización ocupan un lugar destacado en las clasificaciones de riesgos, tanto a corto como a largo plazo.
Grupos de presión
Más allá de juicios morales, lo que les preocupa a las élites empresariales comprometidas con los valores democráticos es que la polarización, que es una de las características de los sistemas autoritarios —quien no está con el poder es un traidor—, sea un factor de inestabilidad en la economía mundial. Pero también la fortaleza creciente de grupos económicos (en el caso de EEUU las plataformas tecnológicas) aliadas del poder político en defensa de intereses particulares y en contra de otras actividades que tiene que vivir en la competencia. La defensa que hace Trump de las grandes tecnológicas, en este sentido, se estudiará en el futuro en los libros de texto como paradigma en la construcción de una sociedad plutocrática.
Ésta, de hecho, es otra de las características de los sistemas autoritarios. Ocurre cuando las élites capturan el poder político y, a su vez, este se apoya en los grupos de presión para sobrevivir políticamente. Michael Sandel lo dijo sin contemplaciones: “Si los mercados definen lo que es valioso se crea un vacío moral que llena la religión y el nacionalismo”.
Juristas como James A. Goldston, antiguo fiscal de la Corte Penal Internacional, ha escrito que “líderes autoritarios que menosprecian los derechos humanos han llegado al poder en varias democracias, incluyendo EEUU”, mientras que la profesora de la Universidad de Nueva York Ruth Ben-Ghiat, una de las mayores expertas en procesos políticos autoritarios, ha llegado a la conclusión de que los líderes antiliberales utilizan la corrupción, la violencia, la propaganda y el machismo para mantenerse en lo que se conoce como “electoralismo autoritario”Benjamin Constant ya lo advirtió hace más de dos siglos, la soberanía del pueblo nunca puede legitimar una Gobierno arbitrario, aunque se ganen las elecciones ayudándose de todos los mecanismos que controla el poder.
Respeto y obediencia
El mejor ejemplo de esta deriva sucedió esta misma semana. La Administración de EEUU decidió colocar un enorme cartel en Washington, en concreto en el departamento de Trabajo, en el que se puede ver a Trump, a la manera de una reencarnación del ciudadano Kane, con una mirada inspirada en su ficha policial. La pancarta dice: ‘Trabajadores estadounidenses PRIMERO". El presidente de EEUU tiene el ceño fruncido y lo que quiere transmitir en la imagen es la mirada de un padre severo e implacable más que como un servidor público. Como ha escrito un editorialista estadounidense, “parece exigir respeto y obediencia sin prometer nada a cambio”.
La reciente transmisión en directo de un consejo de ministros donde Trump, de forma sonrojante, recibe mensajes aduladores de sus secretarios de Estado refleja, igualmente, ese nuevo clima que se ha instalado en Washington, donde la creación de símbolos, que es una de las características de los sistemas autoritarios, se ha convertido en una maquinaria perfectamente engrasada. La detención de inmigrantes a la vista de todos, la utilización de órdenes ejecutivas para demostrar quién manda en las universidades o la presencia de los militares en las calles para dar sensación de seguridad forma parte de esa simbología. Incluso la omnipresencia de Trump a la manera del show de Truman forma parte de esa arquitectura de símbolos que emite la Casa Blanca (ya lo hizo Reagan en los primeros años 80) para transmitir la idea de que el caudillo está el frente.
La pulsión autoritaria no es nueva y forma parte del mapa de riesgos de todos los sistemas políticos. Históricamente, de hecho, algunos países han sucumbido a su encanto, hasta el punto de que muchos ciudadanos han visto en el autoritarismo el mecanismo de respuesta más eficiente, como si se tratara de una especie de salida a la desesperada. El riesgo está en que esa idea vaya calando entre muchos ciudadanos que crean lo que se decía de Mussolini, el dictador italiano, que al menos logró que los trenes llegaran a su hora.
No es nuevo comparar nuestro tiempo con lo que sucedió en los años 30 del siglo pasado. De hecho, son ya numerosos los textos, no necesariamente académicos, en los que el término autoritarismo —la versión suave de lo que Hannah Arendt llamó totalitarismo en un libro imprescindible— aparece hoy como una de las cuestiones centrales del análisis político.