El luto perpetuo es la única vacuna que hemos encontrado contra el coronavirus

Tan solo confiamos en las medidas que impliquen un alto grado de sacrificio entre la gente, como si necesitásemos expiar pecados. En lugar de prevenir, hemos preferido amputar

Foto: Foto: Reuters/Guglielmo Mangiapane.
Foto: Reuters/Guglielmo Mangiapane.

Llevo varias semanas despidiéndome de mis padres cada pocos días, con tintes más tragicómicos que dramáticos. Supongo que somos un poco irresponsables, que lo que deberíamos hacer es no vernos, renunciar a la vida familiar. Entre visitas y comidas furtivas, el adiós recurrente es "bueno, pues hasta la semana que viene o hasta dentro de unos meses". A muchos les sonará. Para cuando esto se publique, la segunda opción habrá vencido a la primera (supongo), lo cual no deja de ser un alivio. Peor que estar medio cerrado (mejor eso que el tremendista "confinado") es pasar meses pensando que a lo mejor mañana te cierran. El mañana se ha convertido en un lugar ominoso.

Porque seamos sinceros: llevamos preparándonos meses para esto hasta caer en una suerte de indefensión aprendida, tecnicismo psicológico de resignación. Mejor dicho, llevan meses preparándonos los agoreros que ya desde que los niños salieron a la calle a finales de abril, amenazaban con que tarde o temprano habría que dar vuelta atrás. Y por eso mismo, mejor antes que después.

Enfrente estábamos los tontos como yo, que creíamos ilusamente que era imposible que se volvieran a tomar medidas de confinamiento más o menos estrictas. Hombre, esto te puede pasar una vez, pero no dos.

Guardamos luto en marzo, la curva bajó. Aliviamos el luto en verano, subió de nuevo. La lógica científica se da la mano con el pensamiento mágico

Tanto ha ido el cántaro del "nos cierran, nos cierran, nos cierran" a la fuente, que ha terminado convirtiéndose en una profecía autocumplida, como si hubiésemos aceptado íntimamente que, en realidad, la única vacuna que tenemos es el confinamiento más o menos estricto. Claro que funciona, de igual manera que funciona amputar un pie a un diabético. La clave estaba en no haberse visto obligados a cortar. Pero confiamos en ese retorno a la España gris en la que se creía o se fingía que se creía a pie juntillas en el luto. Nos vestimos de negro y nos quedamos en casa para expiar nuestros pecados.

Como me comentaba esta semana el politólogo Oriol Bartomeus, estamos muy "católicos" últimamente en nuestra búsqueda de culpables. Hay un importante factor de culpa en la aceptación de esta clase de medidas, que para algunos no dejan de ser una expiación de los pecados veraniegos de ver a la familia, ver a los amigos, disfrutar de un poco de ocio o ¡viajar!

Más allá de la utilidad de la medida (no cabe duda de ella, sí de la necesidad de preguntarse cómo hemos llegado de nuevo a este punto), se ha instalado un runrún por el cual la única forma de hacer frente al virus es el sacrificio individual. Guardamos luto en marzo, la curva bajó. Aliviamos el luto en verano, subió de nuevo. La ciencia se da la mano con el pensamiento mágico al convertir en enseñanza moral lo que es pura lógica epidemiológica.

Lo explicaba de manera fantástica Berta Barbet en Twitter. "A veces tengo la sensación de que creen que el virus se para haciendo penitencia", escribía. "Buscan medidas que impliquen sacrificio, porque si nos jode seguro que el virus se siente mal y para. Es como si siguiéramos sin saber nada de cómo y dónde hay riesgo. ¡Seis meses en blanco!".

El ejemplo más utilizado suele ser el de los parques (infantiles o no) porque es el más flagrante, pero no el único. En realidad, la lógica del luto hace que todo anhelo de ocio, diversión, esparcimiento o relaciones sociales sea visto con sospecha. Luto severo: nada de jugar, pasear, respirar aire o nada que nos permita olvidarnos por unos segundos que vivimos en plena pandemia. Los teatros o los cines son altamente sospechosos, pero por alguna mágica razón, no lo son empresas y oficinas donde las medidas son iguales (o peores).

No solo nadie parece haberse parado a pensar en cómo hacer la situación más tolerable, sino que las administraciones están empeñadas en empeorarla

Habrá quien argumente con razón que la clave se encuentra en no montar un drama cada vez que volvamos atrás. Que al fin y al cabo, si el virus es social, lo que hace falta es reducir al mínimo nuestras relaciones personales (uf, cómo suena). Que la nueva normalidad consiste precisamente en aceptar que por cada dos pasos adelante puede darse uno hacia atrás. También argumentarán que mi pretensión de rebajar la incertidumbre es infantil. Cómo vamos a tomar medidas si la situación cambia a cada momento.

Pero vuelvo a citar a Barbet: "A mí, el desprecio de las instituciones por buscar medidas que respeten en la medida de lo posible el bienestar físico y emocional de las personas en estos momentos, me ha generado más desafección política que todos los casos de corrupción juntos". La clave está ahí. Nadie parece haberse parado a pensar en hacer esta situación más tolerable (y no será porque no se ha advertido su impacto sobre la salud mental). No solo eso, sino que las administraciones, entre peleas políticas y argumentos técnicos (que nunca salen del reduccionista eje salud-economía que deja fuera multitud de externalidades sociales), parecen empeñados en hacernos la vida peor.

Foto: EFE/J.J. Guillén.
Foto: EFE/J.J. Guillén.

Hace falta reconocerlo: desde hace unos meses, nuestra vida es peor. Y cada día que pasa, un poco peor. Y para algunas personas es aún peor que para otras. El discurso del sacrificio colectivo era aceptable en primavera, pero no para mantener una situación así en el largo plazo. A la espera de que se abran los cielos con alguna solución milagrosa —no va a ocurrir—, se ha optado por castigar a la población con una incertidumbre continua en la que el sacrificio individual es la medida que siempre está a mano. Es barata, es visible, tiene un gran impacto y el coste se cobra en la estabilidad mental (individual, es decir, privada) de cada persona. ¿Estás triste? No estés triste.

No es un caso exclusivamente español. Hemos exportado esa querencia por el encierro íntimo, por el cilicio y el rosario, a los vecinos. Francia amenaza con cerrar restaurantes y bares, Bélgica no está mejor. Culpa católica y ascetismo calvinista. Antes que la vacuna, haría falta encontrar un remedio para que la gente aguante una vida de trabajo, pandemia y luto riguroso.

El calendario en blanco

Esta semana me dio por echar un vistazo al calendario de los próximos meses. Estaba prácticamente en blanco. Por supuesto, los conciertos y viajes han desaparecido de la agenda, pero también lo han hecho esos cumpleaños, quedadas, reuniones familiares o pequeños alivios (un teatro, una visita de un amigo que viene de fuera) que hacen más tolerable el día a día. Nuestras vidas son ahora como ese calendario: un desierto de incertidumbre en el que no solo es imposible hacer nada que no sea trabajar, sino que el propio deseo es censurado como una frivolidad.

El luto no dejaba de ser un castigo para la mujer que se quedaba en este mundo, que expiaba su culpa a través de la austeridad y la renuncia

Supongo que es de primero de divulgación científica, pero pocas cosas resultan más agotadoras que el horizonte vacío, no saber exactamente qué ocurrirá a la hora siguiente, sobre todo cuando cada decisión es un sacrificio más (el trabajo siempre sale adelante, como los dinosaurios de 'Parque jurásico'). No hay planes, no hay ilusiones, no hay expectativas. A los gurús les encantará que estemos aprendiendo a vivir en la incertidumbre a base de golpes, pero no es lo mismo la incertidumbre de poder decidir con tu tiempo y dinero qué vas a hacer el próximo año que la de vivir a merced de los vientos políticos y epidémicos.

No podemos olvidarnos de por qué en la sociedad contemporánea el luto está visto como una anacronía. Lo que en apariencia se presentaba como un ritual de duelo y expresión del dolor no dejaba de ser un castigo para la mujer que se quedaba en este mundo, obligada para siempre a renunciar a los colores alegres y a comportarse de forma austera, marcada hasta su muerte por el atrevimiento de haber sobrevivido a su marido. Ahora todos somos mujeres en luto, culpables que destilamos nuestros pecados originales en la única vacuna que hemos conseguido encontrar hasta ahora: la penitencia.

Mitologías
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