Muerte al progreso, viva el pasado: si quieres volver a febrero, tienes un problema

En nuestro marco mental, cualquier actividad que enriquezca la vida humana es sospechosa. No somos progresistas que sueñen con el futuro, sino conservadores que anhelan el pasado

Foto: Escena distópica del Gordo de las navidades pasadas. (Efe/Rodrigo Jiménez)
Escena distópica del Gordo de las navidades pasadas. (Efe/Rodrigo Jiménez)

Lo identificó con ojo sagaz este jueves la periodista Clara Morales en Twitter. El ‘New York Times’, emblema del ‘establishment’ liberal americano, había enterrado el Premio Nobel a la poeta estadounidense Louise Glück en lo más profundo de su portada digital. Hasta la mosca de Mike Pence, que hoy ya nadie recuerda, tenía un protagonismo mayor. Hace no tanto tiempo parecía imposible que una noticia así pasase desapercibida para sus propios compatriotas. Ni siquiera el chauvinismo le ha podido ganar al tremendismo.

Esta decisión editorial aparentemente trivial resume a la perfección el clima moral en el que nos hemos instalado (y del que nos va a costar salir), en el que todo lo que sirva para hacernos más humanos, mejores y más completos, es prescindible. No me refiero únicamente al sobado discurso de que la cultura no le importa a nadie, sino de algo más profundo. En un mundo pandémico, más aún si le añadimos ese cóctel de crispación que son las elecciones americanas, cualquier noticia que no sirva como armamento ideológico, apocalipsis inminente o hipérbole polarizante es puro relleno. Y todo lo que nos enriquezca, una frivolidad.

Las sociedades en crisis son incapaces de imaginar nada que no sea un futuro mucho peor, por lo que nuestro mayor anhelo es quedarnos como estamos

La pandemia en particular y el estado de excepción y crisis en el que vivimos ha generado nuevas jerarquías en las que el futuro ya no existe, sino tan solo el sueño de volver a un pasado que ahora idealizamos (equivocadamente). Las sociedades en ebullición crean muchas imágenes de futuro, un gran número de las cuales son utópicas, porque parten de la idea típica de los momentos de expansión de que el hombre puede reescribir a mejor su destino. Las sociedades en crisis como la nuestra son incapaces de imaginar nada que no sea un futuro mucho peor, por lo que nuestro mayor anhelo es quedarnos como estamos.

Nuestro marco hoy por hoy, y lo lleva siendo al menos desde la crisis financiera de 2008, si no mucho antes, es el del eterno presente de la crisis donde todo futuro puede esperar. Un presente que no es como el presente de nuestros antepasados, donde a cambio de un horizonte de posibilidades limitado uno obtenía cierta estabilidad de expectativas (buenas o malas), sino un presente desencajado e histérico, en constante mutación, donde solo nos queda espacio para reaccionar como podemos a cada nuevo envite.

Por eso, de repente, hemos comenzado a anhelar el pasado reciente, una cotidianidad que parece ideal. Pensamos en lo mucho que nos gustaría volver a antes de marzo, cuando podíamos hacer una vida normal –normal de verdad– e incluso ilusionarnos. Los ancianos ya comienzan a pensar que si lo que les queda de vida va a ser así, mejor morirse sobre el tapete de dominó que abandonar este mundo aislados y aterrorizados. Los jóvenes han rebajado sensiblemente sus expectativas, pues la sociedad, de repente, ha dejado de darles ninguna expectativa de futuro que no sea la palmadita en la espalda y el “esto va para largo, chaval, así que hazte a la idea”.

Somos conservadores porque todos los conservadores creen en un orden natural que debe preservarse. Para la sociedad dañada por la pandemia, ese orden era el de ese febrero frío y gris que ahora recordamos como un edén, pero que ni mucho menos lo es a nada que uno comience a observar sus detalles. ¿Es natural la desigualdad, la destrucción del estado social, la centralidad de la economía financiera y del trabajo en nuestras sociedades? De repente, echamos de menos un sistema fallido y mejorable y descartamos toda posibilidad de mejora, de expansión. Desde luego, progresistas no podemos ser, porque ya ni recordamos que existe un futuro.

Para cuando no haya poesía

En ese retorno al conservadurismo hemos sacrificado voluntaria o forzadamente gran parte de las cosas que hacen humana la vida. El arte, las relaciones personales, el ocio, el disfrute, todas esas actividades contaminantes e improductivas que paradójicamente son lo que nos ayuda a dibujar horizontes. Nos sentimos mal si preferimos leer una novela a seguir el delirio informativo, enterramos a los Premios Nobel bajo toneladas de ruido que mañana habremos olvidado. Ellos, que son los que amplían la experiencia humana y ayudan a que nuestras vidas merezcan ser la pena vividas, parecen ahora sospechosos de frivolidad. Muerte al progreso, devuélvanme al pasado.

Hemos caído en la trampa de que desviar nuestra atención a cualquier cosa que no esté relacionado con lo excepcional de la situación es una frivolidad

Vivimos en un mundo lleno de posibilidades pero que, de repente, es tremendamente estrecho. Cualquier cosa es pequeña en comparación con la magnitud –antropológica, y cada vez más, política– de lo que vivimos. De ahí que ahora todos seamos conservadores en el sentido más estricto del término, es decir, como una sociedad que quiere conservar lo que tiene (o tenía) y está dispuesta a hacer lo que sea para conseguirlo. Hemos caído en la trampa mental de que desviar nuestra atención a cualquier cosa que no esté relacionado directamente con lo excepcional de la situación es una frivolidad. ¿Pensar en el progreso, en un futuro mejor? Bastante tenemos para seguir adelante.

Los psicólogos dirían que vivimos instalados en la continua activación de nuestros mecanismos mentales de defensa que tanta ansiedad genera: llevamos meses sin posibilidad de relajación, respondiendo continuamente ante lo que percibimos como amenazas a nuestra supervivencia. El nuevo estado de las cosas, que parece que se va a prolongar durante mucho más tiempo, hace que seamos meros supervivientes. Ni siquiera se trata de no contagiarnos o no contagiar a nuestras familias, sino de ser capaces de llegar al fin de semana sin volvernos locos o conservar el trabajo porque, ya saben, hace mucho frío ahí fuera.

Foto: Efe/Mariscal.
Foto: Efe/Mariscal.

El problema que tiene la supervivencia es que es muy poco compatible con la buena vida, como te puede contar cualquier ñu del Serengueti. No hay más que comprobar el daño que la pandemia ha causado en la agenda política. El gobierno de PSOE y Podemos en España es un buen ejemplo. Apenas dos meses de llegar al gobierno con una agenda basada en la reforma digital, la expansión posauteridad y proyectos de transformación digital y educativa, todos esos planes han sido barridos por la continua gestión de una crisis que se deshilacha por todas partes. La política sin futuro es un peligro y no es política. Es achique de agua. De ahí que los tecnócratas vuelvan. Ellos no entienden de futuro, solo de revivir pasados eficaces que nunca pueden ser mejores que el mejor de los futuros.

¿Qué tiene eso que ver con que una poeta haya caído a lo más profundo de los balconcillos de un periódico? Que refleja a la perfección nuestro sistema de prioridades actual, en el que todas las expresiones culturales y sociales que amplíen nuestras miradas son automáticamente sospechosas. Como periodista lo he sentido en innumerables ocasiones a lo largo de los últimos meses: ¿cómo, en el contexto de una pandemia mundial con millones de muertos, osas proponer que tal vez el aparcamiento en las grandes ciudades sea un problema? Es fácil caer en el cinismo y buscar grietas en el sistema. En eso andamos los medios, en dibujar horribles escenarios futuros en lugar de imaginar mundos mejores e imposibles pero que pueden convertirse en guías que alumbren el camino, como siempre ha hecho parte de la mejor ciencia ficción.

Soñemos con coches voladores. Siempre será mejor eso que imaginar apocalipsis inevitables que terminen derivando en profecías autocumplidas

No es que cuando “todo esto” termine no vaya a haber ni cines abiertos ni músicos a los que les siga rentando hacer música –no los habrá: en su lugar tendremos monopolios mastodónticos audiovisuales y ‘poptimismo’ para vender cervezas y móviles–, sino que nos habremos olvidado de cómo construir futuros mejores que este, pero también mejores que lo que existía en febrero. Pensemos en coches voladores que, como defendía David Graeber, eran el signo de la confianza casi naïf en nuestra capacidad para pensar el futuro. Siempre será mejor eso que soñar con apocalipsis inevitables que terminen convirtiéndose en profecías autocumplidas.

Mitologías
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