Madrid, rompeolas de todas las desgracias: cría monstruos y te tocará lo mejor y lo peor
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Héctor G. Barnés

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Madrid, rompeolas de todas las desgracias: cría monstruos y te tocará lo mejor y lo peor

Es lógico que todo ocurra en la capital: para ser imán de oportunidades, milagros y cultura, también hay que serlo de tragedias, desgracias e infortunios

placeholder Foto: Vecinos de Madrid observan los restos tras la explosión. (Reuters)
Vecinos de Madrid observan los restos tras la explosión. (Reuters)

Hace no tanto uno venía a Madrid a probar suerte como artista, estudiar una ingeniería o ver 'El Rey León'. Hoy, el principal aliciente para plantarse en la capital es asistir en persona al despliegue de la próxima plaga de Egipto. Ríos de sangre, ranas, piojos, moscas, peste, úlceras, lluvia de fuego y granizo, langostas, tinieblas, muerte de los primogénitos. Coronavirus, confinamiento, UCI saturadas, nevadas catastróficas, hielo letal, basura en las calles, edificios reventados, bolas de fuego, tener al niño en casa dando guerra.

En los tebeos de superhéroes y los seriales de ciencia-ficción suele haber realidades alternativas en las que Hitler triunfó en la Segunda Guerra Mundial, se desencadenó una guerra nuclear entre EEUU y la URSS o Países Bajos ganó el Mundial 2010. Hoy Madrid parece esa realidad alternativa, distopía de sí misma, donde todo lo que pueda salir mal va a salir mal. Un Alderaan de este espacio-tiempo que se consuela pensando que en la realidad alternativa de al lado desconocen por completo el término "covid-19".

Madrid es la versión 'indie' y cañí de una película de catástrofes de los 90

La próxima moda en Madrid no será el trap, será el 'prepper'. Es decir, montarse un refugio para el fin del mundo como esos texanos que guardan entre los discos de Garth Brooks un par de máscaras antigás y una recortada; eso sí, en algún rincón del piso de 40 metros cuadrados con vistas a patio interior. El ayuntamiento ya nos preparó en su mochila de emergencia, que incluye una radio AM/FM y un móvil prepago. ¿Ven? No estamos viviendo en un armagedón futurista sino en una versión 'indie' y cañí de 'Volcano', 'Un pueblo llamado Dante’s Peak', 'Deep Impact' o cualquiera de esas películas de catástrofes de los años 90.

Se equivocan por una vez los que lamentan el madrileñocentrismo que se ha impuesto en 2021. Estoy dispuesto a aceptarlo el resto de 364 días del año, cuando somos protagonistas, secundarios, figurantes y semovientes de una tragicomedia que se escribe desde Moncloa; pero también a defender por qué es razonable que todos (locales, vecinos y ajenos) tengan la sensación de que nos ha mirado un tuerto. Si a usted le pareció el otro día que todo el mundo vivía sospechosamente cerca de la calle Toledo, se debe a dos razones: no solo los famosetes tienden a vivir en el centro, sino en el centro vive una cantidad de gente bárbara.

placeholder ¿'Volcano' o Madrid?
¿'Volcano' o Madrid?

Se equivocan también aquellos que consideran que la acumulación de malas noticias, accidentes y focos víricos es excepcional. No, lo sorprendente habría sido que un edificio de cinco plantas reventase en Quiñonería o que el foco de la pandemia se hallase en Vilariño de Conso, de igual manera que cuando Al-Qaeda se propone atentar lo hace en el World Trade Center o la estación de Atocha. Madrid quiere ser un imán de oportunidades, milagros y cultura, pero para serlo tiene que aceptar que también es un imán de tragedias, desgracias e infortunios. Y cuanto más sea lo primero, con mayor frecuencia se presentará lo segundo.

Madrid no es muchas cosas de esas que se dice que es, pero lo que sí es sin duda es acumulación y alta densidad: de buenas y malas noticias, de accidentes y de salvaciones, de gente repugnante y de corazones amables. Más que la suma de sus partes, menos que cualquier discurso que intente reducir los seis millones y medio de habitantes a un único rasgo. Madrid es el rompeolas de todas las Españas porque no le queda otra, ya que hace tiempo que se le fue de las manos. Recordemos que Parla Este, con sus 65.000 habitantes, es más grande que Ávila, Segovia o Mérida. Cría monstruos y te tocará lo mejor, pero también lo peor.

Madrid está a punto de e-x-p-l-o-t-a-r

La capital es un buen ejemplo de que las grandes ciudades –que cada vez lo son más– son un complejo equilibrio que camina siempre sobre la cuerda floja. Lo siento por Carlos Martínez, alcalde de Soria, cuyas declaraciones en El Confidencial sobre la falta de respuesta se hicieron virales; pero aunque no simpatice ni con el Ayuntamiento ni con la Comunidad, es un buen ejercicio de honestidad reconocer que no es lo mismo gestionar una ciudad de 39.812 habitantes (ya solo Carabanchel tiene 243.998) que otra de 6,6 millones. Entre otras cosas, porque el número de posibilidades de que algo salga mal se multiplican.

Cuando ya no podemos aguantar más tragedia, solo podemos creer en la parodia

Lo dice la teoría del caos: un pequeño cambio en las condiciones iniciales provoca grandes alteraciones en los resultados finales. Las urbes gigantescas son pura teoría del caos puesta en práctica, un conjunto de pequeñas alteraciones que provocan que siempre falle algo en algún lugar. La imagen que se me quedará grabada de estos días no es tan solo la de la gente jugando con bolas de nieve en Sol, sino la de un metro atestado, gris y cabizbajo a las siete de la tarde en plena pandemia o la de los paseantes esquivando los trozos de hielo que caían de la cornisa de un edificio en la Carrera de San Jerónimo. No sufran, a Madrid aún le falta mucho para convertirse en la Nueva York de los años 70 o la Detroit posindustrial, testimonios de la fragilidad de las grandes ciudades.

Esta semana, una agencia de comunicación me ofrecía la posibilidad de hablar con un psicólogo para preguntarle sobre "todo lo que están asimilando los madrileños" en estos últimos meses. Una definición genial en su falta de concreción, que sirve tanto para la explosión del edificio de religiosos del miércoles como para la herida aún sin cerrar que dejó la primera ola o la eliminación frente al Alcoyano. Creo que lo estamos asimilando como el perro del meme, sonriendo con la mirada perdida en mitad del fuego y repitiéndonos "va todo bien".

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Meme This Is Fine. (Twitter)

La guerra política en Madrid es tan deprimente como práctica, porque, como saben muchas parejas, mientras uno se pelea no se siente triste. Como está ocurriendo a nivel nacional, la discusión diaria sobre si hay que adelantar tres milésimas de segundo el toque de queda o no es un buen deporte para no tener que pensar en lo que todos sabemos pero intentamos no recordar: que llevamos ya casi un año así, que la famosa luz-al-final-del-túnel está más lejos de lo que pensábamos y que nuestras vidas son un poquito peores cada vez que el segundero se mueve.

Me llegan por WhatsApp imágenes de hospitales madrileños llenos de nuevo y me parece más una parodia que una tragedia, como un mal chiste que se vuelve a contar esperando que esta vez tenga más gracia. Los humanos tenemos solo un cierto nivel de tolerancia ante la tragedia, y a partir de ahí solo nos queda la parodia. Una novela sobre un ciego es un drama; una novela sobre un ciego, sordo, manco y cojo es una comedia (o 'Johnny cogió su fusil'). Madrid se encuentra bordeando ese teatro del absurdo en el que todo parece tan exagerado que solo puede haber sido escrito por un mal guionista. Ya no es euforia, sino indiferencia. ¿Para qué preocuparse, si nos va a dar igual? Que venga la siguiente plaga, que quiero tener algo que contarle a los nietos.

Foto: El Rastro, el pasado domingo. (Reuters/Javier Barbancho) Opinión

Hay mucha gente, incluso tal vez yo mismo, que ha amenazado en un momento u otro con marcharse de Madrid, desnuda de sus ventajas seculares y centro de todos los apocalipsis. Ya no me voy, ¿para qué? Una de las lecciones que nos ha dejado la pandemia es que todo termina llegando a todas partes, y lo que ocurre aquí en marzo termina repitiéndose en noviembre en Valencia. Somos un imán y un aspersor al mismo tiempo. Tampoco es que tenga ningún otro lugar donde ir. No estoy orgulloso de ser madrileño porque nunca he tenido la oportunidad de ser otra cosa.

Además, el invierno en Madrid es tan feo, gris y antipático que resulta perfecto, porque te empuja a soñar en cualquier otro lugar y cualquier otro momento, fragua la imaginación escapista y uno se planta en menos de nada en el paraíso. Los madrileños en Madrid están realmente en el Caribe de su mente. Miro por la ventana y el último trozo de lo que fue nieve, ahora detritus salido del recto de un orco, se desvanece en las calles mojadas que nos vieron crecer. Qué afortunado poder vivir en el Caribe.

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