El placer de poder permitirse no tener coche cuando eres un urbanita de clase media
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Héctor G. Barnés

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El placer de poder permitirse no tener coche cuando eres un urbanita de clase media

Vivimos en un mundo pensado para automóviles pero en el que a nadie le importa la gente que viaja en transporte público

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Foto: EFE/Ballesteros.

Si un tren sale de Atocha a las nueve y media de la mañana dirección Logroño a una velocidad de 150 kilómetros por hora y otro sale de Logroño a la misma hora y velocidad con destino a la capital, ¿a qué hora se cruzarán? A ninguna, porque no hay ningún tren que haga ese recorrido que salga de la capital antes de las doce y media de la mañana, como he comprobado ojiplático esta semana. No es “la pandemia”, me comentan, sino algo que ya ocurría de antes. No hay comunicaciones.

Cabe otra posibilidad, que es agarrar el volante de un automóvil y conducir por las autovías aún vírgenes de peajes de nuestra piel de toro. El problema, ah, es que tengo carné de conducir, pero no coche, y hace más de una década que no piso un acelerador. Ese ha sido mi privilegio como urbanita que ha vivido gran parte del último decenio dentro de la almendra central, el de sentirme verde y ecologista porque la mayor parte de mi vida transcurría dentro de los límites del abono de la zona A madrileña.

A los ‘bobos’ sin coche se nos ha quedado cara de bobos durante la pandemia

Un placer bobo (bohemio burgués) que de repente se tornó en tortura proletaria después del confinamiento. Mientras resoplaba debajo de la mascarilla, con las gotas de sudor resbalando por el surco del 'filtrum' y hacía equilibrios para no comerme a mis compañeros de vagón, habría dado mi mundo por un Seat Panda con aire acondicionado. La pandemia, en esto de moverse, y como ha ocurrido con tantas otras cosas, le ha recordado a la gente por qué lo bueno cuesta. "Hijo, cómprate un coche", que me dice a veces mi madre.

El teletrabajo y el retorno a la presencialidad han sido también un 'shock' para los urbanitas de abono mensual que estábamos acostumbrados a pasar al menos dos horas al día en el transporte público, un sinsentido vital que consentimos básicamente porque llevamos décadas haciéndolo. Eso mismo que a los motorizados vecinos de zonas alejadas de las grandes metrópolis les parece de género tonto. No sorprende que aquellos que tienen coche y viven más o menos cerca de la oficina son los que están más dispuestos a acudir presencialmente, mientras que los que tienen que meterse a diario en un metro en hora punta se lo piensan dos veces. A los ‘bobos’ sin coche se nos ha quedado eso, un poco cara de bobos.

Foto: Uno de los pocos lugares donde el transporte público es más eficiente. (iStock) Opinión

Me ha dado tiempo a darle vueltas al bonito concepto de 'ciudad de quince minutos' en trayectos que duran al menos una hora, y he pasado meses sin ver a algunos amigos porque simple y llanamente no se atrevían a meterse en el transporte público. A comienzos del verano pasado abundaron los mensajes que decían que no había que demonizar el transporte público, pero en algunos casos, había que hacer un gran acto de fe para no arrugar el morro al ver que de todo eso de aumento de frecuencias, control de aforos y medidas de seguridad, nada de nada.

Que no se tome esto como una apología del automóvil, nada más lejos de mi intención. Ni deseo ni pienso comprar uno. Pero si lo escribo es porque, aunque haya dejado gran parte de mi vida en los autobuses verdes de la Blasa, no es lo mismo tener coche en Lavapiés que en el PAU de Móstoles, como bien saben sus vecinos. Como bien se dio cuenta Macron a base de manifestaciones, hay un círculo vicioso en el que se le pide a la gente que ha tenido que marcharse del centro porque no puede pagarse el alquiler que renuncie a utilizar su automóvil, que para más inri ni siquiera le evita tener que enfrentarse a atascos monumentales cada mañana.

Muchas personas mayores no pueden renunciar al automóvil si no quieren aislarse

Todo ello, teniendo en cuenta que hablo desde una perspectiva urbana y madrileña. Si nos ponemos a hablar de los pueblos, no terminamos. Conviene recordar que una hipotética renuncia al automóvil aislaría aún más a muchas personas mayores que viven en municipios de pequeño tamaño y que tienen que salir de su localidad para comprar, ir al banco o, simplemente, para ver a su familia. Se suele pasar por alto el carácter liberador que el automóvil ha tenido en muchos pueblos pequeños y entre ciudadanos de mayor edad, que de ninguna manera se van a meter en uno de esos autobuses de línea con dos salidas al día (una por la mañana, otra por la tarde) desde la plaza Mayor.

Una de las grandes batallas que se avecinan es combatir el aislamiento, físico, mental y emocional que se cierne en forma de teletrabajo, peajes, plataformas digitales de cine y plataformas de comercio ‘online’. Un mundo de disponibilidad inmediata donde se desincentive juntarse con el otro, pero se favorezca el consumo privado. El mundo de la depresión crónica en una sociedad cada vez más envejecida.

La pandemia como canon

Lo ocurrido durante el último año sirve para entender lo que muchos ciudadanos sospechan que puede ocurrir con determinadas medidas como la imposición de peajes: que no sean un ‘trade off’ en la que se sacrifica algo a cambio de obtener otra cosa, sino un proceso unidireccional. Durante la desescalada, el pacto implícito era que habría que cumplir con determinadas restricciones a cambio del refuerzo de los sistemas sanitarios, de transportes y otros servicios públicos que nos protegerían. Un año después, ya nadie se acuerda de todas aquellas promesas para el mundo de mañana, mientras que el toque de queda o la prohibición de la movilidad pasaron a formar parte de nuestro día a día.

Foto: Agentes de la Policía municipal, en tareas de control en el Puente de Vallecas, en Madrid. (EFE/Rodrigo Jiménez) Opinión

Suban a un autobús para saber quiénes son (somos). Mujeres, personas mayores, trabajadores de menor nivel económico que sacrifican tiempo y salud cada día a cambio de unos servicios públicos devaluados. En definitiva, ninguno de los que escriben las reglas del juego. Los que han notado que ni siquiera podían coger un coche e irse a la sierra, ese paraíso natural paradójicamente solo accesible en contaminante automóvil (salvo que uno quiera hipotecar media jornada en llegar). La paradoja de vivir en un mundo pensado para conductores, pero donde a nadie le importa el usuario del transporte público.

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