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Volver a 1970: lo que Europa puede enseñar a Trump
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Carlos Sánchez

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Volver a 1970: lo que Europa puede enseñar a Trump

Aunque parezca mentira en un mundo crecientemente militarizado, que es lo que busca EEUU con su empeño en conquistar Groenlandia, la diplomacia sigue siendo el mejor instrumento para resolver los conflictos

Foto: El canciller de Alemania Occidental, Willy Brandt (d) y Willi Stoph, primer ministro de Alemania Oriental.
El canciller de Alemania Occidental, Willy Brandt (d) y Willi Stoph, primer ministro de Alemania Oriental.
EC EXCLUSIVO

En marzo de 1970, Willy Brandt, entonces canciller de Alemania Federal (RFA), se entrevistó en Erfurt, en el este del país, con Willi Stoph, presidente del Consejo de Ministros de la República Democrática Alemana (RDA). Era la primera vez desde el fin de la guerra en la que los jefes de Gobiernos de las dos Alemanias se veían las caras. Brandt, un socialdemócrata que combatió el nazismo desde su exilio en Noruega, y Stoph, un duro del régimen comunista curtido como soldado de la Wehrmacht durante el frente de Rusia (recibió la cruza de hierro), rompían de esta manera el mayor tabú de la época: Este y Oeste eran irreconciliables.

El camino lo había allanado desde 1966 el propio Brandt, quien, como ministro de Exteriores de la primera gran coalición alemana en el Gobierno Kiesinger, había defendido la distensión como el instrumento más útil para evitar la confrontación armada en plena guerra fría. Era un cambio radical. Sólo hay que recordar que apenas cuatro años antes, en octubre de 1962, se había producido la crisis de los misiles, con el mundo al borde una guerra nuclear, y cinco años antes la RDA había levantado un ominoso muro para separar Berlín. Era la constatación práctica de que el planeta podía caminar hacia su autodestrucción.

Aquella reunión en la hermosa ciudad de Erfurt, uno de los tesoros que enseñaban los dirigentes de la RDA al visitante extranjero, dio sus frutos. Posteriormente, se celebró otra reunión en el castillo de Wilhelmshöhe, en Kassel, ya en el oeste de Alemania. Un tercer encuentro en la misma ciudad abrió más el camino hacia la distensión. ¿El resultado? Sólo tres años después, en 1973, comenzaron en Helsinki una serie de reuniones clave para evitar la catástrofe. Por primera vez desde el fin de la II Guerra Mundial, EEUU y la URSS estaban dispuestos a pactar un marco de seguridad estable para Europa, incluido el Ártico.

Por primera vez desde 1945, EEUU y la URSS estaban dispuestos a pactar un marco de seguridad estable para Europa, incluido el Ártico

El acuerdo, como se sabe, acabó sustanciado en 1975 con la firma del Acta Final de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa. Los firmantes fueron EEUU, la URSS, Canadá y los países europeos (incluyendo Turquía). Sólo Albania quedó fuera del acuerdo. Incluso la dictadura de Franco, todavía aislada internacionalmente en muchos aspectos, formó parte del Acta Final de Helsinki. Era la primera vez desde 1939 en la que un presidente del Gobierno español, Arias Navarro, se dirigía a los asistentes en un gran foro internacional.

El triunfo de la ostpolitik

Había pasado apenas cinco años desde aquel encuentro histórico en Erfurt, pero había merecido la pena porque la ostpolitik —apertura hacia el este— había dado resultados. En el Acta Final de Helsinki los Estados participantes se comprometían a no "recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas".

El resto, incluyendo los incumplimientos, es historia, pero hay pocas dudas de que el camino que abrió el canciller alemán ayudó a evitar una conflagración mundial de trágicas consecuencias. Contribuyó, de hecho, a reforzar el papel de los organismos multilaterales en la resolución de las crisis con la creación de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), que compromete hoy a 57 países. Es decir, justamente lo contrario que ahora impulsa la Casa Blanca. Donald Trump ha llegado a decir al Times de Nueva York que cree más en su propia moralidad (¿?) que en el derecho internacional y el multilateralismo, lo que revela una estrategia que la diplomacia de EEUU no esconde. Washington hará su propia política exterior sin contar ni con sus aliados ni con el Congreso, en este caso si está en condiciones de hacerlo.

Foto: trump-amenaza-con-aranceles-a-los-paises

Es más, como han escrito Oona A. Hathaway y Scott J. Saphiro en Foreign Affairs, EEUU está sancionando a jueces y abogados que trabajan en la Corte Penal Internacional para que los delitos no puedan ser procesados. Está erigiendo barreras comerciales, incumpliendo los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio y retirándose de la norma del libre comercio que antaño garantizó la estabilidad global. Está incumpliendo sus obligaciones con las Naciones Unidas y se está retirando o violando innumerables tratados. Y está amenazando abiertamente a estados y territorios soberanos —Venezuela hoy, Colombia, Cuba, Groenlandia y México mañana— no con medidas legales autorizadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, sino con fuerza y ​​coerción unilaterales ilegales. Dado que tantos países dependen de EEUU para su defensa y su estabilidad económica o ambas, casi todos se han visto obligados a ser meros espectadores de la destrucción.

También Europa, habría que añadir. Esto explica que la respuesta de la Unión Europea a las aspiraciones expansionistas sobre Groenlandia haya sido tan tibia. Probablemente, porque espera que en las elecciones de noviembre Trump salga debilitado y el Congreso de EEUU pare los pies a la Casa Blanca. La iniciativa de dos senadoras bipartidistas de legislar para que la anexión u ocupación de un territorio OTAN requiera la autorización del Congreso va en esa dirección, pero lo cierto es que la degradación de la democracia americana es manifiesta y las facultades del Congreso para declarar la guerra ha ido disminuyendo con el tiempo.

Viento del este, viento del oeste

Más allá de la respuesta europea, lo relevante, como se demostró con la humillante firma del acuerdo sobre aranceles en un campo de golf del propio Trump, es que Europa parece haber renunciado a un planteamiento más estratégico sobre su papel en el mundo desde el ámbito de su propia seguridad, que es lo que se ventiló en Helsinki hace ahora medio siglo. Probablemente, porque obsesionada con mirar sólo al oeste parece haber renunciado a una política de alianzas propia con sus vecinos naturales sin tener en cuenta que, como ha dicho William Burns, antiguo director de la CIA, tanto el revanchismo ruso como el ascenso de China han puesto fin a las tres décadas de EEUU como hegemón mundial indiscutible, pese al tono triunfalista que exhibe Trump en sus comunicaciones públicas.

Europa espera que en las elecciones de noviembre Trump salga debilitado y el Congreso de EEUU pare los pies a la Casa Blanca

EEUU ya no es capaz de imponer la paz en el mundo y sus movimientos son defensivos ---como la imposición de aranceles a quien ayude a Dinamarca a mantener la soberanía sobre Groenlandia--- para hacer creer que sigue siendo la potencia hegemónica que un día fue. Lo demuestra un reciente informe de la patronal bancaria mundial. Actualmente, hay más de 60 conflictos armados activos a nivel mundial, aproximadamente el doble de la cifra registrada a principios de la década de 2010 y el máximo desde la II Guerra Mundial.

Lo peor, sin embargo, es que a medida que más países se vean involucrados en conflictos directos o enfrentamientos indirectos entre grandes potencias, se prevé que aumenten los riesgos. EEUU ya no garantiza la paz, sino que, por el contrario, ya desde los tiempos de Biden ha buscado romper el equilibrio de seguridad. Como señaló el teniente general Kellogg en un documentado trabajo, la política hostil de Biden hacia Rusia no sólo la convirtió "innecesariamente" en enemiga de EEUU, sino que también empujó a Rusia a los brazos de China y condujo al desarrollo de un nuevo eje Rusia-China-Irán-Corea del Norte.

Europa, de hecho, ha dejado ya de disfrutar de los dividendos de la paz, lo que permitió construir generosos estados de bienestar, y, en su lugar, bajo las presiones de Washington, se ha embarcado en una demencial carrera armamentista en lugar de explorar soluciones diplomáticas que no son incompatibles con el refuerzo de la defensa y la seguridad. El gasto mundial en defensa creció en 2024 hasta el 2,5% del PIB —2,7 billones de dólares—, lo que significa el nivel más alto desde 2010 y aumentará de forma contundente a la luz del nuevo compromiso de la OTAN de incrementar el gasto en defensa hasta el 5% del PIB.

EEUU ya no es capaz de imponer la paz y sus movimientos son defensivos para parecer que sigue siendo la potencia hegemónica que fue

Europa, sin embargo, pese a este escenario, todavía no ha visualizado a qué conduce esta realidad y la prueba del nueve es su seguidismo de la estrategia de Washington, cuya gran novedad es haber puesto sobre la mesa un enfoque mercantilista de las relaciones internacionales. Paradójicamente, la misma materia en la que Europa, habida cuenta de su potencia comercial, tiene más capacidad de establecer nuevas alianzas sin necesidad de practicar la política intimidatoria y coercitiva de Washington.

Lo que la ostpolitik enseñó, precisamente, fue que un acercamiento hacia el este —sin quebrar las relaciones con el oeste— mediante la diplomacia, la cultura, los negocios y la ciencia acabó siendo el instrumento más útil para frenar la carrera armamentista y el riesgo de una conflagración mundial. La guerra no era inevitable.

Evidentemente, no es una estrategia de un día para otro. Conviene recordar que apenas 15 años más tarde de la firma del Acta Final de Helsinki y dos décadas después del histórico encuentro entre Brandt y Stoph, el imperio soviético surgido tras 1945 cayó derrotado de forma pacífica, sin disparar un solo tiro. No sólo se salvó Europa, que es donde se sitúa el teatro de operaciones, sino también EEUU.

Palabra de banquero

Al fin y al cabo, como ha dicho Jamie Dimon, presidente del JP Morgan y probablemente el banquero privado más influyente del planeta, la debilidad o la fragmentación de Europa a quien más perjudica es a EEUU porque ambos defienden valores comunes en un mundo en el que crece el prestigio de las autocracias. Algo que, por cierto, no ha querido entender la nueva derecha estadounidense, encabezada por el vicepresidente de JD Vance, que humilla a Europa pese a que sin el viejo continente EEUU daría un paso más en su lento camino hacia la pérdida de su hegemonía política en el planeta (no militar).

Lo que la ostpolitik enseñó fue que la diplomacia es el instrumento más útil para frenar la carrera armamentista y garantizar la paz

Esta es, precisamente, la fuerza de Europa, que no ha sabido capitalizar: su posición estratégica y su potencia económica, tejida mediante decenas de acuerdos comerciales en un mundo multipolar creciente, y en el que las nuevas armas ya no son sólo militares, sino los medios de pago o el uso del dólar como moneda de reserva en las transacciones internacionales.

Probablemente, porque la actual generación de políticos siguen confiando en un EEUU que ya no existe, lo que hace que se comporte como un vasallo que debe su manutención al señor feudal, cuando este debe su riqueza, precisamente, a los braceros, que es el papel que hoy quiere imponer la Casa Blanca a Europa. Aunque parezca mentira en un mundo crecientemente militarizado, que es lo que busca EEUU con su empeño en conquistar Groenlandia, la diplomacia sigue siendo el mejor instrumento para resolver los conflictos. Pero una diplomacia activa que busque nuevos ámbitos de influencia para contrarrestar al hegemón, ya sea EEUU, Rusia o China.

El camino lo acaba de enseñar Mark Carney, el primer ministro canadiense, que ha inaugurado su propia ostpolitik alcanzando acuerdo de indudable trascendencia con Xi Jinping pese a las presiones de su vecino del sur. El día en que Von der Leyen visite Moscú con un buen acuerdo sobre Ucrania y abra una nueva etapa de relaciones internacionales se habrá despejado el futuro. Pero para eso hay que arriesgar y volver a la política de realpolitik, también en Ucrania, que es lo que el viejo Willy Brandt impulsó.

En marzo de 1970, Willy Brandt, entonces canciller de Alemania Federal (RFA), se entrevistó en Erfurt, en el este del país, con Willi Stoph, presidente del Consejo de Ministros de la República Democrática Alemana (RDA). Era la primera vez desde el fin de la guerra en la que los jefes de Gobiernos de las dos Alemanias se veían las caras. Brandt, un socialdemócrata que combatió el nazismo desde su exilio en Noruega, y Stoph, un duro del régimen comunista curtido como soldado de la Wehrmacht durante el frente de Rusia (recibió la cruza de hierro), rompían de esta manera el mayor tabú de la época: Este y Oeste eran irreconciliables.

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