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El informe McKinsey que dice las verdades del barquero a Europa
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Carlos Sánchez

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El informe McKinsey que dice las verdades del barquero a Europa

Recordar lo que fue aquella Europa que salió de la II Guerra Mundial puede conducir a la melancolía, al fin y al cabo la agenda pública deprecia hoy la historia, pero conviene volver a mirar aquel tiempo porque algo se ha roto

Foto: Foto de familia durante el Consejo Europeo. (Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa)
Foto de familia durante el Consejo Europeo. (Moncloa/Borja Puig de la Bellacasa)
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Entre los líderes que forjaron la construcción europea el nombre de Paul-Henri Spaak es, probablemente, uno de los menos conocidos. Monnet, De Gasperi o Schuman han sobrevivido mejor al tiempo en el imaginario popular, pero poco se recuerda de Spaak, un socialista belga cuya biografía es la historia del siglo XX en Europa.

Spaak fue hecho prisionero por los alemanes durante la Gran Guerra y, posteriormente, cuando las tropas nazis invadieron Europa, tuvo que exiliarse tras un peligroso periplo por España y Portugal hasta llegar a Londres, donde se habría de constituir el Gobierno belga en el exilio. Fue nombrado ministro de Exteriores de su país y al acabar la guerra se entregó para evitar un nuevo enfrentamiento militar en suelo europeo mediante la integración política, económica y cultural. Su discurso antibelicista en medio de una brutal tensión entre EEUU y la URSS era una llamada a la cordura.

Suya es la frase: “Solo hay dos tipos de países en Europa: los que son pequeños… y los que siéndolo aún no lo saben”. Y suya es la idea central de la construcción europea tras la terrible experiencia del horror fascista: “Creo que hemos llegado a un punto en el que, más allá de las diferencias y las controversias, debemos hacer un esfuerzo significativo para intentar comprendernos. Sólo un cierto entendimiento mutuo disipará la tensión, la ansiedad y también la angustia que prevalece en tantas mentes”. Una sociedad como la nuestra, dijo ante la Asamblea General de Naciones Unidas en 1948, "sólo puede prosperar si, en el centro de sus acciones, reside no sólo la tolerancia, sino también, por parte de cada individuo, la capacidad de comprender el punto de vista ajeno".

Suya es la frase: "Solo hay dos tipos de países en Europa: los que son pequeños… y los que siéndolo aún no lo saben"

Recordar lo que fue aquella Europa que salió de la II Guerra Mundial puede conducir a la melancolía o, incluso, a la apatía política, al fin y al cabo la agenda pública deprecia hoy la historia, pero conviene volver a mirar aquel tiempo porque ya hay pocas dudas de que algo se ha roto. EEUU, por un lado, tras la irrupción de Trump, ha dejado de ser el socio preferente en el que se puede confiar y, por otro, el populismo revanchista que hoy emerge en muchas capitales europeas han dado al traste con la idea de Europa que tenían los padres fundadores.

La furia soberanista

Lo que brota hoy, por el contrario, es la furia del nacionalismo soberanista tan típico de los periodos de crisis, algo que explica que la Unión Europea haya dejado de avanzar más allá de ofrecer salidas concretas a fenómenos puntuales, como fueron los fondos europeos tras la pandemia. Desde el comienzo de la invasión rusa a Ucrania, Europa se ha congelado en el tiempo y hoy no es capaz de superar sus demonios familiares. El regreso de Trump a la Casa Blanca ha hecho el resto.

Europa, de hecho, se ahoga en sus propias contradicciones nacionales y ha sido incapaz de levantar las numerosas barreras interiores que desvirtúan el mercado único, lo cual tiene un extraordinario coste de oportunidad. Y lo hace, paradójicamente, cuando cuenta con extraordinarios instrumentos, en particular en el ámbito de los flujos financieros, que le permitirían ocupar un espacio propio en el tablero de las superpotencias. Europa paga la fiesta tecnológica de EEUU con sus excedentes de ahorro, pero recibe migajas a cambio.

Lo singular, con todo, es que ya ha identificado la naturaleza de lo que nos pasa, que decía Ortega, pero algún tiempo después de haberse publicado los informes Draghi y Letta los ha archivado como si todo siguiera igual, como si la creciente y despiadada hostilidad de Washington fuera irrelevante. Es posible que a causa de un fenómeno cada vez más evidente. Europa cuenta hoy con la peor generación de políticos desde la posguerra, y ni siquiera hay que mirarse en el espejo de los padres fundadores.

Delors, Kohl, aquel González muy distinto al de ahora o Mitterrand supieron renunciar al mito soberanista que hoy se pavonea por las capitales comunitarias en asuntos como la inmigración. ¿Qué puede pensar un ciudadano europeo cuando escucha de la Alta Representante de política exterior, Kaja Kallas, que Europa “no está dispuesta a echar a perder 80 años de buenas relaciones [con EEUU] por desacuerdos”? ¿Qué humillación necesita Europa para rebelarse? ¿Hasta dónde puede llegar el ninguneo? La insustancial Kallas sólo revela una incompetencia inconmensurable en unos momentos en los que Washington desprecia al viejo continente incluso atacando su soberanía territorial.

¿Qué humillación necesita Europa para rebelarse? La insustancial Kallas sólo revela una incompetencia inconmensurable

En Bruselas gobierna la nada, pero también en Berlín o París, cuyo liderazgo ha sido carcomido por la eclosión de los nuevos nacionalismos provocando lo que la economista Gita Gopinath, antigua jefa de estudios del FMI, ha llamado fragmentación geoeconómica. Es decir, el debilitamiento de la idea de Europa como sujeto político y económico.

La política de alianzas

Ni siquiera las potencias medias, como España o Polonia, son capaces de tejer nuevas alianzas, mientras que la Italia de Meloni practica su habitual geografía variable. Su acercamiento a la Alemania de Merz es una forma de aislar a Francia y ganar peso político, pero en el fondo todas las alianzas son movimientos de supervivencia nacional que desgastan al conjunto de la unión. Europa se ha llenado de un inane tacticismo, esperar a ver si Trump pierde la mayoría en las elecciones de noviembre, que solo conduce a ganar tiempo. O expresado de otra forma, mientras que se impone la fuerza bruta, Europa susurra y conspira en las cancillerías. Mientras que Trump impone la coerción, la política de apaciguamiento con Washington solo ha inflamado el poder del populismo en Europa, que se nutre, precisamente, de la capacidad de influencia de sus aliados tecnológicos.

Sin embargo, mientras tanto, Europa financia con su superávit exterior la revolución tecnológica que se inició hace dos décadas en Silicon Valley, pero, al mismo tiempo, y dado que no dispone de un mercado de capitales integrado, es rehén de la hegemonía de EEUU en aspectos cruciales que van más allá que el ámbito estrictamente militar..

Como pone de relieve un reciente informe de la Alianza Europea de pyme digital, tan solo tres empresas estadounidenses acaparan el 65% del mercado europeo de servicios en la nube y están invirtiendo miles de millones para consolidar este dominio. El resultado es una profunda y peligrosa dependencia estructural debido a que la inteligencia artificial no puede aplicarse a gran escala sin la nube y, actualmente, Europa carece de la infraestructura física para ofrecer una capacidad de nube ampliamente implementable, segura y soberana.

El informe que ha presentado esta misma semana la consultora McKinsey en Davos va en la misma dirección y revela las verdades del barquero. Europa necesita 1,2 billones de euros anuales de inversión durante los próximos cinco años para cerrar su brecha de competitividad. Es decir, un 50% más que los 800.000 millones estimados en el informe Draghi hace solo unos meses, lo que pone de relieve la rapidez con la que se está ampliando esta brecha. Tiene dinero, pero no lo usa o lo envía a EEUU. Tiene poder político, pero tampoco lo utiliza.

Europa necesita 1,2 billones de euros anuales de inversión durante los próximos cinco años para cerrar su brecha de competitividad

La comparación duele a los ojos, sugiere McKinsey. En los últimos cinco años, las empresas estadounidenses han invertido dos billones de euros más (un 25% más que el PIB de España, la cuarta economía del euro), que sus homólogos europeos en tecnologías digitales. La brecha anual actual asciende a 580.000 millones de euros en inversión corporativa y 300.000 millones en startups y scaleups, empresas ya probadas y de rápido crecimiento. China, por su parte, invierte en industrias manufactureras tradicionales tres veces más que Europa, mientras que las empresas europeas destinan alrededor de un 40% menos a gasto en capital e I+D que sus equivalentes estadounidenses. El dinero de Europa, sin embargo, va a EEUU a financiar sus proyectos empresariales, mientras que en Bruselas se discute si el déficit son dos décimas más o menos respecto del PIB.

La conclusión no engaña a nadie: De mantenerse la trayectoria actual, Europa corre el riesgo de afrontar otra década de estancamiento secular, la vieja advertencia de Alvin Hansen durante los 30, con un crecimiento del PIB anual de apenas el 1%, ya que la falta de inversión lastra la demanda agregada. Eso es lo que está ocurriendo.

No es, por tanto, un problema de recursos. Como suele decirse, los problemas económicos son los más fáciles de resolver, ya que se solucionan únicamente con dinero, sino de voluntad política. Precisamente, de lo que escasea Europa, anquilosada e incapaz de cerrar la unión monetaria, lo que favorecería una mayor integración financiera con mercados más profundos y líquidos. Hasta el secretario del Tesoro de EEUU, Scott Bessent, ha ironizado en Davos sobre “el temido grupo de trabajo europeo”. Conviene darle una vuelta.

Entre los líderes que forjaron la construcción europea el nombre de Paul-Henri Spaak es, probablemente, uno de los menos conocidos. Monnet, De Gasperi o Schuman han sobrevivido mejor al tiempo en el imaginario popular, pero poco se recuerda de Spaak, un socialista belga cuya biografía es la historia del siglo XX en Europa.

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