Los políticos son los otros

La política representa la muralla de la civilización, aunque la mala reputación del servicio público amenaza con provocar un colapso entre gobernantes y gobernados

Foto: El Congreso de los Diputados. (EFE)
El Congreso de los Diputados. (EFE)

La negligencia de nuestros líderes en el laberinto electoral ha precipitado una campaña unánime y justiciera que reniega de la clase política, como si fuera la clase política un cuerpo extraño de la sociedad y como si una democracia aseada y representativa pudiera permitirse discriminarla, aislara o convertirla en una categoría bajo sospecha.

Es evidente que Sánchez y los primeros espadas del parlamentarismo han fomentado un colapso temerario y que la repetición electoral no se explica sin la egolatría, el cesarismo ni los comportamientos adolescentes, pero el revanchismo de la abstención y la persecución de la especie política predisponen una crisis del sistema que no va a remediarse ni con las fórmulas mesiánicas —la antipolítica, los espontáneos como Mejide, los experimentos extrauterinos— ni con los anatemas justicieros.

El recelo que despiertan las máximas figuras del escalafón degrada la honorabilidad del oficio, lo convierte en pervertido

La política es la sociedad tanto como la sociedad es la política. La política representa la muralla de la civilización, aunque la mala reputación del servicio público amenaza con provocar un colapso entre gobernantes y gobernados. No ya rebajando la credibilidad de los políticos al desnivel de los banqueros y los curas —lo aseguraba un estudio de la Fundación BBVA— o atribuyéndoles la peor imagen desde 1985 —así lo expresa la última encuesta del CIS— sino inoculando en la opinión pública una desconfianza desproporcionada respecto a su verdadera eficacia y utilidad.

Tan político es Sánchez como el concejal de cultura de un pueblo manchego, pero tiende a mistificarse el oficio. Y a establecerse conclusiones maximalistas entre los pliegues de una abstracción: los políticos. Igual que la justicia, la política es fundamentalmente transparente, eficaz, honesta y hasta abnegada, pero el recelo que despiertan las máximas figuras del escalafón degrada la honorabilidad del oficio, lo convierte en pervertido.

Es un peligro que la política se perciba como una profesión de riesgo desde la sociedad civil

Semejante escepticismo y descreimiento resultan peligrosos porque disuaden las vocaciones más de cuanto sucede en la Iglesia ¿Qué razones, al cabo, habría para dedicarse a la política? Descontado el desprestigio de la profesión, sucede que la política está mal remunerada. Que exige una vida ejemplar desde el primer balbuceo hasta el último tuit. Que se halla escrutada a expensas de la vida privada. Que no disfruta de las convenciones del garantismo (una imputación es una muerte civil). Y que impide una reinserción laboral hasta que no se hayan expiado dos años de barbecho y muchos más de suspicacia en el vecindario.

Es un peligro que la política se perciba como una profesión de riesgo desde la sociedad civil. Y es aún más temerario que tanto la sociedad civil como la propia casta política recelen de la incorporación de "extraños", más todavía cuando los polizones de más renombre recalan por esnobismo, por exotismo o accediendo a convertirse en reclamos populistas.

Ha contribuido la propia alta política a su desprestigio. No solo por la corrupción. También por el envilecimiento del hábitat parlamentario e institucional. La hostilidad que expone nuestra clase senatorial ha profanado la forma y la liturgia. Y la algarabía del hemiciclo se percibe como la expresión absoluta de la categoría, más todavía cuando unas y otras señorías enfatizan la intransigencia y la obcecación en los dogmas.

Se han constituido sin problemas todas las comunidades autónomas y la inmensa mayoría de los ayuntamientos, pero la simbología y la categoría del Parlamento como cámara nuclear traslada a la opinión pública la convicción hiperbólica del fracaso de toda la política. Por eso ha cundido la revancha de la abstención. Y por idénticos motivos rechazamos de nuestros buzones los sobres de la propaganda electoral, como si contuvieran la palabrería de las dietas milagro o la verborrea con que abruman los compradores de oro.

Reprochamos a nuestros líderes la falta de flexibilidad, la incapacidad hacia el diálogo, pero la intransigencia que ha conducido a la reválida del 10-N también es la prueba del cainismo celtibérico y del bipartidismo estructural, antropológico. Un reflejo de la sociedad que nos sirve de espejo y que nos retrata como cómplices. Porque los políticos no son los otros.

Ni siquiera es una mala noticia la repetición electoral. Mejor la incertidumbre de otras elecciones y la búsqueda de ulteriores escenarios —el gran pacto de Estado, las opciones centristas— que la certeza de un Gobierno intervenido por Pablo Iglesias y expuesto al chantaje del soberanismo.

No es no
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