Los madrileños somos los nuevos leperos
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Héctor G. Barnés

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Los madrileños somos los nuevos leperos

¿Cuentan los murcianos chistes de madrileños basándose en el cliché de "terrazas, libertad y franceses"? ¿'Madrileñofobia'? No: 'madrileñomofa'

placeholder Foto: Turistas en Madrid, marzo del año II de pandemia. (Reuters/Javier Barbancho)
Turistas en Madrid, marzo del año II de pandemia. (Reuters/Javier Barbancho)

Un chiste. Están dos leperos, padre e hijo, mirando al cielo nocturno, cuando el pequeño le dice a su progenitor: "Papá, papá, ¿qué está más lejos, Sevilla o la Luna?" El padre le responde: "¿Pues qué va a estar más cerca? ¿Acaso ves tú Sevilla desde aquí?".

Reescribamos el chiste. Están dos madrileños, padre e hijo, mirando al cielo nocturno, cuando el pequeño le dice a su progenitor: "Papá, papá, ¿qué está más lejos, Cuenca o la Luna?". El padre le responde: "¿Pues qué va a estar más cerca? ¿Acaso ves tú Cuenca desde aquí?". Pues eso.

¿Madrileñofobia? No, madrileñomofa

Vivir en Madrid, especialmente durante el último año pandémico, ha sido como protagonizar el segundo chiste: a Madrid le quedaba más cerca la Luna que la provincia de al lado. Por una cuestión de inmovilidad perimetral, claro, que nos ha hecho cocernos en nuestra propia salsa y volvernos locos en nuestra cámara de eco, pero también por el ombliguismo de nuestra excepcionalidad, nuestras elecciones, nuestra constante presencia en los medios de comunicación, nuestra relación metonímica con el resto de España. Madrid, Madrid, Madrid. Y no es un chotis.

No sé si viajar cura el racismo, pero salir de Madrid contribuye a aliviar un poco el 'madrileñocentrismo'. Escalar al otro lado de la sierra o meterse por el portal mágico de la estación de Atocha y emerger en otro punto de la geografía española provoca hoy un cierto 'shock' cultural. Las cosas no están donde estaban el año pasado. Si 2020 fue el año de la empatía originada por el reconocimiento de que Madrid había sufrido lo peor de la pandemia, enardecida en algunas ocasiones por esa imagen del madrileño contagiador que escanciaba virus por la costa levantina y los pueblos de montaña, este año el madrileño se ha convertido en un objeto de chanza, de reírse "con" y un poco "de". ¿'Madrileñofobia'? No, 'madrileñomofa'.

Foto: Pablo Casado e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Tal vez nos hayamos convertido ahora nosotros en el objetivo de todas las bromas. ¿Cuentan los sorianos y los tulorenses chistes sobre madrileños? ¿Habrá ahora mismo dos señores en Lepe diciendo "¿sabes por qué los madrileños se tiran a un pozo? Porque en el fondo no son tan tontos". Ya en serio, la primera respuesta cuando recuerdas que vienes de la capital después de un año, es "libertad", "terrazas" y "franceses". Oh, dios mío. Nos hemos convertido en un cliché, en un estereotipo. Somos los nuevos leperos.

Recogiendo tempestades

Un poco sí que me enfado a veces. No, no me he pasado el último año de bar en bar, ni me siento más libre, ni le envidio la suerte a nadie ni entiendo que nadie me la envidie. A veces respondo y digo que yo también he pasado meses sin ver a mis padres, aunque vivían en la misma comunidad, porque no podían salir de su municipio (hemos tenido la mala costumbre de respectar las restricciones), que los franceses me dan igual, que el invierno en una ciudad devorada por la nieve (y, después, al derretirse, por la mierda) no ha sido fácil, que el toque de queda también ha operado. Que ha sido un año de mierda, por decirlo mal y rápido. Nada que el resto no haya pasado, por supuesto, pero Madrid no ha sido una excepción. No me siento más libre ni más sano ni más protegido.

Cada vez es más difícil extrapolar lo que ocurre en Madrid al resto de España

Es más, le cambiaría a la mayoría de ellos nuestros bares abiertos por un menor número de conocidos con familiares muertos. Que Madrid haya tenido un exceso de mortalidad brutal es una tragedia, no un motivo de escarnio. Que alguien se atreva a ir a un funeral a dar el pésame con un "disfruten lo votado", valientes.

Pero ¿cómo pretender que no sea así? Si uno decide convertirse en cliché, un cliché será. Ni se puede ni lo pretendo. De igual manera que durante décadas el paleto rural (entrecomillado, claro está) había sido el cliché ridiculizado desde las ciudades, quizá ya iba siendo hora de que la tortilla se diese la vuelta y, en un acto de justicia humorística, que ellos, los olvidados, se rían un poco de nosotros. Porque Lepe no es Lepe, no es una localidad en la provincia de Huelva que destaque por la baja inteligencia de sus ciudadanos, sino que es el estereotipo convencional de lo paleto, que circunstancialmente coincide con una localidad en la provincia de Huelva. Alguien tenía que convertirse en canon.

placeholder Cliché y realidad. (Reuters/Javier Barbancho)
Cliché y realidad. (Reuters/Javier Barbancho)

De igual manera, los chistes sobre madrileños, su reducción a meca del cañeo y del 'terraceo' y de los turistas, son un estado mental que muestra la excepcionalidad centralista frente al resto del país. La mofa y la ironía son la venganza de la periferia, el arma de resistencia frente al protagonismo exacerbado de la capital: convertirnos en cliché, ser estereotipos, pasar a ser el Otro. Porque ahí se encuentra el quid de la cuestión, en que cruzar la frontera de la comunidad —en la pandemia, las fronteras han vuelto a ser visibles— sirve para darnos cuenta de que cada vez es más cierto aquello de que lo que ocurre en Madrid se queda en Madrid.

Cierto, literalmente. Cada vez es más difícil extrapolar lo que ocurre en la capital (social, cultural, pero también políticamente hablando) al resto de España. Es un buen recordatorio para los estrategas políticos que pretendan elevar éxitos locales a campañas nacionales. 'Madrid is not Spain', para lo bueno y para lo malo.

La venganza se sirve jocosa

Esta distancia, esta reversión de roles, es una manifestación más de una vieja conocida que no por conocida no dejará de ser cada vez más crucial. La tensión entre periferia y centro es uno de los clivajes políticos tradicionales, tal como lo establecieron los politólogos Seymour Lipset y Stein Rokkan a finales de los años 60, como resultado de la creación de los Estados modernos. Una tensión entre las élites de las zonas urbanas y los habitantes de las zonas más alejadas, que puede parecer la misma que la de campo-ciudad, pero no lo es. Es la tensión cada vez más patente entre Madrid y las regiones de su entorno, ya ni siquiera Cataluña o País Vasco. Una relación de recelo mutuo, de miradas por encima del hombro, de envidias, intrigas y reducciones al absurdo.

La idea con la que se han quedado es que hemos pasado la pandemia de bar en bar

Lo definía bien Alberto Santamaría en una entrada en su blog titulada 'La izquierda topo (o por qué nos quedamos en provincias)', si bien también podría aplicarse a la derecha: "La izquierda topo es aquella que es ciega al hecho de que hoy, ahora, si es posible que algo pase en España no será en Madrid, ni siquiera en Barcelona. Son las provincias, esas provincias tan menospreciadas por la izquierda topo, desde donde puede venir un cambio. Para ello, por supuesto, será necesario 'destopizar' a la izquierda tanto madrileña como de provincias. El madrileñismo es la tumba de la izquierda, porque es un ombliguismo arrogante que no se da cuenta de sí mismo".

Es posible que el éxito arrollador de Ayuso haya conseguido, paradójicamente, que también la derecha haya adoptado su propia versión del ombliguismo arrogante. Si alguien quiere leer algún futuro en los posos políticos, quizá debería mirarlo ahí, en el creciente choteo de las regiones que no aparecen más que en los diarios locales y los noticiarios regionales, no en extrapolar lo ocurrido en una región de España al resto, cuando en todo caso debe entenderse como espejo oscuro, como imagen en negativo del estado de ánimo nacional.

placeholder Vaya añito. (Reuters/Marco Trujillo)
Vaya añito. (Reuters/Marco Trujillo)

Mientras tanto, los madrileños nos hemos muerto, hemos perdido a familiares o a amigos (o, los afortunados como yo, solo tenemos familiares y amigos que han perdido a familiares y amigos), hemos acatado restricciones, hemos vivido una primera ola terrible y al final el resto se ha quedado con la idea de que hemos pasado lo más duro del duro invierno de terraza en terraza. Hay momentos, muchos, en los que no renta nada ser de aquí, de Madrid.

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