Discutir sobre aguacates es una buena manera de evitar hablar de dinero
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Héctor G. Barnés

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Discutir sobre aguacates es una buena manera de evitar hablar de dinero

El rencor cultural y la caricaturización hacia ciertas formas de vida "cool" es un buen subterfugio para evitar tener que discutir sobre desigualdad social y económica

Foto: Un hombre de paja, un barrio de paja, una comida de paja. (CC/Leslee)
Un hombre de paja, un barrio de paja, una comida de paja. (CC/Leslee)

Está científicamente demostrado. Se tarda más tiempo en llegar desde Móstoles hasta el centro de Madrid que desde el centro de Madrid hasta Móstoles. Uno podría pensar que se debería tardar lo mismo en ir de A a B que de B a A. Pero no. Ir de Móstoles al centro supone coger el autobús, bajarse en Príncipe Pío y subir la Cuesta de San Vicente. Hacer lo contrario supone el trayecto inverso, con la diferencia de que es cuesta abajo.

Esto podría ser una metáfora. Quizá de la dificultad para ascender y la facilidad para bajar cuando no eres clase alta y no vives en el centro, quizá de los desplazamientos geográficos que obligan los desplazamientos sociales, tal vez un poco de todo. Lo que está claro es que quien ha vivido en el centro de Madrid nunca se ha hecho esta clase de preguntas, porque ya estaba en el ajo. Pasé años y años de mi adolescencia montándome en la 521, pasando una hora viendo desfilar centros comerciales y trepando la cuesta para ahorrar el euro veinte de un billete de metro. Como yo, otros tantos. Mucha gente por la cuesta.

"No es lo mismo nacer en Cebreros que en una ciudad universitaria"

Esta semana se ha viralizado un vídeo en el que Adolfo Suárez hacía alarde de su proverbial elocuencia, porque toca uno de los temas del momento: la meritocracia. "Todos decimos que al nacer somos iguales, y jurídicamente es verdad, pero no es verdad", le contaba en aquella entrevista de 1986 a Mercedes Milá. Ponía un ejemplo: "No es lo mismo nacer en Cebreros, donde el máximo impacto cultural que conocía como niño era un pasodoble tocado por la banda municipal, que en una ciudad universitaria, donde el impacto cultural que recibe uno es muy grande".

Se le puede achacar que, aun naciendo en Cebreros, Suárez obvia que provenía de una familia de abogados, jueces y procuradores. Es decir, corre un tupido velo por la clase social y se centra en lo cultural. Pero aceptemos pulpo. Hoy nos llama la atención que parezca despreciar esos pasodobles de fiestas de pueblo, quizá porque él sí los había tenido que sufrir. Aún más lo hace su defensa de que se pueda "caer desde los puestos más altos a los más bajos si dejan de esforzarse, sacrificarse, etc.".

Una meritocracia en la que no solo se puede ganar, sino también perder. Resulta llamativo porque la posibilidad de la caída social, de bajar por la cuesta aunque vivas en el centro, ha desaparecido de los discursos públicos. Como me contaba recientemente el sociólogo Carlos Gil, lo que cuenta Suárez no ocurre nunca. Raramente se desciende en el ascensor social mientras que resulta cada vez más difícil ascender. No repetiré lo que él cuenta tan bien en la entrevista.

Esto tiene una traducción en lo geográfico. La cuesta de San Vicente por la que uno trepa hasta el centro de Madrid es la manifestación física de una idea que es cada vez más evidente: esos largos desplazamiento a la capital desde Móstoles, desde el barrio, desde la capital de provincias, desde el pueblo, desde cualquier otro lugar de España son la expresión de la distancia que hay entre el éxito y quedarse atrás, un itinerario de aspiración social que solo en contadas ocasiones se cumple. Un anhelo que está generando una tensión cada vez más clara entre los ganadores y los perdedores (como se les llama ahora).

Como Sinatra: "Si puedes triunfar en Malasaña, puedes triunfar en cualquier parte"

Como explicaban mis compañeros, desde principios de milenio los movimientos migratorios hacia la capital los realizan ya no los campesinos, sino los jóvenes cualificados. Yo no era el único que subía la cuesta hacia el centro, había otros tantos miles de universitarios de todos los rincones de España haciendo el mismo recorrido.

El largo trayecto hasta llegar a Malasaña era una peregrinación hacia la diversión, pero también hacia lo 'cool', la hegemonía cultural. Uno de los patios de recreo de esa competición en la que los que salgan mejor parados podrán quedarse a vivir ahí (o barrios homólogos), y los que no, tendrán que volver a bajar la Cuesta de San Vicente y volver a su casa. Al pueblo, a la capital de provincias, al barrio, a Móstoles, etc.

Cundía la sensación de que, como cantaba Frank Sinatra refiriéndose a Nueva York, "si lo puedes hacer en Malasaña, lo puedes hacer en cualquier parte". A diferencia de otros barrios como el de Salamanca, la mezcla social era mucho más heterogénea. Aún quedaban cuatro malasañeros de toda la vida, pero estaban también los de los Colegios Mayores, los hijos de las familias bien de provincia, los chavales de barrio, los que veníamos del extrarradio y, sobre todo, los que algún día se irían por última vez y no volverían. Una mezcla de clases sociales en la que resulta más fácil comprobar quién y por qué ha llegado lejos.

Barrios de paja

Esa heterogeneidad ha sido la que, paradójicamente, ha convertido Malasaña y sus usos culturales en un hombre (un barrio) de paja. A medida que Madrid (o Barcelona) atraen estudiantes y expulsan licenciados que depositan su precariedad donde pueden, se está empezando a fraguar un cierto rencor hacia el barrio gentrificado, que en realidad no es más que una metonimia de las oportunidades perdidas y las expectativas defraudadas. Un rencor cultural que toma la forma en caricaturas como la música indie, el poliamor o el aguacate, supuestos símbolos de una "izquierda caviar".

placeholder Lo que uno ve cuando vuelve a Móstoles. (CC/Hans Porochelt)
Lo que uno ve cuando vuelve a Móstoles. (CC/Hans Porochelt)

Gran parte de los relatos de retorno al campo, que nunca lo son, sino retornos al hogar y a la ambición insatisfecha, son historias que se cuentan para aliviar el creciente rencor hacia la desigualdad geográfica, que de repente se entiende en términos culturales. En esa guerra lo más importante siempre son los hábitos de vida ya mentados, que son vistos cantos de sirena que han atraído a la infelicidad a todos estos jóvenes que subieron empecinados la cuesta una y otra vez y tuvieron que darse la vuelta.

Resulta útil, porque mientras discutimos del capital cultural, no hace falta discutir sobre el económico.

En otros barrios no había esa mezcla que sí había en Malasaña, y por lo tanto, no engañan a nadie, como no engaña a nadie un político conservador que vive en un chalet en la Moraleja. La Malasaña metonímica es un lugar de paso entre los que pelean por quedarse. Hasta que un buen día tú te tienes que marchar, pero tu compañero de pupitre se queda, aprendes a renunciar a lo que te gustaba (las frutas caras o la droga, a cada cual lo suyo) y a ridiculizar tu propio pasado para hacer tu biografía más tolerable. Cómo no va a producir tantas frustraciones un proceso que produce contados triunfadores y un gran número de estoicos.

Los universitarios son los que compiten ahora en las grandes ciudades

Esta guerra cultural, anecdótica, es el reflejo de una realidad mucho mayor, la de la ventaja que supone nacer en una clase determinada o en un lugar determinado (Madrid o Barcelona, o a menor nivel, San Sebastián, Bilbao o Sevilla). "Madrid es la principal región receptora de talento, suponiendo el 38,7% de los movimientos migratorios interregionales de los jóvenes nacionales, y cuyos flujos de entrada presentan un alto nivel formativo, con un 64,8% de titulados universitarios", explica el informe 'Desigualdades territoriales en España', César Colino, Antonio M. Jaime-Castillo y Mario Kölling.

El trabajo recuerda cómo las diferencias entre regiones españolas en la distribución territorial del empleo y el poder económico ("y por tanto, de calidad de vida y oportunidades") puede afectar a la cohesión económica y social y a las pautas de comportamiento político y social. El relato de la necesidad de encontrar solaz en las raíces tras intentar probar suerte en la gran ciudad, como aspirante a una vida de clase media-alta que tuvo que volver a bajar la Cuesta de San Vicente, es una respuesta terapéutica a la traición de estas expectativas.

Foto: La imagen que atiza nuestro subconsciente clasista Opinión

Un rencor que puede quedarse en batallitas culturales o que puede llegar a expresarse de otra manera. "Podría decirse que una —aunque no la única— causa de la creciente desafección, euroescepticismo y del creciente populismo de extrema derecha es esta creciente desigualdad territorial", señala el trabajo citado. No hace falta que venga el lobo fascista para darse cuenta de que cuando el hombre señala a lo económico, el tonto se fija en lo cultural. Yo hace tiempo que bajé la cuesta por última vez. Ahora puedo permitirme comprar el abono.

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