La fuga de los malditos: solo Calvo-Sotelo no salió de Moncloa por la puerta de atrás
Lo dijo con acierto Suárez en su despedida: "Todo político debe tener vocación de poder, voluntad de continuidad y permanencia, pero un político que pretenda servir al Estado debe saber el precio que ha de pagar por su continuidad"
"No es una decisión fácil, pero hay encrucijadas, tanto en nuestra propia vida personal como en la historia de los pueblos, en las que uno debe preguntarse serena y objetivamente si presta un mejor servicio a la colectividad permaneciendo en su puesto o renunciando a él. He llegado al convencimiento de que hoy, y en las actuales circunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la presidencia. No me voy por cansancio, no me voy porque haya sufrido un revés superior a mi capacidad de encaje, no me voy por temor al futuro, me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos". Adolfo Suárez, discurso a la nación en TVE. 29 de enero de 1981.
Leopoldo Calvo-Sotelo es la excepción. Ha sido el único presidente del Gobierno desde la recuperación de la democracia que no ha abandonado el palacio de la Moncloa arrastrado por las circunstancias de entonces. Adolfo Suárez se marchó de forma súbita e inesperada, apenas 25 días antes del 23-F, acribillado por su propio partido y por la presión golpista; González abandonó el palacio presidencial asaeteado por mil casos de corrupción después de haber dilapidado buena parte de su capital político; Aznar dejó la Moncloa golpeado por buena parte de la opinión pública tras haber pronunciado la mayor mentira jamás contada sobre unos atentados terroristas; Zapatero salió achicharrado por la naturaleza y dimensión de una crisis económica que cuando la entendió ya era demasiado tarde, mientras que la imagen de aquel Rajoy inconsciente, en el sentido literal del término, refugiado en el reservado de un restaurante a orillas del Congreso cuando se discutía su propia moción de censura, dice todo de cómo abandonó la política activa todo un presidente del Gobierno: por la puerta de atrás.
Parafraseando a Gil de Biedma habría que coincidir en que “de todas las historias de la Historia sin duda la más triste es la de España, porque termina mal”. Desde luego, en el caso de los presidentes de Gobierno. Ninguno, salvo el breve periodo de Calvo-Sotelo, logró entender en los últimos años de su mandato el tiempo que le había tocado vivir.
La soledad del poder
Muchos lo han achacado a lo que se ha denominado síndrome de la Moncloa. Es decir, el sentimiento de soledad que nace cuando alguien habita en la cúspide del poder. Es en ese ámbito cuando se pasa de un trato cercano con los colaboradores a una posición huidiza y esquiva. Como si el peso de la púrpura fuera demasiado grueso y solo el recogimiento personal hasta el atrincheramiento permitiera la escapatoria. Pero eso sería lo mismo que minimizar el valor de la política como el mejor instrumento del que disponen las personas para canalizar el conflicto social. Aunque la política la hacen las personas, son las estructuras, las instituciones, cuando están bien diseñadas, las que sobreviven a la zozobra íntima. Entendible en términos personales, pero no políticos.
Y lo cierto es que en todos los casos citados, también en el de Pedro Sánchez, subsiste un problema estructural que tiene que ver con la función del partido mientras gobierna. La caterva de conspiradores que existía dentro de UCD le hizo la vida imposible a Suárez, pero en el caso del resto de expresidentes su autodestrucción vino de la mano de haberse empapado de todo el poder que fuera necesario, dejando al partido en una simple filfa. En una mentira sin capacidad de reacción ante los atropellos.
Sin partidos que fiscalicen también a 'sus' gobiernos las democracias se mueren. Trump ha liquidado el partido republicano
Nadie reprochó a González que practicara desde el Gobierno el terrorismo de Estado o que mirara para otro lado cuando la corrupción brotaba a su alrededor; nadie le dijo a Aznar que no se podía mentir al país, ni siquiera lo hizo el candidato que iba a presentarse a unas elecciones días después; nadie advirtió a Zapatero que la crisis iba en serio y que cuando se marchara dejaría al país al borde la quiebra; nadie advirtió a Rajoy que la corrupción es incompatible con la democracia, y nadie en la cúpula de su partido le ha dicho a Pedro Sánchez que su tiempo se ha acabado —salvo que vuelva a ganar unas elecciones—, y que solo una convocatoria puede dar oxígeno a tanta ciénaga.
Que un personaje como Koldo haya llegado tan lejos en sus fechorías sólo revela la inutilidad del PSOE para controlar a sus élites
Es probable que debido al creciente presidencialismo (o habría que hablar de cesarismo) que se ha impuesto en la vida política española, donde los partidos, sobre todo cuando gobiernan, se han convertido en aparatos inservibles. Inútiles. Meras carcasas que sirven cada vez menos salvo para adular al líder. El caso de Mazón, el más reciente, es de libro. Nadie le dijo en su partido que tenía que irse por su trágica calamidad en la gestión de las inundaciones. Solo la presión de la opinión pública le hizo saber que sobraba. Solo la presión de la opinión pública está obligando al partido socialista a revisar sus canales de denuncia por acoso sexual. Solo la presión de la opinión pública hará que el PP investigue a sus acosadores de mujeres.
La selección de las élites
Los casos son numerosos, y lo que reflejan no es otra cosa que la existencia de una endogamia que suele sacudir a casi todas las organizaciones, pero que en el caso de los partidos es más significativa y evidente. No es un asunto menor. Precisamente, porque los partidos forman parte de la columna vertebral de las democracias. Sin partidos que fiscalicen también a ‘sus’ gobiernos las democracias se mueren, y ahí está el caso de EEUU, donde Trump ha tirado por las cañerías dos siglos de historia del partido republicano. Sin duda, a partir de un principio malentendido: el poder lo justifica todo. Algo que explica que se tienda a mirar para otro lado cuando se trata de ‘uno de los nuestros’.
La dejación ha llegado al extremo que hoy ni siquiera hay control de tanto arribista que llega a la política para medrar en los círculos de poder. Que un personaje como Koldo García —confidente de la guardia civil y portero de discoteca— haya llegado tan lejos en sus fechorías solo revela la inutilidad del PSOE para controlar a sus élites.
Tampoco es un asunto baladí. Uno de los mayores problemas que tiene hoy la democracia española es, precisamente, la existencia de una selección inversa en la captación de las élites. Se expulsa a muchos que podrían colaborar en la cosa pública y se premia, por el contrario, a los trepas, a los advenedizos, aunque siempre la generalización tiene algo de injusto. ¿La consecuencia? Los correveidiles del poder nunca le dirán al jefe que se equivoca, que su tiempo se ha acabado, lo que en última instancia provoca una disonancia con la realidad.
Apurar innecesariamente los mandatos no sólo deteriora el prestigio de la propia democracia, sino que castiga las expectativas electorales
A nadie puede extrañar, por lo tanto, que abandonar la Moncloa se haya convertido en un deporte de alto riesgo. Entre otras razones, porque la alternativa al líder casi nunca es posible. Aznar hizo un casting entre tres de sus ministros para colocar a su sucesor sin que el partido dijera nada, y Sánchez ha barrido cualquier oposición interna, lo que inevitablemente conducirá a una lucha fratricida cuando abandone la Moncloa.
Es un hecho que desde el poder hay un incentivo natural —Michels habló hace más de un siglo de la ley de hierro de las oligarquías— a cortar de raíz cualquier pensamiento alternativo, cualquier crítica razonada. Justamente porque eso mermaría los perímetros de una autoridad mal entendida que no se quiere compartir.
La catarsis
Es así como se alargan los mandatos de forma innecesaria, provocando en la organización una quiebra de la confianza mutua que necesariamente desemboca pasado el tiempo en una catarsis colectiva de indudables consecuencias. Cada cierto tiempo, los partidos, salvo excepciones como el PNV, comienzan de cero, desde luego en el caso del PP y del PSOE. Como si el pasado no existiera. Como si la corrupción fuera un fenómeno nuevo que nació por generación espontánea sin que el partido no tuviera nada que ver. ¿El resultado? La transición desde el poder a la oposición se ha hecho en España en nuestra reciente historia de forma traumática. Y es aquí donde fructifica la antipolítica, que es, muy posiblemente, otro de los grandes males que hoy amenazan a las democracias.
La sensación de que el poder —con su potencia transformadora— lo justifica todo alimenta y nutre los autoritarismos, y no es por casualidad que en las democracias más avanzadas los estándares de dimisión o de convocatoria electoral sean más exigentes. Incluso, contando con una mayoría parlamentaria suficiente, que no es el caso en España, donde ni siquiera se pueden aprobar unos presupuestos del Estado. Entre otros motivos, porque en las mejores democracias todos son conscientes de que apurar innecesariamente los mandatos no solo deteriora el prestigio de la propia democracia, sino que castiga las expectativas electorales. No sólo del partido que gobierna, sino de los compañeros de viaje.
Lo dijo certeramente Suárez en su discurso de despedida: “Nada más lejos de la realidad que la imagen que se ha querido dar de mí como la de una persona aferrada al cargo. Todo político debe tener vocación de poder, voluntad de continuidad y permanencia en el marco de unos principios, pero un político que además pretenda servir al Estado debe saber el precio que ha de pagar por su permanencia y continuidad”.
"No es una decisión fácil, pero hay encrucijadas, tanto en nuestra propia vida personal como en la historia de los pueblos, en las que uno debe preguntarse serena y objetivamente si presta un mejor servicio a la colectividad permaneciendo en su puesto o renunciando a él. He llegado al convencimiento de que hoy, y en las actuales circunstancias, mi marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la presidencia. No me voy por cansancio, no me voy porque haya sufrido un revés superior a mi capacidad de encaje, no me voy por temor al futuro, me voy porque ya las palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que somos y lo que queremos". Adolfo Suárez, discurso a la nación en TVE. 29 de enero de 1981.