Italia, tras el asesinato de Moro y el carpetazo al compromiso histórico, cayó en una profunda oscuridad con gobiernos que se sucedían unos a otros sin solución de continuidad. Hasta que el propio sistema político acabó por implosionar
Pedro Sánchez, presidente de España. (EFE/Tolga Akmen)
En ‘La gran ambición’, una película de 2024 que recrea la figura de Enrico Berlinguer durante los años más decisivos de la política italiana desde la posguerra del siglo pasado, el secretario general del PCI le dice a Aldo Moro, por entonces presidente de la democracia cristiana: “O entramos en la mayoría y la democracia italiana se desbloquea o me temo que este país se sumirá en la oscuridad”.
Moro, probablemente el primer político del centroderecha que entendió que algo se había movido en la izquierda italiana tras el alejamiento de los comunistas de la Unión Soviética, pidió tiempo: “Un poco más de paciencia, unos meses…”, reclamó de Berlinguer en aquella cita clandestina en casa de uno de sus colaboradores. Nunca lo tuvo. Aquella reunión se celebró el 5 de enero de 1978 y unos meses más tarde, el 9 de mayo de ese mismo año, después de ser secuestrado por las Brigadas Rojas, Aldo Moro —enfrentado a Andreotti— fue asesinado en circunstancias que hoy, medio siglo después, continúan sin haber sido esclarecidas del todo.
Lo que unía a Moro y Berlinguer era el convencimiento de que la democracia italiana, asaltada por lo que hoy se llamaría policrisis, se agotaba. Elevado desempleo, un sistema de salud que no funcionaba, una corrupción institucionalizada y unas expectativas para los jóvenes (por entonces una generación muy numerosa) que los hacía desconfiar de la propia democracia. Esa desconfianza, por ende, también les alejaba de los partidos tradicionales, lo que era un incentivo a buscar alternativas en las soluciones más rabiosas, aunque no tuvieran nada que ofrecer por su inutilidad intrínseca. A muchos, incluso, les sobraba la política como el instrumento más eficaz y democrático para encauzar el conflicto social.
Lo que unía a Moro y Berlinguer era el convencimiento de que la democracia italiana, asaltada por una policrisis, se agotaba
Aquel fallido experimento político, como se sabe, se llamaba compromiso histórico, y tras el asesinato de Aldo Moro cayó en el olvido pese a que el PCI, en las elecciones de 1976, alcanzó un histórico 34,4% de los votos, lo que convertía a los herederos de Gramsci y Togliatti en el partido comunista más poderoso de Occidente. Como había augurado Berlinguer, Italia, tras la desaparición de Moro, cayó en una profunda oscuridad con gobiernos que se sucedían unos a otros sin solución de continuidad. Hasta que el propio sistema político —cercado por la corrupción— acabó por implosionar. Hoy, ni la democracia cristiana ni el PCI existen y algunos de los herederos de Mussolini se han reconvertido aceleradamente en demócratas.
Paralelismos históricos
Hacer paralelismos históricos siempre es complicado debido a que las circunstancias económicas, sociales, demográficas y geopolíticas son muy diferentes, pero es probable que las democracias europeas asistan a un periodo similar al de aquella Italia de finales de los años 70, aunque con menores tasas de desempleo, menos corrupción (la mafia es un vestigio) y una renta per cápita más elevada.
La propia democracia ha perdido prestigio frente al autoritarismo. También en España. De hecho, se respira un ambiente de fin de época
Lo que es similar, sin embargo, es que la democracia liberal está inmersa en una crisis que afecta a la naturaleza del sistema político tradicional, que ha perdido lustre y credibilidad ante buena parte de la opinión pública. La propia democracia ha perdido prestigio frente al autoritarismo. Algo que explica que partidos ajenos a los valores constitucionales europeos hayan crecido por doquier en Alemania, Reino Unido, Países Bajos, Francia o la propia Italia. También en España. De hecho, se respira un ambiente de fin de época. Muchos creen que si se consolida lo que apuntan las encuestas en casi todas las democracias europeas, como ya ha sucedido en EEUU tras el regreso de Trump, el sistema político que Europa ha conocido desde la posguerra acabará naufragando.
Es verdad que en España las circunstancias todavía son distintas. Los dos partidos que se han alternado en el poder desde 1982 (UCD era un partido muy diferente al actual PP) mantienen una hegemonía en el voto que, incluso, en las últimas elecciones generales se amplió, pero no parece que el futuro será igual.
Si el PP gana, como señalan las encuestas, tendrá que ser apuntalado por Vox, un partido crecido electoralmente ajeno a los valores constitucionales, y cuyo principal mérito es haber sabido recoger el espíritu de los nuevos tiempos. Abascal es un simple franquiciado del populismo internacionalista que recorre el mundo, y que tiene su epicentro en EEUU, que es quien impone la agenda de la comunicación pública: inmigración, aborto o cuestionamiento de la ciencia, además de ataques a las minorías en busca de una homogeneización de la sociedad incompatible con la democracia, que es sinónimo de pluralidad. O, expresado de otra forma, la sustitución de la razón por la fe más cerril e intolerante.
Una política binaria
Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno, siempre ha entendido estos nuevos tiempos políticos como un escenario de confrontación. Cuando de manera súbita convocó las elecciones generales en 2023 lo hizo, precisamente, y tras la derrota en las autonómicas y locales, para aparecer ante la opinión pública como la última línea de defensa contra el auge de la derecha y la extrema derecha, y la estrategia le salió bien. Dos años después, aunque sea a duras penas, sigue gobernando en medio de procelosas borrascas, mientras que Feijóo no ha sido capaz de fraguar una alternativa sólida cercado por el lado más extremista y ramplón de su partido. Fue entonces, al principio de su mandato, cuando Sánchez habló de levantar muros, una auténtica irresponsabilidad en democracias participativas y, por supuesto, incompatible con el legado político de Berlinguer.
El mejor ejemplo es que aunque la economía española sigue funcionando razonablemente bien en términos macroeconómicos, gracias entre otras cosas a los vientos de cola que le favorecen, Sánchez no es capaz de capitalizar la bonanza. El debate político, de hecho, a partir de la desinformación y de la negación de la realidad, se ha construido en torno a guerras culturales e identitarias que no tienen nada que ver con los hechos. La economía no gana mayorías.
Este escenario lo entendió bien Berlinguer, por entonces obsesionado con lo que llamó proyecto de renovación de la sociedad italiana
Todo indica que esa estrategia frentista seguirá siendo válida para Sánchez en las próximas elecciones, independientemente de cuándo se celebren. Probablemente, porque el contexto exterior favorece al Gobierno: el genocidio que está cometiendo Israel en Gaza, la existencia de un personaje como Trump o las expectativas de un triunfo de la extrema derecha en media Europa. Es posible, de hecho, que así sea, pero hay razones para pensar que la polarización, como en la Italia de finales de los 70, se puede llevar por delante al propio sistema político en los términos conocidos desde 1945. La democracia cristiana, liderada por un personaje siniestro como era Andreotti, lo pagó caro, lo que también le puede servir de lección al presidente del Partido Popular.
Hay que tener en cuenta que ni siquiera ese escenario binario favorece a los partidos situados a la izquierda del PSOE, que tenderán a ser fagocitados por Sánchez en la medida que ante un contexto exterior tan complejo y difícil para sus expectativas electorales, la nueva tendencia —el voto útil— pasará por la concentración del voto en el partido mayoritario de la izquierda. IU conoce mejor que nadie este contexto electoral.
Este escenario lo entendió bien Berlinguer, por entonces obsesionado con lo que llamó proyecto de renovación de la sociedad italiana, lo que le animó a construir una nueva política a partir de la creación de nuevas mayorías ensanchando las bases electorales.
Precisamente, el debate que hoy existe en el vapuleado Partido Demócrata de EEUU, donde se discute si es mejor una oposición frontal a Trump, respaldado por las élites económicas que buscan hacer saltar el sistema para construir una nueva democracia tecnológica con elementos feudales, o, por el contrario, son capaces de construir una nueva respuesta a los problemas de los trabajadores que hoy votan mayoritariamente a la derecha. Por ejemplo, un nuevo sistema fiscal capaz de identificar con precisión las nuevas bases imponibles derivadas de la digitalización, y que hoy escapan a los sistemas tributarios. O, en el caso de Europa, una política presupuestaria más flexible en consonancia con la que están aplicando China o EEUU.
Si Sánchez opta por la primera de las opciones, habrá ganado tiempo, pero hay razones para pensar que solo tiempo. La oscuridad de la que habló Berlinguer acecha.
En ‘La gran ambición’, una película de 2024 que recrea la figura de Enrico Berlinguer durante los años más decisivos de la política italiana desde la posguerra del siglo pasado, el secretario general del PCI le dice a Aldo Moro, por entonces presidente de la democracia cristiana: “O entramos en la mayoría y la democracia italiana se desbloquea o me temo que este país se sumirá en la oscuridad”.