La vida absurda en la España sin servilleteros: la pandemia entra en fase sainete
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Héctor G. Barnés

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La vida absurda en la España sin servilleteros: la pandemia entra en fase sainete

A estas alturas, la acumulación de recomendaciones, medidas que van y vienen y consejos no tiene ningún sentido, así que hemos decidido abrazar el dadaísmo pandémico

Foto: Mucho plato, poco servilletero. (Reuters)
Mucho plato, poco servilletero. (Reuters)
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Hay una pregunta que me hago con frecuencia mientras el kétchup chorrea de mis dedos y me doy cuenta de que he vuelto a olvidar que los servilleteros desaparecieron de nuestras vidas hace año y medio. ¿Cuántas vidas habrá salvado la supresión de esos aparatos ultracontagiadores? ¿Cuántos de nosotros no estaríamos aquí para contarlo si no se hubiese convertido en costumbre retirarlos de algunos bares (en otros siguen, coherencia ante todo)? Y, sobre todo, ¿cuánto ahorro le habrá supuesto a la hostelería prescindir de la higiene más básica?

Cada uno tiene un hito en su cabeza que marcará el final de la pandemia. Hace tiempo pensé que el mío sería el del retorno de los servilleteros, si no fuese porque sospecho que no van a volver nunca. Es una de esas rémoras del siglo XX que hemos dejado por el camino, como los dos besos o compartir un mini de cerveza. Si a John Snow se le recuerda por haber identificado el origen del gran brote de Londres en 1854 en un pozo común, en esta pandemia alguien pasará a la historia por su pertinaz lucha contra los servilleteros. O por cerrar los parques al aire libre. O las resbaladizas alfombras anticovid, que probablemente han roto más caderas que vidas han salvado. Otros grandes inventos, como los labios anticovid, quedaron por el camino.

Los carteles con los consejos descontextualizados del año pasado son ruinas

Este verano es evidente que vivimos ya entre los restos de la pandemia, en forma de pegatinas en el suelo que piden que guardemos distancias de seguridad irreales, destrozados mensajes en las paredes pegados con celo en mayo del año pasado y urinarios que siguen clausurados porque yo qué sé. Son como los carteles descoloridos de una corrida de toros celebrada el año anterior, un calendario de 1987 en la pared, como un expositor de casetes en una gasolinera. Cada mañana, mientras espero al autobús en hora punta, veo un anuncio que dice "evite las horas punta". Ahí siguen todos los consejos vacíos, descontextualizados, como ruinas romanas que se acumulan sobre las griegas.

En el fondo, esta disonancia entre los consejos desfasados y nuestra realidad es entrañable. Ahora mismo, nos encontramos en la fase pandémica del teatrillo. Más concretamente, del sainete. Uno asiste a cosas descacharrantes: gente escrupulosamente separada en un auditorio al aire libre mientras 10 metros más allá grupos de personas comparten besos y abrazos; a comensales que se tira tres horas dentro de un bar sin mascarilla y que, al salir al calor del veranito, se la pone; Mestalla con un 40% de aforo… pero eso sí, un 40% apelotonado; y gel, sobre todo gel, gel antes de comer, gel entre plato y plato, gel con el postre, gel con el cubata, porque ya nadie se acuerda que era una alternativa socorrida cuando no existiese la posibilidad de lavarse las manos. Como las medidas, recomendaciones y costumbres son cada vez menos coherentes, hemos decidido abrazar el dadaísmo.

En esta fase del astracán, la gente sigue manteniendo ciertas precauciones, pero más por parodia y costumbre que por convencimiento. Como diría un colega, por hacer la 'perfo'. Para enviar un mensaje a los demás: eh, mírame, yo controlo. Si ya nos hemos librado del toque de queda y de la prohibición de movernos entre provincias, no nos importa hacer un par de gestos para que los demás se queden contentos. Sospecho que estamos con la pandemia como con la ETA cuando se empezaron a aceptar los chistes sobre la ETA, y buena muestra de ello es que cuando el metro de Bilbao publicó aquel incalificable vídeo de un tipo con EPI desinfectando los escalones, hasta a Pedro Piqueras, nuestro rictus apocalíptico por antonomasia, le dio la risa.

Que haya más chanza que terror es una buena señal, y como con los chistes de la ETA, no quiere decir que la pandemia se haya acabado, pero sí que estamos un poco mejor de la cabecita. En el fondo, esta clase de rituales (porque no dejan de ser rituales, como sacrificar unas cuantas vírgenes o seguir los consejos psicomágicos de Jodorowsky) sirven para que algunos se sientan un poco más tranquilos, otros cumplidores y cada uno pueda volver un poco a su vida, que ya hacía falta. Al final, un par de chorritos de gel o un servilletero de menos son peajes aceptables a pagar para no tener que aguantar los insoportables vaivenes que hemos sufrido el último año. Total, cuando las olas vienen fuerte, no hay nada que las detenga. Y más allá de la segunda vacuna, poco margen nos queda.

Como niños en el recreo

Es posible, ejem, que la actitud de las autoridades hacia la población haya sido un tanto paternalista, como aquello de desaconsejar las mascarillas hasta que hubo suficiente abastecimiento para tener que llevarlas hasta para dormir. Siguiendo esta lógica, ahora mismo nos encontramos en una de esas horas en las que el profesor tenía que salir a hacer un recado, les decía a los niños que podían dedicar el rato a hacer deberes, y el chavalín menos espabilado alzaba la mano y preguntaba "¿y podemos hacer cosas que no sean deberes?"

Unos viven en el teatrillo y a otros esta ficción compartida les da tranquilidad

Pues claro que no. Por supuesto, al profesor le daba igual lo que hicieran, pero tenía que decir que no porque lo que no podía permitirse era que nadie pensase que él había dado luz verde a eso. En la pregunta estaba la trampa. En el fondo, todo el mundo es libre de hacer más o menos ya lo que quiera, y que se haya externalizado la responsabilidad primero a los jóvenes y ahora a nadie en concreto es una buena excusa para que nadie piense que él es el incumplidor. No se puede decir en voz alta que todo ha acabado (porque en realidad no lo ha hecho), pero tampoco ser más el profesor vigilante. Mejor ser el profesor ausente. Yo, personalmente, lo prefiero al profesor castigador.

Lo que esta distancia entre el discurso oficial y la práctica habitual genera son dos realidades, como ya expuse en una reciente columna. Entre aquellos que han conseguido volver a sus vidas normales o, mejor dicho, habituales, y los que aún no han podido salir de marzo de 2020. Los primeros viven en un teatrillo, conscientes del alto grado de paripé que a estas alturas ya hay en muchas convenciones pandémicas, y los otros no están de acuerdo, pero esta ficción compartida les transmite cierta tranquilidad, así que todos contentos.

Foto: Foto: Reuters. Opinión

Mejor eso que los mensajes continuos de alerta, el "no bajes la guardia" en las marquesinas de las paradas, en los trenes, en las esquinas de nuestras ciudades. Psicólogo no soy, pero sospecho que mantener a la población en un estado de alerta continua no es ni posible, ni deseable, ni eficiente, porque hay un momento en el que cualquiera (todos) revienta. Una de las pocas enseñanzas relevantes que he obtenido de todo esto es de la importancia que en nuestras vidas tiene la socialización, y lo terrible que es ponerle cortapisas. El aislamiento, y todo lo que de él se deriva (problemas mentales, radicalización), es uno de los grandes problemas a los que nuestra sociedad tiene que enfrentarse. Cercenar la socialización es coser una herida para abrir una sangría por otro sitio. Los efectos no se ven a corto plazo, pero poco a poco van calando en el largo, y entonces es demasiado tarde. A lo mejor el #ZeroCovid es posible, pero ¿a costa de qué? Sus defensores nunca se lo plantean.

La gente ha reencontrado con energía el placer de socializar, de compartir, que en el fondo es lo que nos hace humanos (la mera supervivencia es una cuestión animal). Una socialización cómica, en la que nos damos cuenta de lo pequeños que somos, pero por esa misma conciencia, nos vemos un poco más grandes. En el teatro, salvo que se le vaya la mano con el Stanislavski, uno sabe que cuando se quite la máscara el rey Lear resucitará. No se puede acusar a la gente de querer pasar página. Cuando llega el verano, los chicos se enamoran. Y quizá el amor también contagie como los servilleteros, pero mejor morir enamorado que sobrevivir loco.

Hay una pregunta que me hago con frecuencia mientras el kétchup chorrea de mis dedos y me doy cuenta de que he vuelto a olvidar que los servilleteros desaparecieron de nuestras vidas hace año y medio. ¿Cuántas vidas habrá salvado la supresión de esos aparatos ultracontagiadores? ¿Cuántos de nosotros no estaríamos aquí para contarlo si no se hubiese convertido en costumbre retirarlos de algunos bares (en otros siguen, coherencia ante todo)? Y, sobre todo, ¿cuánto ahorro le habrá supuesto a la hostelería prescindir de la higiene más básica?