La competencia no depende del número de operadores, sino del buen funcionamiento de los organismos de control, y un sistema financiero más eficiente mejora la canalización del crédito y abarata los tipos de interés
Oliu brinda tras el fracaso de la opa de BBVA. (EFE)
"¿Dónde está el JP Morgan europeo, dónde está el Bank of America europeo?", se preguntaba en este periódico hace algún tiempo el economista Luis Viceira, profesor de la escuela de negocios de Harvard y uno de los españoles que más alto ha llegado a nivel académico en EEUU. "No sé por qué no hay fusiones y adquisiciones transnacionales en compañías de telecomunicaciones", proseguía. "¿Cómo es posible que el Santander se pueda expandir en la zona libra y no en el resto? ¿Por qué no se ha expandido más el Santander? ¿Cómo es posible que Iberia pueda fusionarse con British Airways, pero lo tenga muchísimo más complicado para expandirse en Francia o en Alemania. O Lufthansa, igualmente, en España?" Tantas preguntas tienen una respuesta. Ese nacionalismo de baja intensidad, distinto al independentismo, que en España se ha llamado históricamente localismo, y que hoy, en plena globalización, con todos sus defectos, hace naufragar a los países.
La frustrada opa del BBVA sobre el Sabadell es un buen ejemplo de cómo esa España invertebrada de la que habló Ortega se ha impuesto a una visión estratégica del papel que puede jugar el sistema financiero español en Europa. El debate sobre la oportunidad y necesidad de la opa no ha girado sobre el tamaño y las ganancias de eficiencia económica que hubiera podido generar esa operación, sino sobre su presencia territorial. Probablemente, una estrategia inspirada en el sueño nunca materializado de construir un banco nacional, que era el proyecto original de aquel desastre que fue Banca Catalana.
Ese análisis localista del papel que deben cumplir las entidades financieras en un mundo globalizado es el que explica que pocas veces se haya visto tan movilizada a la sociedad civil para frenar la operación. Sindicatos, empresarios, ayuntamientos y, por supuesto, la Generalitat además de diversas entidades culturales o sociales pusieron la proa a la opa desde el primer día como si lo que estuviera en juego no fuera la consolidación del proceso de fusiones iniciado a finales de los años 80 en los tiempos de Sánchez Asiaín, sino como un ataque frontal a la construcción nacional.
El factor territorial
Hasta el propio Salvador Illa —que necesita el apoyo nacionalista para sobrevivir— se ha felicitado por el fracaso de la operación, lo que indica que más allá del análisis financiero ha prevalecido el factor territorial. Curioso, en este sentido, que los mismos que se han opuesto a la opa porque el tamaño perjudicaba a los usuarios de la banca por falta de competencia, vieran con buenos ojos la fusión entre la Caixa y Bankia para construir una entidad de gran tamaño con enorme capacidad de penetración en Cataluña. La diferencia, obviamente, era que la entidad ganadora de la fusión, apadrinada por el Gobierno central, era la Caixa.
No es, desde luego, un fenómeno exclusivamente catalán. Es muy probable que si el BBVA —o cualquier otro banco— hubiera querido controlar otra entidad en alguna región de España hubiera tenido enfrente una oposición similar. El localismo es transversal —no es de derechas ni de izquierdas— y afecta a todas las comunidades autónomas. Tampoco es un fenómeno estrictamente español.
Las fusiones transfronterizas, en línea con lo que sostenía el profesor Viceira, son hoy una quimera en el ámbito financiero porque ningún Gobierno quiere que cualquiera de sus grandes bancos pase a ser controlado por una entidad de otro país. Y menos en estos tiempos en los que ha emergido una suerte de nacionalismo de nuevo cuño que impide avanzar en la integración económica. Los escasos progresos que se han producido en los últimos años en la unión bancaria por los riesgos que incorpora la existencia de un fondo de garantías europeo o, incluso, en la mutualización de la deuda reflejan bien, como señalaban los informes de Draghi y Letta, la incapacidad de la Unión Europea para construir un sistema financiero que pueda competir con los de China o EEUU.
Es evidente, sin embargo, que el tamaño no lo es todo. De hecho, un sistema financiero excesivamente concentrado genera problemas de competencia. Y también es verdad que la cercanía geográfica, con bancos pegados a las condiciones objetivas de cada territorio, es un factor muy a tener en cuenta. Pero no es incompatible la existencia de grandes bancos con capacidad para competir en los mercados financieros globales con la pervivencia de pequeñas entidades locales —las antiguas cajas de ahorros— pegadas al terreno, y que normalmente son incluso más rentables que las grandes, cuyo gran tamaño genera múltiples ineficiencias. No es, desde luego, el caso del Sabadell, cuyo tamaño se aleja mucho de ser un banco pequeño a nivel nacional. Es más, está instalado en toda la geografía nacional e incluso hizo operaciones en el exterior.
Quiebras bancarias
No estará de más recordar, en este sentido, que el proceso de concentración bancaria en España, muy intenso en las últimas décadas, no fue impulsado por un esquema competitivo, sino que el motor fueron las quiebras bancarias, en unos casos, y en otros el fiasco de las cajas de ahorros devoradas por la crisis inmobiliaria. Los tres grandes, en concreto, han alcanzado su actual tamaño comprando bancos en ruinas, lo que dice muy poco del proceso de consolidación bancaria. Es decir, ha sido necesaria una crisis bancaria para avanzar en la integración del sistema financiero.
No es, desde luego, el caso de la fallida opa del BBVA sobre el Sabadell, pero no hay que olvidar que los avances tecnológicos están creando un nuevo ecosistema bancario terriblemente competitivo que pone en apuros a las entidades tradicionales. Y aquí, el tamaño es importante debido a los enormes costes que tiene para la banca la inversión en infraestructuras tecnológicas y en seguridad, dos componentes que van de la mano. Sin contar la extensión de la llamada banca en la sombra (fondos de inversión, hedge funds y toda suerte de intermediarios), que supone un riesgo para la propia estabilidad del sistema financiero.
Es en este contexto en el que hay que situar el error que supone frenar el proceso de concentración bancaria. Entre otras razones, porque si los gobiernos —como de manera inexplicable ha hecho el ministro Cuerpo— impiden a los bancos ganar tamaño, difícilmente Europa podrá contar con bancos con suficiente capacidad para competir en un entorno globalizado. De hecho, con los mismos argumentos de carácter localista esgrimidos por el Gobierno en el caso de la opa, en el futuro serán inviables otras operaciones, ya que necesariamente afectarían a entidades muy arraigadas en sus respectivos territorios: Abanca (Galicia). Unicaja (Andalucía) o KutxaBank (País Vasco).
No es que no haya espacio para las pequeñas entidades. La concentración bancaria deja un amplio campo de juego para las entidades especializadas muy próximas al territorio, y que podrían financiar hipotecas, desarrollo agrario o proyectos industriales en localidades de menor tamaño. Es decir, actividades que hoy se les escapan a las grandes corporaciones por su propia naturaleza. Alemania o EEUU son un buen ejemplo de países que combinan esta dualidad. La competencia no depende del número de operadores sino del buen funcionamiento de los organismos de control, y un sistema financiero más eficiente mejora la canalización del crédito y abarata los tipos de interés.
A veces se olvida que de los 110 bancos que operaban en España a finales de 1977, como puso de manifiesto un trabajo publicado en el Banco de España por Isidro Fainé, 51 se vieron afectados por problemas de solvencia entre 1978 y 1983. Inicialmente, se trató de entidades de menor tamaño; sin embargo, las dificultades acabaron extendiéndose a entidades de dimensiones considerables. Había más bancos, pero eran peores y los siete grandes se reunían a la vista de todos para pactar el negocio. El tamaño importa.
"¿Dónde está el JP Morgan europeo, dónde está el Bank of America europeo?", se preguntaba en este periódico hace algún tiempo el economista Luis Viceira, profesor de la escuela de negocios de Harvard y uno de los españoles que más alto ha llegado a nivel académico en EEUU. "No sé por qué no hay fusiones y adquisiciones transnacionales en compañías de telecomunicaciones", proseguía. "¿Cómo es posible que el Santander se pueda expandir en la zona libra y no en el resto? ¿Por qué no se ha expandido más el Santander? ¿Cómo es posible que Iberia pueda fusionarse con British Airways, pero lo tenga muchísimo más complicado para expandirse en Francia o en Alemania. O Lufthansa, igualmente, en España?" Tantas preguntas tienen una respuesta. Ese nacionalismo de baja intensidad, distinto al independentismo, que en España se ha llamado históricamente localismo, y que hoy, en plena globalización, con todos sus defectos, hace naufragar a los países.