Habéis veraneado por encima de vuestras posibilidades

El pacto era el siguiente: nos quedaremos en casa, no veremos a nuestras familias y vosotros nos protegeréis. No es que no se haya cumplido, es que ni se ha intentado

Foto: Agentes de la Policía municipal, en tareas de control en el Puente de Vallecas, en Madrid. (EFE/Rodrigo Jiménez)
Agentes de la Policía municipal, en tareas de control en el Puente de Vallecas, en Madrid. (EFE/Rodrigo Jiménez)

La gente tiene cierta tendencia a hacer cosas. La gente pasea, come, se queda quieta en el lugar en el que se encuentra y se echa a correr de forma repentina, se besa con su pareja, se besa con desconocidos, no se besa, habla, gruñe, se queda callada, escucha o gorgotea y mientras todo eso ocurre, gasta poco a poco el dinero ganado.

Será que la gente no ha oído el famoso adagio de Pascal: "La infelicidad del hombre se basa en que es incapaz de quedarse quieto en su habitación". El polímata francés, admirador de los ermitaños jansenistas, moralistas rigurosos y austeros, quizá habría disfrutado estos tiempos, tan felices para el hombre confinado.

Ahora hay mucho pascaliano suelto. Es un poco pascaliano nuestro presidente Pedro Sánchez, cuando hacía referencia al "relajamiento" de los ciudadanos ante los rebrotes, es pascaliana Isabel Díaz Ayuso cuando esgrime unos supuestos "modos de vida" endémicos del sur de Madrid y, en definitiva, es un poco pascaliano todo aquel que se ha apuntado al discurso culpabilizador que toma fuerza desde que los chiringuitos de playa han cerrado.

Hay pascalianos allende los mares como Boris Johnson, que esta semana decía que "nunca nuestro destino había dependido tanto de la responsabilidad individual".

Nunca nuestro destino había dependido menos de nuestra responsabilidad individual y más de que los gestores de lo público hagan lo que deben hacer

En realidad, es todo lo contrario. Nunca nuestro destino había dependido menos de nuestra responsabilidad individual y más de que los gestores de lo público hagan lo que tienen que hacer. O, al menos, que lo intenten. La responsabilidad individual de cuatro millones de personas tiene un impacto mucho menor a la de una única de cuya firma depende que se contraten rastreadores suficientes que, por si alguien lo ha olvidado, era un requisito indispensable para pasar de fase, profesores, profesionales médicos o todos esos factores que atenúan las pandemias.

Nos encaminamos hacia un punto de no retorno en la confianza hacia la política como nunca antes había visto, quizá porque nunca hasta este momento se había sentido tan poca correlación entre los esfuerzos individuales y los esfuerzos realizados por los gobernantes. ¿Qué esfuerzos? En la primera ola, todo el mundo entendió que debía sacrificarse porque lo exigía el momento histórico que el azar había deparado. En la segunda, la incomprensión se va transformando poco a poco en furia. Concretamente, la furia del estafado.

El pacto era el siguiente: nos quedaremos en casa, no veremos a nuestras familias, renunciaremos al ocio y vosotros nos protegeréis cuando volvamos a la vida. No es que no se haya cumplido, es que ni se ha intentado.

Aconsejaría a nuestros popes que abandonasen el discurso pascaliano de la responsabilidad individual porque, si algo hemos aprendido, es que los individuos carecemos de medios para cambiar la situación. Tan solo para cuidarnos y cuidar a los que nos rodean, que es bastante, pero no suficiente para detener una pandemia. Esa es la labor de quien ha sido elegido para tomar decisiones que se nos escapan y que ha decidido que mitigar (es decir, socializar el sacrificio) es mejor que prevenir (es decir, invertir en medidas protectoras).

El revisionismo histórico de antes de ayer

Está tomando fuerza una lectura de los últimos meses —si se puede hacer revisionismo tan a corto plazo, imagínense a largo— según la cual, según sonó la alarma del final del Estado de alarma, los españoles nos lanzamos a las calles a lamer a nuestros familiares, escupir a nuestros amigos y toser en los párpados de desconocidos. Un pacto tácito entre españoles. De aquellos polvos, estos lodos. Nos relajamos y ahora hay que hincar los codos y recuperar septiembre.

A la gente ahora no se le acusa por haberse comprado un coche a crédito, sino por haber hecho cosas tan peligrosas como ir a un parque

Yo recuerdo la historia de otra manera, quizá viciada por mi experiencia personal. Recuerdo un confinamiento estricto, muy estricto, donde no era posible ni siquiera salir a pasear (sea un pascaliano quedándose en su habitación), donde los parques permanecieron cerrados semanas y el plan de desconfinamiento se presentó como una larga travesía en el desierto en la que los cálculos daban, como pronto, que algunos podrían ver a sus familias a principios de julio.

Lo sé porque en casa también hicimos la cuenta de la vieja y decidimos que retrasaríamos nuestro viaje al pueblo unas semanas más. Recuerdo la cara de acelga que se nos quedó cuando nos dimos cuenta de que habíamos pecado de conservadores y que a finales de junio aquí paz y después gloria. Desde luego, no fue una decisión tomada en asamblea por millones de juerguistas desmascarillados que contaban los segundos para salir a contagiarse por ahí, sino por las administraciones públicas, quizá porque Italia amenazaba con comernos la tostada veraniega y había que pegar un acelerón tan poco explicable como lo fue poco antes la lentitud del desperezamiento social.

Usera. (EFE/Ballesteros)
Usera. (EFE/Ballesteros)

Todo ello mientras las calles se llenaban de carteles de marcas alcohólicas, marcas gaseosas y marcas maracuyás que nos animaban a visitar los bares, esos mismos que en un par de meses tuvieron que recortar sus horarios. Dicen que en el siglo XXI hay que reinventarse todo el rato y lo que yo creo es que hay que hacer frente a disonancias cognitivas brutales: quédate en casa, no te quedes en casa, no bebas, bebe, no hagas cosas, haz cosas, pero sin hacerlas. Báñate en el río individual y guarda la ropa de la responsabilidad social.

Es muy cómodo para el discurso público reinterpretar los hechos a la manera de aquel "habéis vivido por encima de vuestras posibilidades" de los años de la crisis. Con un matiz: aquella acusación partía de la idea de que los españoles habían (habíamos) acusado del crédito para levantar un espejismo de clase media disfrutona allí donde solo había clase trabajadora con sueños de grandeza.

En ese momento, la acusación se basaba en haber querido vivir a imagen y semejanza de la burguesía consolidada, a lomos del optimismo español noventero. En este, la acusación se basa en que, simplemente, la gente ha querido vivir. A la gente ahora no se le reprocha haberse comprado un coche ruidoso, una casa en un barrio muerto o una segunda residencia con arizónicas en las vallas, sino por haber hecho cosas tan peligrosas como ir a un parque, ver a su familia o tomarse una caña.

Hacer cosas humanas es, en un mundo en deshumanización vertiginosa, sospechoso, demasiado sospechoso

En su último libro, 'En contra de la igualdad de oportunidades', César Rendueles escribe en referencia a la degradación de la democracia que "nos vemos a nosotros mismos como antes los ricos veían a las clases populares: como grupos peligrosos". Seguir con nuestra vida diaria, intentar encontrar algo de conexión emocional en un mundo que hemos obligado a admitir que es ya una distopía, se ha convertido en un capricho.

Por eso volveremos a estar confinados: porque hacer cosas humanas es, en un mundo en deshumanización vertiginosa, sospechoso, demasiado sospechoso. Un exceso por encima de nuestras posibilidades.

Mitologías
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