Las normas que castigan a los que las cumplen (y premian a los que las rompen)
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Héctor G. Barnés

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Las normas que castigan a los que las cumplen (y premian a los que las rompen)

Empieza a abundar la sensación de que nos sacrificamos para que otros tengan barra libre para hacer lo que quieran: la solidaridad se ha convertido en un "tonto el último"

Foto: Dos turistas franceses en Madrid este mes de febrero. (Reuters)
Dos turistas franceses en Madrid este mes de febrero. (Reuters)

Este 7 de marzo, el programa de La Sexta El Objetivo invitó a su plató a Alfonso Fernández Mañueco, presidente de Castilla y León; a Ximo Puig, presidente de la Comunitat Valenciana; a Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha; a María Chivite, presidenta de Navarra; y a Fernando López Miras, presidente de Murcia, para debatir sobre la gestión de la pandemia. Entre otras cosas, sobre la movilidad entre comunidades.

Quizá ya haya reparado en que para que esos cinco presidentes lanzasen “un mensaje de unidad” que consistía en que "ahora no toca moverse", los cinco estaban incumpliendo lo que estaban defendiendo. Curiosamente, eran algunos de los políticos más restrictivos en cuestión de medidas. El mensaje que estaban recibiendo los telespectadores era otro. Usted no puede moverse, y le castigaremos si lo hace; nosotros sí.

El que respeta las normas pierde por partida doble: se sacrifica y se siente estúpido

Aquel episodio ilustra a la perfección la inocencia o desprecio (o no lo saben o no les importa) con la que determinadas autoridades muestran algo que es cada vez más evidente, a medida que se alarga la pandemia: que existen dos realidades insertas en dos ejes distintos. Por un lado, el eje de la teoría (que dice que nadie puede moverse entre comunidades) y la práctica (que si uno no tiene miedo a una multa o dinero para pagarla, puede hacer lo que desee). En cuanto a las dos realidades, está la de las personas que siguen escrupulosamente las indicaciones y aquellas que no dudan en saltarlas.

La recurrente discusión sobre los turistas europeos que llegan a España mientras la movilidad está limitada amenaza con hacernos olvidar que estos dos ejes cada vez se distancian más, también a nivel nacional. El discurso oficial recuerda una y otra vez la importancia del toque de queda, de la no movilidad entre comunidades y otras restricciones de nuestro día a día bajo la amenaza de una cuarta ola. Pero la práctica, vivida o contada, es que muchos trenes salen de las estaciones relativamente llenos, que no conozco a nadie a quien le hayan parado en una frontera entre comunidades y que la sensación es de que las restricciones son un estado mental.

placeholder Varios guardias civiles de tráfico montan un control de carretera en la AP-6. (EFE)
Varios guardias civiles de tráfico montan un control de carretera en la AP-6. (EFE)

Esta situación se entendía en un primer momento como una cuestión moral. Si había quien quería quebrantar las reglas, allá ardan en el infierno. La responsabilidad social nos empuja a hacer lo correcto. Pero a medida que pasa el tiempo, esa decisión ética comienza a envenenarse. En la calle, la sensación que abunda es que cada cual puede coger el coche e irse a la playa, o quedarse de fiesta toda la noche, o ir a una fiesta ilegal, y no le hace falta ser francés, sino que basta con echarle un poco de morro. Como un pacto táctico entre autoridades y la población que reconoce que, de ser efectivas las restricciones, esto ya habría ardido.

Quien pierde en esta situación es el que respeta escrupulosamente esas reglas que son iguales cuando la incidencia acumulada es de más de 1.000 y cuando se encuentra en 120 casos, normas que ya no tienen plazo de caducidad y que parecen haberse quedado para siempre, como el que se olvida de apagar la luz al salir.

¿Nos sacrificamos para que otros puedan incumplir las normas?

Pierde por dos sentidos: porque lleva meses renunciando a hacer ya no lo que quiere, sino lo que necesita (¿cuántos no han podido despedirse de sus padres por una regla que incumplen aquellos mismos que la diseñan?), y al mismo tiempo se siente marginado, humillado y ridiculizado por hacerlo. Mientras tanto, los que han comprobado que no pasa nada y reinciden tienen la ventaja de vivir en una realidad alternativa, más fácil que para el resto, y con la única desventaja de su mala conciencia.

¿Qué responde todo el mundo cuando uno se queja de que no puede salir de la comunidad? A nadie le he oído decir "muy bien, te honra". No, la respuesta habitual es "pues vete, como hace todo el mundo".

La pandemia de los tramposos

La sensación que comienza a abundar entre aquellos que decidieron que acatarían las reglas, le convenciesen o no, por una cuestión de principios y solidaridad, es que cada vez hacen más sacrificios para que otros puedan saltarse las normas. O como diría el alcalde de Málaga, renunciamos a nuestra movilidad para "garantizar un espacio más seguro a los que vienen de fuera".

Nos encontramos ante una trampa en la que ya no hay prisa para retirar ninguna medida porque se parte de que el que quiere hacer algo lo hace. Un pacto implícito que implica hacer la vista gorda (y, de paso, poder lavarse las manos políticamente manteniendo medidas y culpando a las disfunciones individuales). El problema se encuentra precisamente en todos aquellos que no quieren participar del cinismo de un sistema de todo cerrado menos para los que deciden no acatar las normas, que se enfadan, y con razón.

Ya no hay horizonte de retirada, sino un pacto tácito entre tramposos y autoridades

Lo veo a mi alrededor. Hay gente para la que la pandemia ya casi ni existe, porque su vida ha vuelto a ser casi casi como la de antes, viajes y juergas incluidos, y que paradójicamente a veces son los que exigen medidas más fuertes. Y hay otras personas que tienen la sensación de que esto no va a terminar nunca. Mi madre me decía el otro día que nunca antes como ahora tenía la sensación de que esto va a ser eterno, y la entiendo, como persona que cumple escrupulosamente las normas. Ya no hay horizonte de retirada, ni plazos ni promesas, sino un pacto tácito entre tramposos y autoridades.

Por supuesto que hay matices legislativos, competenciales y epidemiológicos que se escapan de la discusión, pero ¿quién los conoce? ¿Alguien se ha molestado en explicarlos detalladamente? Hace ya meses que las argumentaciones son vagas y preventivas, y solo existe una apelación a "un último pequeño esfuerzo final" que cada vez es menos pequeño y menos último. El horizonte de Semana Santa era ilusionante para mucha gente que hoy ya sospecha que el verano será más de lo mismo.

La experiencia del confinamiento demuestra que la gente está dispuesta a realizar sacrificios si es necesario: en una encuesta sin ninguna validez estadística que planteé el otro día en Twitter, la proporción entre aquellos que preferían inmovilidad para todos que barra libre de movimiento era de dos a uno. La diferencia es que de este tiempo a ahora la sensación de solidaridad comunitaria del primer confinamiento se ha esfumado en un "tonto el último" con la vista gorda de las autoridades políticas y una creciente sensación de humillación.

Nos encontramos en un momento delicado en el que los que han perdido a alguien pueden sentir que las medidas no han sido lo suficientemente eficientes para salvarlos, mientras que los que no entienden cada vez menos unas restricciones que no se aplican a todos por igual y que carecen de explicación, narrativa y horizonte. Estaría bien tener una respuesta pronto, porque la paciencia se agota, en mayo caduca el estado de alarma y hay quien tiene la sensación de que, como en 'Goodbye Lenin', parece vivir en un mundo en el que solo a él se le aplican las normas.

Este 7 de marzo, el programa de La Sexta El Objetivo invitó a su plató a Alfonso Fernández Mañueco, presidente de Castilla y León; a Ximo Puig, presidente de la Comunitat Valenciana; a Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha; a María Chivite, presidenta de Navarra; y a Fernando López Miras, presidente de Murcia, para debatir sobre la gestión de la pandemia. Entre otras cosas, sobre la movilidad entre comunidades.

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