Perdedores pandémicos y peleas de pijos: dos costuras por las que se deshilacha España

El matemático Peter Turchin ya vio hace años que la excesiva producción de universitarios sin salidas y la desigualdad económica eran las grandes amenazas para el sistema

Foto: Foto: Reuters.
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Hace 10 años, el científico ruso-estadounidense Peter Turchin publicó uno de esos artículos que vienen a la perfección, por ejemplo, para arrancar una columna de opinión. La tesis del texto publicado en 'Nature' era que la inestabilidad política iba a ser una constante a lo largo de la siguiente década en EEUU y Europa Occidental. Una de esas olas de inestabilidad política que emergen ocasionalmente en todas las sociedades humanas complejas.

El tiempo parece haberle dado la razón al matemático, así que hace apenas unas semanas publicó otro artículo titulado 'La predicción estructural-demográfica de la década de 2010-20: una evaluación retrospectiva', pero que bien podría haberse llamado 'Cuánto odio tener razón'. En él, Turchin y su colaborador Andrey Korotayev muestran que, efectivamente, los datos apoyan su teoría de que aunque sus compañeros señalaban lo contrario en aquel número de 'Nature', la última década ha estado marcada por el estrés sociopolítico, del Brexit a Trump.

Los periodos de conflictividad no surgen de los perdedores, sino como resultado de una pelea de élites cuando no hay espacio para todas

Lo llamativo del enfoque de Turchin, más allá de la cliodinámica y su aplicación de modelos matemáticos, es que le preocupa la lucha de clases, sí, pero no la del proletariado contra las élites sino la de las propias élites entre sí, aunque se cuente como parte de ellas a los licenciados universitarios. Los periodos de conflictividad no surgen como una revolución de los perdedores, sino como resultado de una pelea de élites (a las que podemos llamar cariñosamente pijos) cuando no hay espacio suficiente entre los peldaños superiores de una sociedad para albergar a todos los candidatos.

Turchin utilizó el término "sobreproducción de élites" para nombrar la dificultad de los jóvenes a la hora de "alcanzar un estatus de élite, incluso si trabaja duro y acude a la mejor universidad", como lo resumía 'The Economist' esta semana. Si esto se produce es porque, como recuerda ahora Turchin, las élites cometen tres pecados capitales que ponen en duda que la meritocracia lo sea realmente.

Por un lado, cuando perciben un aumento de la competencia en la fuerza laboral que amenaza su posición, se guardan para sí una mayor parte del pastel de beneficios, lo que dispara la desigualdad. En segundo lugar, cierran el paso a la movilidad social para "favorecerse a sí mismos y su progenie". Por último, hacen todo lo necesario para evitar que su patrimonio y rentas sean objeto de impuestos, "incluso si eso significa matar de hambre al gobierno privándole de ingresos necesarios, lo que da lugar a una infraestructura en decadencia, servicios públicos en declive y una deuda gubernamental en aumento".

Cuando hablamos de la ruptura del pacto social, tendemos a pensar en los polos, en unos pobres de solemnidad que parecen irrecuperables como víctimas colaterales del sistema capitalista, y en esas élites del 0,0001% que, como Jeff Bezos, triplican su billonaria fortuna cada poco tiempo. Sin embargo, lo que perdemos de vista es que cuando tiras de una manta por sus dos extremos, lo que haces no es quedarte con dos pequeños trozos en la mano, sino deshilacharla en toda su extensión de tanto estirar.

Y tú, ¿de quién eres?

España es uno de los países con más universitarios en empleos sin cualificación y donde nadie trabaja de lo suyo, quizá porque no nos paramos a pensar qué es exactamente "lo nuestro". ¿La carrera que hemos estudiado, como si el hecho de cursar una formación concreta concediese el derecho a desempeñar determinada labor? ¿Lo que a uno le gusta? ¿Lo que quería ser pequeño? En muchas ocasiones, la mejor definición de "trabajar de lo suyo" es trabajar de lo que uno ha sido becario.

"El exceso de jóvenes con estudios avanzados ha sido una de las causas esenciales de inestabilidad en el pasado", defiende Turchin

Es en ese salto entre las prácticas, el regalo envenenado de mundo universitario y laboral, y la verdadera carrera profesional, donde se encuentra la guerra de clases (por arriba). Turchin proponía de forma un tanto polémica que para evitar el malestar entre las clases con anhelos de ascenso social pero escasas posibilidades una de las maneras más eficientes es "no expandir nuestro sistema de educación superior más allá de la capacidad que tiene la economía para absorber a los graduados universitarios", porque "el exceso de jóvenes con estudios avanzados ha sido una de las causas esenciales de inestabilidad en el pasado". Es decir, reduce las posibilidades y relaja las expectativas.

La competición por los pocos huecos que dejan las élites es lo que genera ese malestar, y no hace falta más que echar un vistazo a las quejas más frecuentes entre las clases medias españolas para comprobar cómo los dos mensajes que más se repiten lo reflejan. Por un lado, el "nuestros hijos vivirán peor que sus padres" puede traducirse como que los universitarios de segunda o tercera generación no viajarán en ese ascensor social en el que sus padres sí entraron, aunque tan solo fuese por la posibilidad de estudiar una carrera. Por otro, ese "no trabajo de lo mío" no es más que la decepción por las promesas rotas de la formación como salvavidas de clase.

Ocurre en tantas profesiones donde hay mucha vocación pero pocos puestos. Cuando vea a dos periodistas peleando, recuerde que en muchos casos no es más que una batallita por hacerse hueco entre una casta donde la mayoría de asientos ya están ocupados. El malestar no proviene por un arribismo mal entendido de los hijos de las antiguas clases bajas que tal vez siempre lo fueron, sino porque como recordaba Turchin, la competición está amañada de antemano: no es solo que haya una sobreproducción de élites, sino que tarde o temprano uno se da cuenta de que en las guerras de pijos hay familias que llevan décadas preparándose para este momento mucho mejor que los advenedizos de segunda generación.

O si no, empiece a hacer la gran pregunta que me hicieron a mí cuando entré en RTVE como becario: "Y tu padre, ¿quién es?". Cuando hay exceso de oferta, los precios bajan. Y andamos sobrados de élites, aunque sean élites de andar por casa.

Los perdedores de los que nadie se acuerda

Mientras las clases medias-altas están en esas batallitas, los bajos de la sociedad también se deshilachan. Si nos fijamos en los datos del CIS sobre efectos y consecuencias del coronavirus publicado el pasado miércoles, veremos cómo la clase sí que importa en mitad de una pandemia. La baja o pobre (es decir, la gente que piensa de sí misma que es de clase baja o pobre) siente intranquilidad por no saber si podrá pagar sus gastos corrientes en un 58,3% frente al 25,8% de las clases altas. La clase baja o pobre teletrabaja menos, por lo que tiene más probabilidades de contagiarse. Además, son mucho más pesimistas sobre su futuro.

Los pobres son los que más miedo tienen a no recuperar su vida anterior al covid; es decir, temen que les vaya incluso peor que ahora

En los datos del CIS llaman la atención dos pequeños detalles. Por un lado, que la línea que atraviesa las clases más altas con las más bajas no es recta, sino que tiene un pequeño bache en la clase media-baja, que es menos optimista (20,8%) que las clases altas (37,4%), pero también está por debajo de las clases pobres (22,3%). Algo que también ocurre con la preocupación por pagar los gastos corrientes, que es más acentuada en la clase media-baja (49,22%) que en la trabajadora (41,7%). Posiblemente porque la clase media, por baja que sea, siempre tiene más gastos de hipoteca, coche y vicios que la trabajadora.

El segundo dato llamativo es el que muestra el miedo de cada clase social respecto al retorno a su vida previa al covid. Los menos preocupados por no recuperar su vida previa son las clases altas, lógicamente (48,9%), pero los más preocupados son de nuevo la clase media-baja (60,7%) y, la clase baja o pobre (66,3%). Sorprendentemente, porque uno esperaría que los que están en el escalón más bajo de la sociedad no deberían tener miedo al no tener gran cosa por perder. Pero el dato tiene una lectura más obvia: los pobres han vivido tanto la experiencia de ver sus condiciones de vida truncadas que prefieren quedarse como estaban, porque saben que la alternativa es aún peor.

Son esos grupos que raramente suelen mirarse desde las clases medias-medias y medias-altas, que están más preocupadas por mirar hacia arriba, a las peleas de pijos con la que sueñan en participar algún día comprando los boletos de la carrera, el máster, la hipoteca o el verano estudiando inglés en EEUU. Pero ambas forman parte de grandes segmentos de esa goma elástica cada vez más tensa. El último informe de Oxfam Intermón señalaba que en plena pandemia la brecha salarial entre los altos ejecutivos de las empresas del Ibex 35 y la media de sus asalariados es de 121 veces más. Es una buena noticia: el año pasado, eran 123 veces más. A ese ritmo, nos faltan tres pandemias para un reparto más equitativo de la riqueza.

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