¿Tienes la sensación de que llevas años sin vacaciones? Cómo el covid remató el verano
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Héctor G. Barnés

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¿Tienes la sensación de que llevas años sin vacaciones? Cómo el covid remató el verano

Es un comentario que se repite, el de sentir que no se ha podido descansar en año y medio. Pero aunque la pandemia lo ha agudizado, es un proceso que ya estaba en marcha

Foto: Foto: Reuters/Vincent West.
Foto: Reuters/Vincent West.

Ahora que aprieta el calor, vuelve el runrún del año pasado. Por un lado, la sensación de que en 2020 no llegamos a tener vacaciones (ni tal vez las tendremos este), que vivimos en un contínuum desde que "empezó todo esto". Un sentimiento que se mezcla con otro no menos frecuente, el de que parece mentira que ya estemos a mediados (perdón, ¡finales!) de julio. Todo parece un poco mentira, pero la sensación de que hemos perdido el control del tiempo lo hace aún más irreal. Uno mira a su alrededor y, si no fuese por la canícula, esto podría pasar por el 20 de enero. Ninguna rueda ha dejado de girar.

¿Por qué pasa esto? Hay una respuesta sencilla. Ha sido un año muy complicado, estamos todos hechos polvo y muchas personas, directamente, no se fueron a ninguna parte el año pasado, sea por cuestiones económicas, sea por protección, sea por un poco de todo.

La pandemia ha convertido el tiempo en un continuo sin principio ni fin

Un corolario a esta teoría. Si miramos los datos del último CIS publicados esta semana, un 70,9% de las personas que se consideran de clase alta admiten que se irán de vacaciones. Si nos fijamos en la clase baja/pobre, este porcentaje se desploma al 22,3%. Aún hay clases.

Es muy probable que a usted le convenza esta teoría, así que puede dejar de leer aquí. Si no, sigamos: sospecho que lo ocurrido durante el último año y medio le ha dado la estocada definitiva a algo que estaba ocurriendo ya, que es el final del tiempo (moderno) tal y como lo conocemos.

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Foto: Reuters/Costas Baltas.

Paradójicamente, lo que el gran acontecimiento de nuestra era ha logrado es que el tiempo pase a ser pura argamasa, al trastocar todo aquello que marcaba nuestros ritmos. El final del curso escolar, las vacaciones (viajes incluidos), la vuelta al cole, la Navidad, la Semana Santa, el comienzo del verano, etc. También los pequeños rituales íntimos, como las reuniones familiares por un cumpleaños, las excursiones que se repiten año tras año o las pequeñas repeticiones maniáticas que han desaparecido y nos ayudaban a recordar que un año había pasado.

La gente se comporta como si las vacaciones no existiesen

Esos pequeños rituales se han extinguido. El tiempo ya no se mide en Navidades y veranos, sino en olas que uno no sabe muy bien ni cuándo vendrán ni cuándo terminarán. El tiempo se ha convertido en un maremágnum de incertidumbre. Como la pandemia, nada empieza o termina. Las cosas que salen adelante lo hacen a duras penas y fuera de fecha.

Esto tiene su reflejo más evidente en las vacaciones, que han sido su principal víctima (aunque ya estaban a punto de perecer). Con vacaciones no me refiero a esos días que por ley todos los trabajadores tienen derecho a disfrutar, ni siquiera a la posibilidad de viajar a otro destino para inventarse una nueva rutina a 500 kilómetros de tu almohada habitual. Me refiero más bien a las vacaciones como un estado de pausa, de detenimiento, de antes y después. Un punto de inflexión, un compás vacío. Si las vacaciones son una tregua en la marcha normal de las cosas, no ha habido tregua posible y, como explicaba la semana pasada, no parece que vaya a haberla para muchas personas.

Foto: Foto: Reuters. Opinión

El teletrabajo, además, ha agudizado que la gente se comporte como si las vacaciones no existiesen. Cogí unos pocos días libres hace un par de semanas y nunca antes me había resultado tan difícil desconectar. Como ya no se sabe si uno no está porque no está, porque teletrabaja o porque se ha sublimado en estado gaseoso, raro era el día que no tenía que responder mensajes recordando que no estaba trabajando.

Muchas veces, los mensajes iban acompañados de la muletilla "ya sé que estás de vacaciones, pero…". Lo razonable habría sido, directamente, no responder. Pero la sensación acuciante de que el tiempo no se para, de que es más sencillo responder en ese momento que a la semana siguiente cuando se hayan acumulado 800 mensajes, termina provocando que uno siga trabajando incluso en sus días libres. Es más fatigoso dar explicaciones.

Los recuerdos no son para el verano

Una de las razones por las que esto ya ocurría antes de la pandemia es porque habíamos adoptado la positiva costumbre de no irnos todos de vacaciones a la vez. Esta flexibilidad que permite disfrutar de una semana tonta en el tonto mes de noviembre, a la vez, tiene una consecuencia lógica, que es que el "cerrado por vacaciones" ya no existe. La rueda (del hámster) no para.

Los veranos tras la infancia nunca son lo mismo porque el trabajo lo determina todo

Cada poco tiempo, el típico artículo de 'The Economist' o el 'Financial Times' suele señalar, sorprendido, lo mismo: ¡es increíble, los españoles se cogen todo el mes de agosto libre y el país se paraliza! Esto, que para los anglosajones es inconcebible y que cada vez es menos cierto, ya había conseguido que los agostos hubiesen dejado de tener lo único bueno que tenían, que era que la sociedad en su conjunto dejase de pensar en el trabajo. En el fondo, era otra forma de paralizar el tiempo, de pausa, de ruptura con la implacable dictadura de la productividad. Como cuando en verano abuelos, hijos y nietos se echan la siesta al mismo tiempo.

Una de las quejas más habituales entre adultos es que los veranos, una vez uno supera la adolescencia, ya no vuelven a ser como los de la infancia. Hay razones lógicas para ello, desde la mera duración hasta la acumulación de experiencias iniciáticas pasando por el hecho de que dos meses cuando tienes 10 años son como un año cuando tienes 80. Pero a todo ello hay que añadirle un factor esencial que muchas veces se suele pasar por alto: los niños no trabajan y debido a que desde que uno comienza su vida laboral, el trabajo es lo que articula todo, los veranos nunca vuelven a ser iguales.

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Foto: Reuters/Kim Kyung-Hoon.

Sobre todo, teniendo en cuenta que en el último año y medio la maquinaria social se ha puesto en marcha para que tengamos que renunciar a todo durante la pandemia (a ver a nuestros seres queridos, a desplazarse entre comunidades, a salir de noche) menos a trabajar. Milagrosamente (je), en lo que no ha habido ninguna tregua ha sido en la marcha incansable del trabajo. No solo eso, sino que el retorno de la espada de Damocles del ERTE y el paro ha provocado que se trabaje más que nunca.

La centralidad del trabajo ha contribuido a este fin del tiempo de la modernidad. En sus trabajos, el filósofo alemán Hartmut Rosa realiza una interesante apreciación. Normalmente, explica, experimentamos tiempos cortos/largos y largos/cortos. Es decir, cuando hacemos algo que nos gusta, el tiempo pasa muy rápido (como cuando viajamos de un país a otro, desayunamos en nuestra casa y cenamos en la Cochinchina) pero lo experimentamos como una experiencia de gran peso, "larga". Cuando nos aburrimos, el tiempo se nos pasa 'muuuuuy lentamente', pero el peso que deja en nuestra memoria es muy pequeño.

La pandemia ha acortado el tiempo al eliminar los eventos que podían alargarlo

La paradoja de la era de la aceleración, prosigue Rosa, es que lo experimentamos todo como un tiempo corto/corto. Es decir, cuando navegamos por internet, trabajamos o vemos la televisión, el tiempo se nos pasa volando, pero no deja ninguna huella en nosotros. Vivimos rápido y vivimos sin recuerdos. El tiempo se esfuma y tenemos la sensación de que no hemos hecho nada de valor. La pandemia ha hecho el tiempo corto más corto aún, al eliminar todos aquellos acontecimientos que potencialmente podían alargarlos, desde las epifanías privadas a los macroeventos de masas. La reducción de experiencias significativas que nos ha empujado a vivir a base de sopitas de Netflix y Amazon ha provocado que cuando nos vamos de vacaciones, si es que nos vamos, tampoco tengamos la sensación de que el mundo se ha parado.

Menos mal que tenemos los Juegos Olímpicos para recordarnos que no nos hemos quedado congelados en el tiempo. Es revelador que muchos veranos felices estén relacionados con eventos deportivos, incluso para aquellos a los que no les gusta el deporte, quizá porque esta clase de acontecimientos son picas en Flandes en el tiempo pasado, telones de fondo de experiencias iniciáticas. Uno puede saber qué estaba haciendo durante Barcelona 1992 aunque no pueda citar a más de un medallista.

Foto: Estrujando hasta el último minuto hasta volvernos locos. (iStock) Opinión

Quizá las vacaciones ya no sean posibles porque estar "vacío", "vacante", "vago" tampoco es posible. La sensación acentuada por nuestra ultraconexión vía teléfono móvil de que el mundo sigue adelante mientras estamos en la playa nos recuerda que eresy solo tú el que se está tomando una tregua. Un cartel en el vagón del metro dice "no te relajes ante el covid". Por eso no hay vacaciones, porque ya nadie puede relajarse, no puede parar, el tiempo se ha descoyuntado y solo nos queda un mar de trabajo inútil y olas pandémicas inacabables.

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