La era de la coerción: así resurge la política de empobrecimiento del vecino
La decadencia es evidente. A Trump solo le matará políticamente la economía. EEUU se parece más a un país con los pies de barro y necesita llevar la iniciativa para no perder comba. Trump y su equipo lo saben bien
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (Reuters/Nathan Howard)
Fue una decisión polémica. En enero de 1920, el Senado de EEUU se negó a ratificar tanto el Tratado de Versalles, que puso por escrito la derrota de Alemania tras la Gran Guerra, como la creación de la Sociedad de Naciones, aquel viejo sueño impulsado por Aristide Briand, el gran ministro de Exteriores francés (el primero que habló de crear una Europa unida). La Sociedad de Naciones, sin embargo, nunca llegó a ser un interlocutor válido para garantizar la paz mundial pese a que EEUU, a través del presidente Wilson, fue inicialmente su principal impulsor. La importancia de Washington (y de ahí la polémica) para hacer que fuera posible un nuevo orden internacional era fundamental. Precisamente, porque EEUU era la potencia emergente y se había convertido en el gran prestamista de la época, el instrumento más útil para garantizar la hegemonía política, como lo es hoy China.
Aún así, sin su presencia formal, EEUU colaboró de forma activa en crear un nuevo clima de relaciones internacionales durante el periodo de entreguerras, aunque también es verdad que durante los años 20 del siglo pasado nunca renunció del todo a sus tentaciones aislacionistas. Eran tiempo, como escribió* Polanyi, “en los que el prestigio del liberalismo económico alcanzó su cénit: centenas de millares de hombres sufrieron el azote de la inflación; clases sociales y naciones enteras fueron explotadas y fue entonces cuando la estabilización de las monedas se convirtió en el punto focal del pensamiento político de los pueblos y de los gobiernos; la restauración del patrón-oro constituía el objetivo supremo de todos los esfuerzos organizados en el terreno de la economía”.
Desde la Gran Guerra, había surgido en EEUU un movimiento de rechazo a los intentos de crear un orden multilateral
En la década posterior, que es el periodo en el que hay que situar la actual política de la Casa Blanca, no en el siglo XIX pese a los sueños imperialistas de Trump, todo se acabó. Triunfó, al calor de esas tentaciones aislacionistas, lo que los historiadores económicos han llamado política del empobrecimiento del vecino. Es decir, el America first. Una veces haciendo devaluaciones competitivas para ganar cuota de mercado (el dólar se ha depreciado un 17% desde la segunda presidencia de Trump) y otras imponiendo aranceles que entonces, como ahora, restringen el comercio internacional. En definitiva, la utilización del comercio y del tipo de cambio como mecanismo de coerción a los gobiernos.
El patrón oro
No era una novedad. Desde la Gran Guerra, había surgido en EEUU un movimiento de rechazo a los intentos de muchos países de crear un sistema multilateral de relaciones internacionales. Sólo la tragedia que significó la II Guerra Mundial liquidó esas tentaciones, pero ya con EEUU convertido en el país hegemónico de las democracias liberales. Las instituciones creadas a raíz de la histórica reunión de Bretton Woods reflejan bien ese clima de entendimiento que hoy Trump trata de liquidar.
EEUU, frente a las tesis de Keynes, triunfó y la hegemonía de Washington se materializó mediante la creación de un patrón monetario oro-dólar en el que el valor de la moneda de cada país se fijaría respecto de la paridad con el dólar y éste respecto del oro. De esta forma, el dólar se convertía en la moneda internacional de reserva.
John Connally, el secretario del Tesoro de Nixon lo dijo sin engañar a nadie en una archiconocida frase: "El dólar es nuestra divisa, pero es vuestro problema". En paralelo, EEUU, a través de Bretton Woods, creó las bases del nuevo orden económico internacional que ahora se desmorona. Precisamente, porque EEUU ha dejado de ser el país hegemónico que fue. Y en este sentido, los aranceles de Trump y la debilidad del dólar son, necesariamente, una respuesta defensiva a una realidad indiscutible. Aunque sigue siendo la gran potencia mundial, su peso en el PIB mundial y en la demografía del planeta disminuye en favor de otras regiones, en particular Asia-Pacífico.
Sirva como ejemplo de esa debilidad que el Congreso estadounidense llegó a discutir durante el último debate presupuestario una propuesta que habría otorgado a la Casa Blanca la facultad discrecional de imponer un impuesto del 20% a determinados inversores extranjeros. Desde 1945 nunca EEUU había necesitado medidas defensivas de tal calibre. Simplemente, porque era hegemónico y los flujos de capitales acudían con avidez, incluidos los chinos y los japoneses.
Lo que manda ahora, como ha reconocido la Casa Blanca, es el regreso a un orden bipolar imperfecto en torno a China y EEUU
La nueva derecha que ha sustituido al viejo partido republicano, ya desde los tiempos primigenios de Pat Buchanan en los años 90, entendió bien este cambio histórico en la hegemonía del planeta, y nutrida de multimillonarios nacidos a la sombra de la revolución tecnológica, activistas que han descubierto el valor de la política para hacer cajas e intelectuales conservadores ha hecho saltar por los aires lo que quedaba del orden multilateral. Construido, precisamente, en torno al comercio como el instrumento más eficaz para favorecer la interdependencia entre estados y, por lo tanto, la cooperación. En última instancia, la paz mundial.
El nuevo orden bipolar imperfecto
Lo que manda ahora, como ha reconocido la Administración Trump, es el regreso a un orden bipolar imperfecto en torno a China y EEUU, cada uno con sus respectivas áreas de influencia. Y es en este contexto en el que se pretende que Europa siga siendo una sucursal de Washington, como lo fue la Alemania que salió de la tragedia de 1945. Entre otras razones, porque el viejo continente carece de un sistema de seguridad y defensa propio, lo que en última instancia explica la autoridad de EEUU en el mensaje, incluso desde el mandato de Biden: hay que armarse hasta los dientes con la vista puesta en una posible confrontación con el eje Rusia-China. Europa cayó en la trampa y en lugar de buscar una salida a la guerra en Ucrania —que ahora busca cerrar deprisa y corriendo— mira hoy en las noticias cómo van las negociaciones entre Trump y Putin. Mientras no se cierre el conflicto de Ucrania, Europa estará sometida al albur de lo que decida la Casa Blanca.
Lo que se dirime ahora, por lo tanto, aunque en el futuro puede ser una confrontación más directa entre superpotencias, es dónde se marca el perímetro de las respectivas áreas de influencia, y es en este contexto —presiones sobre México, Canadá o Colombia— donde hay que situar la captura de Maduro. El petróleo o las drogas son el señuelo. México, hay que recordar, es el país del mundo con más tratados comerciales, algo que preocupa a Washington en la medida que es la puerta de entrada de millones y millones de bienes industriales procedentes del exterior. Pero por muy elevados que sean los aranceles, México siempre producirá más barato que EEUU.
Es decir, lo que busca Washington es de un reparto del planeta parecido al que se negoció en diferentes conferencias (aunque ahora sin la participación de Gran Bretaña) al final de la II Guerra Mundial. Sólo así se puede comprender la reacción (algo más que tibia) de China a los afanes expansionistas de EEUU en Latinoamérica o en Groenlandia, en este caso, pese a que el la ruta del Ártico sería un gran negocio para sus exportadores. Incluso Rusia, que es el país más afectado por el interés de Washington en militarizar la isla, guarda silencio más allá de alguna declaración formal, como ha hecho tras el apresamiento de un buque con bandera rusa. Puro pragmatismo que se parece mucho a la realpolitik de los tiempos de Andréi Gromiko (casi 30 años ministro de Exteriores de la URSS). A China le va bien aparecer como la otra superpotencia que un día fue la Unión Soviética. Precisamente, porque a través de la Ruta de la Seda está tejiendo sus propias esferas de influencia y sabe que la disuasión nuclear es un arma casi imbatible.
Amigo/enemigo
Lo que ha cambiado, por lo tanto, con la era de la coerción es que mientras que los predecesores de Trump se consideraban los líderes del mundo libre y querían proyectar la fuerza estadounidense por todo el planeta, con más ahínco tras la caída del Muro, hoy la Casa Blanca proyecta un mundo dividido en dos bloques, y China, como la Unión Soviética ayer, es hoy el enemigo.
Eso obliga a convivir con conflictos localizados, como la guerra de Ucrania, donde se disputa una zona de influencia. Hans Magnus Enzensberger llamó a esos enfrentamientos guerras moleculares, y se refería a los pequeños conflictos armados surgidos con posterioridad a la Guerra Fría y derivados de la fragmentación de la política tras el fin del mundo bipolar. Se equivocó en una cosa: las guerras moleculares son hoy fruto de las tensiones entre superpotencias.
Hay, sin embargo, una diferencia respecto del pasado, y no es pequeña: el comercio y el papel del dólar como reserva internacional, y aquí Europa, que es de forma agregada quien más exporta en el planeta, tiene mucho que decir. De hecho, es la única vía de salvación para hacer posible eso que pomposamente se llama autonomía estratégica.
A China le va bien aparecer como la otra superpotencia y sabe que la disuasión nuclear es un arma casi imbatible
Entre otras razones, porque EEUU, pese a la agresividad y la propaganda de Trump, está muy lejos de resolver sus dos grandes lunares económicos: un ingente déficit comercial que le hace muy dependiente del sector exterior para su crecimiento, y un endeudamiento público creciente que obliga a los estadounidenses a pagar el doble que los europeos por el servicio de la deuda. Y eso Trump, con su estrafalaria economía política, no está en condiciones de hacerlo enderezar. La mayor productividad y el mayor crecimiento no han sido suficientes para equilibrar sus principales agregados macroeconómicos.
Es verdad que la hegemonía de EEUU se basa en parte en el poder que mantiene sobre la industria financiera y los medios de pago, mientras que China lo hace sobre las manufacturas, pero Europa, precisamente, tiene algo que decir en ambos. No en vano, representa todavía el 15,2% del PIB del planeta en términos de poder adquisitivo, apenas tres décimas menos —ver aquí los datos— que EEUU. China, por su parte, según el Programa de Comparación Internacional del Banco Mundial, supone el 18,9% del PIB mundial, por encima de EEUU. La decadencia es evidente. A Trump, de hecho, sólo le matará políticamente la economía. EEUU se parece más a un país con los pies de barro y necesita llevar la iniciativa para no perder comba. Trump y su equipo lo saben bien.
Fue una decisión polémica. En enero de 1920, el Senado de EEUU se negó a ratificar tanto el Tratado de Versalles, que puso por escrito la derrota de Alemania tras la Gran Guerra, como la creación de la Sociedad de Naciones, aquel viejo sueño impulsado por Aristide Briand, el gran ministro de Exteriores francés (el primero que habló de crear una Europa unida). La Sociedad de Naciones, sin embargo, nunca llegó a ser un interlocutor válido para garantizar la paz mundial pese a que EEUU, a través del presidente Wilson, fue inicialmente su principal impulsor. La importancia de Washington (y de ahí la polémica) para hacer que fuera posible un nuevo orden internacional era fundamental. Precisamente, porque EEUU era la potencia emergente y se había convertido en el gran prestamista de la época, el instrumento más útil para garantizar la hegemonía política, como lo es hoy China.