Si también necesitas hacer cosas inútiles, no estás solo: por qué deseas ser improductivo
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Héctor G. Barnés

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Si también necesitas hacer cosas inútiles, no estás solo: por qué deseas ser improductivo

Durante la pandemia están floreciendo nuevas aficiones y viejos 'hobbies' que se convierten en una resistencia frente a la hiperproductividad de los ciclos de trabajo y descanso

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Foto: Reuters/Luisa González.

Esta semana ha fallecido Juan Antonio Porto, guionista de 'El crimen de Cuenca', 'Beltenebros' o 'La forja de un rebelde', y a la sazón, mi viejo profesor de guion. Porto me descubrió la frase con la que iba a arrancar este artículo, incluso antes de conocer su muerte: "El ajedrez desarrolla la inteligencia, sí, pero solo para jugar al ajedrez". No era suya, sino de Miguel Unamuno, que también decía que el ajedrez era "para juego, demasiado, y para estudio, demasiado poco". Siempre que veía un tablero jaqueado me acordaba de él y del pragmatismo de los guionistas, fontaneros ocultos de las narraciones.

He utilizado a menudo esa frase, con cierta soberbia, para explicar por qué no me interesaba el ajedrez. A diferencia de la historia, la filosofía, la literatura o incluso el fútbol, me decía, ¿para qué sirve algo que solo sirve para eso mismo? En los últimos meses me he encontrado con que gracias a la pandemia –tampoco infravaloremos a 'Gambito de dama' y a la fascinación que despiertan los grandes maestros– el ajedrez comenzaba a interesarme. Ahora estoy aprendido su arte, gracias a la generosidad del compañero Álvaro van den Brule.

Nos hemos reducido a ser seres ultraproductivos, en círculos de trabajo y descanso

Es una más de todas esas cosas aparentemente intrascendentes que tanto me interesan desde el confinamiento. Mi mayor pretensión es ser inútil todo lo que pueda. No soy el único; otros también me han confesado esa ambición secreta. La de buscar nuevas aficiones y costumbres que nos alejen de nosotros mismos, que nos ayuden a imaginar por unos instantes que somos otras personas. El producto de la fatiga de ser nosotros mismos durante tanto tiempo, con el único reflejo de la 'webcam'. Como cantaban Cracker, "estoy cansado de ser yo mismo, déjame ser otra persona". Todos queremos ser niños o ancianos, los únicos que tienen el privilegio de ser elementos improductivos de la sociedad sin que nadie se lo reproche.

Una de las sensaciones más acuciantes en este minuto y segundo de la pandemia es la de haber sido reducidos a ser seres ultraproductivos: hemos convertido nuestros hogares en oficinas y nuestros horarios en una contrarreloj cuántica. Hay dos cosas que se escuchan mucho, una detrás de la otra: una, que uno tiene la sensación de que su vida se reduce a trabajar, comprar, descansar y vuelta a empezar; otra, que se buscan nuevas aficiones, a cada cual más imprevisible. El aburrido y confinado invierno, que reduce la posibilidad de salir de casa, ha agudizado ese sentimiento.

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Herzog, conquistador de lo inútil. (EFE/EPA/Clemens Bilan)

La pandemia, al fin y al cabo, no deja de ser una crisis de lo útil, como ocurre después de una gran tragedia o un pequeño drama. Perseguimos lo eficaz y lo útil cuando el mundo tiene un sentido en el que podemos ver claramente las causas y los efectos: trabaja mucho y serás recompensado, cuida a tus seres queridos y vivirán muchos años, ama y serás amado. Las crisis ponen en tela de juicio esa capacidad de actuar sobre el mundo y nos damos cuenta de que todo eso que servía en realidad tal vez no sirva para nada. En algún momento de la pandemia, el que más o el que menos se dio cuenta de que trabajar más horas solo sirve para tener que trabajar aún más horas.

Esta crisis de lo útil deriva o en nihilismo o en liberación. Si lo útil es un espejismo, si ya no hay dios vigilante ni carreras con salidas, ¿para qué fingir que sí existen? Nuestras aficiones comienzan a orientarse hacia todo eso que tan mal visto está en la sociedad actual: el arte, la literatura, el juego, vaguear. Tabús sociales que hoy adquieren un nuevo encanto como regalos para uno mismo. La palmera de chocolate a las seis de la tarde, los 10 minutos más en la cama. La única posibilidad de salir del ciclo trabajo-tareas del hogar-descanso es conquistando lo inútil, como el título del libro de Werner Herzog. El éxito de los vídeos donde aparecen personas sin hacer nada, o simplemente estudiando, es parte de esa tendencia al 'dolce far niente', aunque sea el ajeno.

Un 'hobby' es un compromiso con uno mismo, el niño que fuimos o el anciano que seremos

Herbert Marcuse escribía que un concierto o una obra de teatro eran discontinuidades en nuestro día a día que trascienden la experiencia cotidiana, "diseñados para crear e invocar otra dimensión de la realidad". El problema que se encuentra detrás de nuestro aburrimiento es que nuestra vida es aún más unidimensional. Ni siquiera podemos disfrutar la discontinuidad que generaba la vida social, con sus conversaciones banales, encuentros inesperados, afinidades y enfrentamientos, que contribuían a alejarnos de nosotros mismos. En la vida en la pandemia no cabe el azar del encuentro fortuito, así que lo forzamos haciendo cosas que nunca habríamos pensado hacer.

Los nuevos 'hobbies'

Uno de los desvíos más asequibles para abandonar la normalidad pandémica son los 'hobbies', entendidos en su sentido más puro, como algo salido de aquella época en la que las revistas se llamaban 'Hobby Consolas'. Algo solitario, inútil e incomprensible para los demás. Un empeño indescifrable, asocial y épico: construir ferrocarriles en miniatura, pintar figuritas de Warhammer sin jugar a Warhammer o coleccionar sellos sin pretensión de especular.

Foto: Foto: Reuters/Jon Nazca Opinión

Aclaremos: un 'hobby' no es derrengarse en el sofá para hacer 'scroll' en el móvil hasta encontrar la película menos mala, cocinar pan para fotografiarlo no es un 'hobby', hacer 'puenting' para contárselo a los amigos no es un 'hobby'. El 'hobby' requiere un compromiso con uno mismo y con su 'hobby'. Como ser un sacerdote. Pero el 'hobby' también requiere un amor hacia sí mismo, el amor hacia el niño que éramos o el anciano que seremos. Y un acto heroico: conseguir robarle a la vida el tiempo que nos ha quitado. El 'hobby' es forma sin contenido. Por mucho que los ajedrecistas recuerden su utilidad psicológica o moral, saben perfectamente que lo que les gusta del ajedrez es el ajedrez.

En los últimos meses he visto cómo gente que utilizaba su tiempo libre para formarse, o seguir trabajando (por ejemplo, escribiendo más libros o más artículos) comenzaba a abandonar sus pretensiones. No se trata de aprovechar mejor ese excedente de tiempo que algunos han adquirido al teletrabajar y deshacerse de los compromisos adquiridos, sino de resignificar ese tiempo. Cuando va a morir, la gente quiere hacer esas cosas inútiles que adoraba de joven o que nunca tuvo tiempo para hacer, porque es precisamente lo inútil, lo que no está condicionado por las opiniones ajenas, lo que nos convierte en quienes somos.

Recuperamos a ese yo alternativo que reservamos hasta las vacaciones o la jubilación

Hay multitud de columnas de opinión que han tratado este tema y es divertido que hagan referencia a los mismos temas: el ajedrez, el yoga, los perros y la lectura. Son lugares comunes que se repiten como una alternativa a las pantallas. Pero en el fondo no deja de ser una recuperación del tiempo íntimo y privado, de la soledad elegida, de ese yo alternativo que siempre dejamos guardado en un armario hasta las vacaciones o la jubilación. Luego están los que quieren hacer dinero con sus 'hobbies', pero esos no tienen remedio y arderán en el infierno, mejorando su nivel de inglés por los siglos de los siglos.

Un reciente artículo de la sección de Psicología de la BBC animaba a realizar "microfiestas" con relativa frecuencia. Es decir, pequeñas celebraciones que sirvan para mejorar nuestra salud mental al permitirnos soñar con un evento agradable en el futuro cercano. ¿Que hemos cocinado masa madre y nos ha salido bien? Microfiesta. ¿Que hemos terminado un artículo? Microfiesta ¿Que es sábado? Microfiesta. Forma parte de la misma mentalidad autoindulgente, algo egocéntrica y egoísta como todo proceso de curación, que experimentamos en la larga postergación del retorno a la normalidad.

La vida cotidiana ya no es una sucesión de canciones alegres y tristes, sino un zumbido indistinguible como un disco de 'ambient' de Brian Eno, por lo que perder de la forma más humillante con un jaque del pastor en una partida 'online' es una de las pocas rutas que nos quedan para sentirnos vivos.

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