A propósito del macrobrote de Mallorca: cuidado con reabrir la veda del pánico moral
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Héctor G. Barnés

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A propósito del macrobrote de Mallorca: cuidado con reabrir la veda del pánico moral

Quizá debería importarnos menos los comportamientos de la gente y dedicar más esfuerzos a aliviar el clima de miedo y paranoia que ha impuesto el coronavirus

Foto: Foto: Reuters/Enrique Calvo.
Foto: Reuters/Enrique Calvo.

Es posible que 'Sweet Tooth' no sea la mejor serie que uno puede ver hoy, pero contiene una imagen muy poderosa. Una de las subtramas de la serie ambientada en un futuro cercano, sacudido por una pandemia sospechosamente parecida al coronavirus, presenta a un grupo de pauers que sobreviven a posibles rebrotes en un vecindario idílico de suburbio americano, tan idílico que resulta inquietante.

Su método es sencillo. Cada vez que alguien presenta el menor síntoma (en el caso de la ficción de la serie, temblor en el dedo meñique), se le ata con celofán a la silla del salón, se le prende fuego mientras se le despide cantando 'Auld Lang Syne' ("¿deberíamos olvidar a nuestros amigos y nunca acordarnos de ellos?") y a dormir, que mañana será otro día. Una estrategia radical, pero parece ser que útil, en la que bajo la apariencia de protección de la comunidad no se esconde otra cosa que el hiperindividualismo extremo. Si te contagias, adiós muy buenas. Muerto el perro, se acabó la rabia, etc.

Debería darnos igual dónde, cuándo y cómo se ha contagiado nadie

Las escenas que muestran este acto de purificación ritual son la exageración tétrica de algo que todos hemos vivido en algún momento del último año: las pesquisas para intentar averiguar dónde, cuándo y cómo se contagió alguien. "Algo habrá hecho para contagiarse". "A saber dónde lo ha pillado". El verano pasado presencié demasiados episodios semejantes, cuando, con la incidencia desplomada tras el confinamiento domiciliario, cualquier contagio era sospechoso de negligencia. Como observador, reparaba que una y otra vez se terminaba acordando que lo más probable es que se hubiese contagiado en aquel viaje a la playa o aquella visita al bar o un indefinido y moralista "a saber", aunque todos los indicios apuntasen a que muy probablemente había cogido el virus en alguna reunión familiar.

Yo siempre intentaba aportar, en voz bajita, mi pequeña objeción. En realidad, salvo que nos dediquemos profesionalmente a ser rastreadores, debería darnos igual dónde, cuándo y cómo se contagió nadie. Debería darnos igual moralmente. Seguir el rastro de migas de los contagios suele ser un atajo hacia nuestros prejuicios más consolidados, los discursos sociales más irracionales, los miedos que nunca se cuestionan y que dicen más acerca de nosotros que de los demás. Es la moral del visillo en la era pandémica.

placeholder Quemando al contagiado en 'Sweet Tooth'. (Netflix)
Quemando al contagiado en 'Sweet Tooth'. (Netflix)

Recuerdo esto porque ahora que la marea de la incidencia desciende, es más fácil quedarse con el culo al aire. Dicho de otra forma, es pertinente recordar que van a ser mucho más visibles los brotes como el de Mallorca que hace meses, cuando la transmisión comunitaria era tan elevada que prácticamente no podía saberse si alguien se había contagiado en su casa, en un bar, en el trabajo o en el autobús. La mejora de la situación, paradójicamente, puede devolvernos a aquellos momentos del verano pasado en los que sacábamos la pizarra y el árbol genealógico para intentar desentrañar las vías del contagio y, de paso, erigirnos en jueces del comportamiento ajeno. Cuando se termine la Eurocopa, empieza el Gran Prix del verano de la indignación moral.

Conviene no perder de vista el cambio de paradigma que supuso, después del confinamiento, la obsesión en la responsabilidad individual de la que ya escribí en otras ocasiones. De repente, los contagiados pasaron de ser víctimas a ser culpables, como los ajusticiados en 'Sweet Tooth' por mor de la protección de la aldea. En la medida en que la letalidad de la pandemia ha descendido, existe la tentación de empezar a ver a los nuevos casos como meros vectores de transmisión, no como enfermos, especialmente si son jóvenes.

No es necesario que toda noticia se convierta en un juicio moral

Me importa poco o nada lo que hiciesen los chavales de Mallorca, y creo que hemos dispuesto de demasiada información sobre sus vidas, lo que hacen o lo que dejan de hacer. No es necesario que toda noticia se convierta en un juicio moral, no hay que convertir la pandemia en una caza al irresponsable. Tal vez sería más útil perseguir que las empresas se lucren con actividades que no cumplen los requisitos de seguridad. No se me ocurre peor manera de cerrar la pandemia que convertirla en un espectáculo televisivo moralizante.

Un matiz importante: esto no quiere decir que me parezca bien lo que hicieron o no hicieron los chavales, quiere decir que no debería importarnos tanto. Ni, mucho menos, pretender elevar a categoría la anécdota, atizando una vez más a los jóvenes como si fuesen una horda de descerebrados irresponsables y no una condición heterogénea a la que se ha estigmatizado con una ligereza que linda lo inmoral. Estamos acostumbrados a convertir cualquier noticia en una discusión moral, como si la actualidad fuese un espectáculo preparado para que debatiésemos sobre la vida de los demás. Tal vez sería más interesante preguntarse por los aspectos legales o políticos. Por el espacio común, el espacio en el que podemos influir y actuar.

La tesis que todos queríamos corroborar

El argumento llevaba escrito desde el 9 de mayo, cuando los botellones para celebrar el final del Estado de alarma provocaron que algunos corriesen a escribir borradores sobre brotes descontrolados y oleadas de contagios que terminaron guardándose en un cajón cuando los datos no confirmaron la intuición apocalíptica. Un mes y medio después, muchos han podido reciclar aquellas noticias abortadas al encontrar el ejemplo que buscaban de la manera más grosera y extrema, en la que se mezclan todos esos ingredientes que tan sabrosa hacía la historia. Jóvenes, fiesta, alcohol, islas Baleares. El combo perfecto, como caído del cielo. Una metonimia interesada, la parte por el todo.

Lo que ha ocurrido con los jóvenes es buen ejemplo del pánico moral de Stanley Cohen

Algo semejante ocurre con el fútbol. Hace unos días comenzó a circular la noticia de que había 2.000 casos en Escocia relacionados con el fútbol. Sin embargo, como matizaba Nick Triggle, editor de salud de la BBC, eso no quería decir que lo cogiesen en Wembley o viendo el partido. Simplemente, "el 6% de las personas que pillaron el virus fueron a alguna parte a ver un partido". El orden de los factores era el inverso. Sin embargo, el runrún del discurso que vuelve a vincular la actividad ociosa con los contagios ha vuelto a viralizarse.

Son signos del retorno del policía de balcón, reconvertido a rastreador de contagios y moralizador de conductas ociosas, una de las consecuencias más tristes de la era de la pandemia. Nos arriesgamos a enfrentarnos a un verano de caza y captura del siguiente supercontagiador, de alarmismo ocasionado por datos retorcidos y lecturas interesadas que olvidan que los jóvenes también han realizado sus sacrificios, y que generalizar sería como culpabilizar a todos los empresarios de España por un brote entre temporeros sin contrato.

Serían ejemplos clásicos de lo que en sociología se conoce como pánico moral, esa "percepción distorsionada de una condición, persona o grupo que emerge de repente como una amenaza para determinados intereses o valores sociales", en la que los medios sobredimensionan un aspecto del comportamiento de un grupo determinado. Es significativo que Stanley Cohen acuñase el término a partir del retrato que los medios ingleses ofrecían de las peleas entre 'mods' y 'rockers' en Reino Unido. El pánico moral surge relacionado con subculturas juveniles que se perciben como un riesgo para la estabilidad de la sociedad, y décadas después, ha retornado en mitad de una pandemia en la que no hemos parado de buscar culpables.

El problema es que nos quedemos con los árboles y no veamos el bosque. Es decir, que la vacunación ha avanzado a un ritmo vertiginoso que no podíamos ni imaginar hace unos meses, que las hospitalizaciones y las muertes se han reducido, por lo que cada vez veremos más eventos macrocontagiadores que serán cada vez menos peligrosos, que los jóvenes aún no han empezado a vacunarse y que no solo han tenido que acatar las normas como cualquier otro, sino que ha habido barra libre para acusarlos de cosas que la mayoría no había hecho.

Foto: Dos jóvenes que permanecen en aislamiento en el hotel Palma Bellver de Palma. (EFE)

El bosque también es aprender a enfrentarnos a estos brotes sin caer en el drama, el sentimentalismo o el amarillismo, porque el bosque es recordar que probablemente el virus seguirá dando vueltas mucho tiempo, y que a pesar de ello podremos seguir con una vida normal. Tal vez sea más interesante preguntarse por qué personas con dos vacunas puestas siguen sintiendo pavor al salir a la calle, porque tal vez esté más relacionado con el miedo promovido por los discursos moralizantes de lo que pensamos.

Playa