Mientras Tanto
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Nada mejor que el oro para demostrar el declive de EEUU
La increíble subida del oro refleja el deterioro de la credibilidad de Washington como potencia hegemónica. Aunque el dólar sigue siendo la moneda de reserva, la desconfianza en la sostenibilidad de la deuda de EEUU da alas al oro
Hay quien ha visto cierto paralelismo entre la agresividad que manifiesta EEUU en múltiples frentes: Venezuela, Groenlandia, Canadá, Irán…, y ahora Cuba, y el desastre que significó para Francia y Reino Unido la fallida conquista del Canal de Suez en 1956. París y Londres, entonces, con la ayuda de Israel, que actuó como aliado de las viejas potencias europeas al margen de la legalidad internacional, invadieron Egipto para defender sus intereses en Suez después de que el presidente Nasser decidiera nacionalizar el canal en pleno proceso descolonizador de África y al calor de un nuevo escenario: el surgimiento del nacionalismo árabe.
Aquel fracaso, urdido en una reunión secreta a tres en la localidad francesa de Sévres, cerca de París, se llevó por delante la figura del conservador Anthony Eden, el premier británico, y abrió una grave crisis en el Gobierno francés, pero, sobre todo, reflejó el fin de una época. Francia y Reino Unido, en plena decadencia, ya no eran los imperios coloniales que creían ser y el rechazo de la comunidad internacional a la invasión, escenificado por la propia ONU, ponía de manifiesto una nueva realidad geopolítica. EEUU y la Unión Soviética, tras 1945, habían ocupado el espacio de las viejas metrópolis europeas. Nada se podía hacer al margen de ellas.
Desde entonces, lo que ocurrió en torno al canal de Suez, una vía esencial para el comercio, se interpreta como el mejor ejemplo de lo que sucede cuando una potencia en decadencia da los últimos coletazos para aparentar el presunto poder que ya no tiene. Francia y Reino Unido habían pasado a ser potencias de segundo orden.
En el siglo XXI las conquistas ya no son, como en el pasado, salvo algunas excepciones, de naturaleza territorial. Venezuela es un ejemplo de libro. EEUU, el hegemón de nuestro tiempo, lo sabe bien. Fracasó de forma humillante en Vietnam y más recientemente tuvo que abandonar Afganistán o Irak por la puerta de atrás. Su hegemonía, por el contrario, se articula a través de la tecnología, el control de los medios de pagos, incluido el dólar, y, por supuesto, un formidable gasto militar que permite amenazar impunemente. Pero aun así da síntomas de decadencia.
Opinión Es tradicional, en este sentido, que los imperios en declive ofrezcan al menos dos señales. La primera es que padecen lo que el historiador Alfred McCoy ha llamado micromilitarismo internacional. Es decir, se envían tropas al extranjero pensando que algún tipo de intervención militar restaurará el poder global que se escapa de sus manos, mientras que, a nivel nacional, se producen intentos de golpes de Estado, como sucedió en el asalto al Congreso. O, más recientemente, militarizando la vida de las ciudades opositoras —Minneapolis o Los Ángeles– para dar la sensación de que se controla la situación. En el fondo, gestos de impotencia y a la defensiva.
Decadencia agresiva
Sin necesidad de acudir a la manoseada trampa de Tucídides, ya se sabe, cuando una potencia emergente amenaza a la que está instalada, como ocurrió entre Atenas y Esparta, hay razones para pensar que EEUU ha entrado en un proceso de decadencia que explica su agresividad diplomática y militar (véase la ampliación de la OTAN hacia el Este), exacerbada en tiempos de Trump. Obviamente por el ascenso de China como nueva potencia hegemónica, pero, sobre todo, porque la globalización, levantada durante tres décadas durante las cuales el comercio ha transformado los países, ha construido una nueva correlación de fuerzas en el ámbito económico y tecnológico. En particular, en torno al sudeste asiático, donde emergen nuevas potencias, como India, con agenda propia, al margen de EEUU.
Los aranceles de Trump, de hecho, lejos de lograr los objetivos pretendidos —los ingresos para el Tesoro de EEUU serán muy inferiores a lo que estimaba de forma propagandística la Casa Blanca— han conseguido generar nuevos bloques comerciales ajenos a los designios de Washington, incluidas las cadenas de suministro, vitales para el funcionamiento del sistema económico. Hasta Europa, su fiel aliado, ha acelerado la búsqueda de nuevos mercados para evitar el progresivo aislamiento económico y comercial de EEUU, que es una de las características de los imperios en decadencia, como le sucedió a China en el siglo XVII, cuando prohibió el comercio marítimo con la excusa de que así acabaría con la piratería.
La increíble subida del oro, matizada recientemente con una importante caída, refleja bien el deterioro de la credibilidad de Washington como potencia hegemónica. Aunque el dólar sigue siendo la moneda de reserva, la desconfianza en la sostenibilidad de la ingente deuda de EEUU ha dado alas al oro, lo que explica que hasta los bancos centrales de medio mundo hayan engordado sus reservas nacionales con metales preciosos. No para especular, sino como un activo estratégico ante la debilidad del dólar. Puro efecto sustitución.
No es todavía una crisis fiduciaria, pero se le parece. Entre otros motivos, porque el auge de los criptoactivos y, en general, la tokenización de los flujos financieros, cuyos movimientos escapan a los gobiernos, restan poder a la capacidad de EEUU de controlar la economía del planeta. El dólar ni siquiera es ya un activo refugio en tiempos de turbulencias financieras, al contrario de lo que sucede con el franco suizo y, por supuesto, el oro.
Infraestructuras tecnológicas
Es verdad que la superioridad de EEUU en las infraestructuras tecnológicas que soportan los medios de pago, fundamentalmente a través de empresas estadounidenses como Visa, Mastercard y PayPal, es sistémica, pero instrumentos como las monedas digitales, en nuestro caso el euro, amenaza con socavar la hegemonía estadounidense. El euro digital, que cuenta con el rechazo de algunos de los grandes bancos europeos que prefieren seguir bajo el paraguas de los medios de pagos estadounidenses, será una moneda de curso legal que se podrá usar en comercios y en transacciones entre particulares.
Trump, que ha renunciado al dólar digital, ha confiado la defensa de su poder financiero en las stablecoins, que en su gran mayoría están denominadas en dólares, pero existen pocas razones para pensar que tendrá éxito. Precisamente, porque el alejamiento de EEUU del comercio mundial de mercancías, no así en los servicios, contribuirá a la decadencia a largo plazo del dólar como principal moneda de intercambio. Con un problema añadido. La agresividad diplomática de Washington incentivará la fragmentación de los sistemas de pagos, ya que muchos gobiernos buscarán nuevas alianzas en sus entornos estratégicos, lo que a su vez repercutirá en la influencia de EEUU en el mundo.
China está desarrollando el yuan digital, mientras que los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) están explorando una plataforma para conectar entre sí sus respectivas monedas digitales. El proyecto mBridge, en el que participan China, Tailandia, Hong Kong y los Emiratos Árabes Unidos, igualmente, busca crear monedas para ofrecer pagos transfronterizos eficientes. El proyecto ya ha procesado más de 55.000 millones de dólares en transacciones.
Incluso en la inteligencia artificial, donde EEUU ha sido pionero, está perdiendo terreno frente a China. Un reciente estudio muestra que, en contra de la narrativa dominante sobre la carrera de la IA en China, que la presenta como una carrera impulsada por el Gobierno, hoy existen más de 6.000 registros de modelos de IA generativa privados. Se conocen porque deben registrarse antes de su lanzamiento.
Es decir, el mundo gira hacia un extremo que no es precisamente EEUU, lo que puede explicar su agresividad diplomática y su política de amenazas. Y es que Trump se parece cada vez más a lo que los ingleses, en ámbito financiero, denominan ‘dead cat bounce', el rebote del gato muerto. Es decir, cuando un activo se recupera temporalmente hasta que vuelve a la posición de declive. Pura propaganda.
Hay quien ha visto cierto paralelismo entre la agresividad que manifiesta EEUU en múltiples frentes: Venezuela, Groenlandia, Canadá, Irán…, y ahora Cuba, y el desastre que significó para Francia y Reino Unido la fallida conquista del Canal de Suez en 1956. París y Londres, entonces, con la ayuda de Israel, que actuó como aliado de las viejas potencias europeas al margen de la legalidad internacional, invadieron Egipto para defender sus intereses en Suez después de que el presidente Nasser decidiera nacionalizar el canal en pleno proceso descolonizador de África y al calor de un nuevo escenario: el surgimiento del nacionalismo árabe.