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La era del brutalismo: ¿Quién financia el odio político?
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Carlos Sánchez

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La era del brutalismo: ¿Quién financia el odio político?

El odio y la violencia política no han caído del cielo. Algunos multimillonarios vinculados a Silicon Valley están financiando la radicalización de EEUU. La eliminación de las barreras de entrada a la comunicación política hace el resto

Foto: Imagen de archivo de Charlie Kirk. (Reuters/David Ryder)
Imagen de archivo de Charlie Kirk. (Reuters/David Ryder)
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No puede extrañar a nadie que en un país donde el presidente llama escoria (sic) a los líderes de la oposición y estos lo acusan, a su vez, de ser un fascista más propio de los años 30 que un dirigente del siglo XXI, la violencia política se haya colado con una fuerza inusitada. No es, desde luego, algo nuevo. EEUU es un país políticamente violento desde su nacimiento.

Cuatro presidentes en ejercicio han sido asesinados desde 1865, cuando cayó Abraham Lincoln en un teatro de Washington, y desde entonces han sido numerosos los intentos de magnicidio. Antes del asesinato de Charlie Kirk, el propio Trump sufrió dos intentos de asesinato y una bomba incendiaria pretendió en abril de este año acabar con la vida del gobernador de Pensilvania, Josh Shapiro, una figura ascendente del Partido Demócrata. Paul Pelosi, el marido de la expresidenta de la Cámara de Representantes, fue atacado brutalmente con un martillo en 2022 por un ultraderechista que no aceptó la derrota de Trump en las urnas, mientras que en junio de este mismo año, Melissa Hortman, legisladora estatal demócrata de Minnesota, murió en su domicilio junto con su esposo en un asesinato con motivos políticos. En paralelo, otro legislador, John Hoffman, y su esposa, también recibieron esa misma noche varios disparos, como el intento de asesinato del juez conservador del Tribunal Supremo Brett Kavanaugh hace tres años.

La lista es muy larga, y tampoco puede extrañar que Newt Gingrich, expresidente republicano de la Cámara de Representantes, haya dicho que en su país “se está librando una guerra civil cultural". Ya hay, incluso, quien habla de que el atentado contra Kirk, un individuo que había sembrado el odio y que finalmente ha sido víctima del fanatismo que él mismo ha promocionado —había dicho que las masacres en los colegios era el precio que había que pagar por la libertad— es algo parecido a lo que significó el incendio del Reichstag para los nazis.

Odio y violencia

Es muy probable que esta interpretación sea una exageración, pero parece evidente que la violencia y el odio se han convertido en un arma política. Habría que volver a los 60, cuando se produjeron los asesinatos de los hermanos Kennedy, de Luther King o de Malcolm X, para encontrar un periodo tan convulso en la historia de EEUU. Se puede decir, de hecho, que la política, entendida como un enfrentamiento a campo abierto, ha envenenado al país que durante dos siglos largos (a punto de cumplir sus primeros 250 años) fue el espejo en el que se miraban las democracias.

Hay una diferencia respecto del pasado más recientemente, y no es pequeña. La convulsión de los años 60 fue fruto de unas circunstancias que hoy no se dan: la lucha contra la segregación racial en las escuelas y otros espacios públicos (el racista George Wallace, gobernador de Alabama, fue tiroteado y quedó parapléjico); la guerra del Vietnam y sus consecuencias trágicas para todos y, sobre todo, la eclosión de una generación que quería romper con el pasado utilizando como trampolín las universidades en un país que, tras la II Guerra Mundial, se había convertido en hegemónico.

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Lo singular, en las actuales circunstancias, es que los discursos de odio no se manifiestan de abajo a arriba, sino de arriba a abajo. Tienen poco de espontáneos. Hoy, al contrario que en los años 60, son algunas élites quienes están financiando el fanatismo y la violencia política aprovechando la irrupción de las nuevas tecnologías y el altavoz que representan las redes sociales. Por decirlo de una manera directa, multimillonarios, muchos de ellos vinculados al mundo cripto y a las nuevas tecnologías de la información, a quienes cuesta muy poco dinero hacer tambalear el sistema político.

No es, desde luego, ninguna novedad. En infinidad de ocasiones han sido pequeñas minorías quienes han desestabilizado a los gobiernos para defender sus intereses particulares (España está plagada de ejemplos). Incluso, los propios gobiernos, ahí está el caso de Latinoamérica en los años 60 y 70, han jugado sucio para liquidar procesos democráticos porque no convenía a la geopolítica de la época.

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Kirk, con tan solo 18 años, fundó Turning Point USA (Punto de inflexión) después de haber recaudado apenas 78.890 dólares, pero ya el año pasado, gracias a las donaciones, ingresó alrededor de 85 millones de dólares, lo que le permitió llegar a 3.500 campus y a más de 250.000 universitarios, la mayoría hombres. Otros muchos Kirk han construido sus propios espacios desde los que se cultiva el odio y la intransigencia con las minorías. Obviamente, porque las barreras de entrada a la comunicación política prácticamente han desaparecido gracias a las nuevas tecnologías. Cualquier puede tener un púlpito desde el que proclamar sus mensajes racistas o excluyentes.

Su éxito es innegable, y las causas son muy conocidas. La extrema derecha en EEUU ha crecido en los últimos años amamantada por las crisis de las clases medias, la pérdida de prestigio de la democracia ante el avance de la presunta eficacia de los autoritarismos, el ensanchamiento de la desigualdad, los perdedores de la globalización en las actividades industriales y, en general, a la merma en las expectativas de muchos jóvenes. También, a causa del sentimiento de pérdida de algunos privilegios por parte de muchos colectivos que se sienten falsamente perjudicados por minorías que históricamente han estado infrarrepresentadas y que hoy han recuperado su sitio gracias a las políticas de igualdad.

Sobra el Estado, sobran los funcionarios

En paralelo, la revolución tecnológica ha creado una nueva camada de multimillonarios, Elon Musk, Peter Thiel o Robert Mercer (que fue una figura clave para que Reino Unido abandonara la UE a través de Cambridge Analytica) que desconfían del Estado y consideran un estorbo los aparatos administrativos, lo que explica una movilización de fondos sin precedentes que pasa por financiar fundaciones, radios, televisiones, pódcast y cualquier otro instrumento que sirva para desestabilizar los cimientos del país.

En su opinión, sobran los gobiernos, sobran los bancos centrales, sobran los burócratas y los funcionarios y también sobra, además de cualquier regulación que equilibre el campo de juego, todo aquello que impida que una minoría culturalmente homogénea logre sus objetivos, aunque ello suponga cerrar las universidades que atesoran un extraordinario saber científico. La ciencia, de hecho, se ha convertido en el principal enemigo del populismo porque desmonta ideas absurdas.

También sobra, como escribió el propio Kirk en su libro sobre el movimiento MAGA, el “cártel bipartidista”. Es decir, los viejos partidos republicano y demócrata que han dado consistencia al sistema político de EEUU durante dos siglos. En definitiva, como él mismo dijo, lo que está emergiendo es “una nueva sensibilidad en parte conservadora, en parte libertaria, en parte populista, en parte nacionalista”. Lo que no sobran, sin embargo, es el poder de las nuevas tecnologías de información, aceleradas con la irrupción de la inteligencia artificial, que otorgan a quienes la poseen un extraordinario poder económico y político sobre la población.

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The Wall Street Journal acaba de publicar que nunca antes había habido tantos multimillonarios en EEUU, y la mayoría relacionados con empresas tech: nada menos que 1.135 personas poseen un patrimonio superior a los 1.000 millones de dólares.

Existe, sin embargo, una diferencia con épocas anteriores. Es verdad que los Ford o los Rockefeller tenían enorme capacidad para influir sobre el poder político, pero casi siempre se abstuvieron de financiar proyectos políticos que iban contra la propia naturaleza del Estado democrático y sus instituciones básicas. Ahora, por el contrario, lo que está en juego es una transformación de la política hasta convertir la democracia en un apéndice de la tecnología que sustituya a la soberanía popular a través de los algoritmos. En China, que representa el poder tecnológico más sofisticado en manos de un Gobierno autoritario, se paga ya en los supermercados con reconocimiento facial. ¿Dónde está la privacidad?

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Como alguien ha escrito, así se han formado grupos bien organizados y entrenados que básicamente esperan el momento para ser llamados a la acción en defensa de lo que consideran la nación, como sucedió en el ataque al Capitolio. En definitiva, el mundo tiene ante sí el auge de una mentalidad libertaria, fruto de la transformación que ha sufrido Silicon Valley desde la llegada del primer Trump, incompatible con la democracia, pero que ha arraigado de forma fértil en EEUU provocando y financiando a través de donaciones, la mayoría de las veces opacas, una radicalización del discurso político hasta convertir al país en un polvorín político.

De tecnólogos ecologistas y amantes del igualitarismo a activistas políticos. De financiar a los dos partidos centrales del sistema político estadounidense para garantizarse el apoyo de ambos a buscar nuevos nichos de influencia para asegurar la supervivencia de sus intereses económicos y ahora políticos. El abominable crimen de Charlie Kirk refleja bien el estado de ánimo de un país enfermo de política.

No puede extrañar a nadie que en un país donde el presidente llama escoria (sic) a los líderes de la oposición y estos lo acusan, a su vez, de ser un fascista más propio de los años 30 que un dirigente del siglo XXI, la violencia política se haya colado con una fuerza inusitada. No es, desde luego, algo nuevo. EEUU es un país políticamente violento desde su nacimiento.

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