España ha entrado en hipernormalización

Como los ciudadanos de la URSS en decadencia, nos limitamos a aceptar que las cosas vayan aceptablemente mal porque creemos que cualquier alternativa solo puede ser peor

Foto: Foto: Reuters/Juan Medina.
Foto: Reuters/Juan Medina.

Llevo más de un mes dando vueltas (periodísticas) a uno de los problemas de la vuelta al cole en Móstoles. Me contaban que los barracones prefabricados prometidos en septiembre para desdoblar las clases no llegarán hasta noviembre, por lo que los colegios se están viendo obligados a recurrir a gimnasios no debidamente acondicionados o espacios cedidos por el ayuntamiento. Por mucho que le doy vueltas, no soy capaz de contar la historia. Me parece o muy local, o muy secundaria, o de alcance muy limitado. Lo del caos de inicio de curso se repite todos los años y, como suele ocurrir con todo a lo que nos acostumbramos, nunca se soluciona. Pasa a formar parte del ritual anual, como la compra de libros o la reunión de padres.

Los barracones han terminado generando un pequeño sentimiento de culpa. Es la metáfora de mi gran fracaso periodístico. Si no soy capaz de contar las pequeñas cosas que hacen peor la vida de la gente, ¿para qué sirvo? Aun así, no deja de parecer inapropiado hablar de algo tan pequeño ante la monumentalidad de una pandemia global. La lógica es la siguiente: de acuerdo, funciona mal, pero tan solo razonablemente mal, así que lo dejaremos correr. Se acumulan tantas grietas en el tejido del Estado del bienestar que, ante la imposibilidad de atender a todas, parece de justicia no atender a ninguna.

Hemos adaptado la hipernormalización soviética a la especificidad española: pensamos que el fracaso político y social es inherente a nuestra sociedad

Una apatía que se ha convertido en el signo de esta segunda ola de la pandemia, después de que la primera fuese la de la solidaridad y el apoyo mutuo. Como me explicaba esta semana la socióloga María Miyar, la movilización social que tan importante fue en primavera ahora no es visible. "Esa movilización creó un ambiente de 'construcción en conjunto de futuro', pero ahora se ha dispersado", me contaba.

Estamos adentrándonos en una era de hipernormalización a la española. "Hipernormalización" fue el término acuñado por el antropólogo Alexei Yurchak para referirse al estado de paralización y estupefacción moral de los ciudadanos de la URSS en decadencia. El documentalista Adam Curtis lo recuperó para nombrar su documental sobre otra decadencia, la del sistema capitalista. Con estas palabras me contó Curtis en persona de qué se trataba, a propósito de la publicación de los Paradise Papers: "La clave es que lo aceptamos como algo normal porque carecemos de cualquier otra alternativa".

Si España —y otros países occidentales— están entrando en una nueva fase de hipernormalización, esta vez ligada a la excepcionalidad de la pandemia, es precisamente porque en nuestro intento de normalizar este estado alterado de las cosas, hemos aceptado que todo funcione a un nivel razonablemente malo en el que ya ni se exige a la política que busque soluciones ni nos planteemos cómo podemos implicarnos políticamente. "Tú y yo pensamos que nunca seremos corruptos, porque sabemos que está mal", me contaba Curtis. "Pero vivimos en una época en la que estamos listos para aceptarlo como algo normal, lo que significa que también nosotros somos corruptos". Ese es nuestro pecado. Nuestra complicidad apática.

Esta hipernormalización tiene sus variaciones típicamente españolas. Por un lado, entronca directamente con nuestra creencia en la leyenda negra y el carácter inherentemente fallido del español. Nuestra normalidad aceptada es que todo funcione aceptablemente mal, porque los españoles somos así. Y si no lo somos, siempre habrá un compatriota vago o maleante, comunista o facha, ignorante o irresponsable, que lo arruine todo.

En España, 'hypernormalisation' puede traducirse como "virgencita, que me quede como estoy"

Irónicamente, nuestra hipernormalización no surge de la incapacidad de pensar una alternativa política a un sistema monolítico como era el soviético, que basaba su legitimidad en anular todo "afuera" político, sino que creemos firmemente que hay otras alternativas aún peores que lo que tenemos. Una desconfianza continua que quizá arranque en lo político en la primera oleada de crispación que arrancó en 1993, como contaba Edu Bayón, y en lo económico desde la austeridad de la crisis financiera de 2008. En España, 'hypernormalisation' puede traducirse como "virgencita, que me quede como estoy".

La plácida vida del apocalipsis inminente

No recuerdo un mes como septiembre. Los colegios iban a abrir y una horda de niños botelloneros salidos de una mezcla de 'El pueblo de los malditos' y 'Navajeros' iban a contagiarnos a todos, o no iban a abrir y el sistema productivo se iba a venir abajo, los hospitales iban a colapsar y las plantillas de atención primaria iban a dimitir, Madrid se iba a cerrar a cal y canto durante ocho meses y, en fin, todo va a ser un caos, frase archiconocida que no por repetida se convirtió en verdad.

Todo eso ha ocurrido, pero en un grado menor de lo que esperábamos. Lo cual tiene dos lecturas. La primera, una interpretación positiva (los colegios abren y la gente no muere por los rincones, así que se puede garantizar cierta equidad educativa, ¡hurra!) en la que somos capaces, más o menos, de convivir con el virus. La segunda, que la proclamación de apocalipsis inminentes que no se cumplen nos conducen a una especie de placidez propia del agotamiento. Mientras el mundo no se hunda, no vamos tan mal.

Octubre se está caracterizando por una estabilización de esas expectativas. Todo va un poco peor de lo que podría ir y, desde luego, va mucho peor para colectivos concretos con los que nos solidarizamos mientras tocamos madera por no ser nosotros. Hemos caído en una mezcla de relajación, decepción y resignación en la que todo da un poco igual porque hemos bajado el listón de lo aceptable hasta apenas unos centímetros por debajo del colapso social. Hemos llegado a un punto tal de saturación de malos augurios y ruido político en el que todo parece ir mejor que nunca. Será algún mecanismo mental de supervivencia. Como cantaban Los Ilegales, estamos cansados de esperar el fin.

Nos sentimos como marineros que dejan de achicar agua porque saben que se va a hundir igual, pero quizá nos estemos ahogando en un vaso de agua

No hay nada más desmovilizador que la sensación de que todo va irremediablemente mal, como el marinero que deja de achicar agua en un bote que se hunde porque sabe que se va a hundir igual, pero quizá nos estemos ahogando en un vaso de agua. Porque sí hay muchas cosas que podemos hacer, muchas posibilidades en nuestra mano, aunque sea denunciar que los barracones no llegan. No somos ciudadanos de la URSS tardía, y tal vez sea preferible pensar que tampoco lo somos del capitalismo tardío, sino de un Estado social que necesita remiendos y respuestas, no la aceptación de un destino fatal que nunca llegará.

Mitologías
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
0 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios