¡Guardiola 'president', Guardiola 'president'!

El exjugador y exentrenador del Fútbol Club Barcelona se perfila, desde la ciudad británica de Mánchester, como símbolo político en obscena complicidad con el club

Foto: Josep Guardiola, leyendo un comunicado a favor de la independencia en un acto en Berlín. (EFE)
Josep Guardiola, leyendo un comunicado a favor de la independencia en un acto en Berlín. (EFE)

El psicodrama soberanista no sería igual sin la implicación pornográfica del Fútbol Club Barcelona, pero la mayor novedad de esta crisis la ha protagonizado el discurso a la nación de Guardiola.

Ha debido sentirse Pep urgido a solemnizar su mensaje, no ya con el prosaísmo de un comunicado oficial en varios idiomas, sino prodigando una lectura frente a la cámara que impresionaba por el énfasis sentimental, por la dramaturgia de estadista en el exilio y por haberla expuesto en inglés, o sea, “internacionalizando el conflicto”.

Parecía hablar Pep Guardiola desde una caverna transpirenaica. Un habitáculo premeditadamente siniestro cuya penumbra contribuía a destacar el victimismo, el aquelarre, las pinturas negras de la fatalidad.

No le faltaron razones al míster del Manchester para denunciar la opresión, la restricción de libertades y el ataque a los derechos humanos, pero hubiera tenido más sentido adjudicárselas a Qatar, la satrapía donde reside el camarada Xavi con todas las peculiaridades medievales. O reprochárselas el presidente y propietario de su club, el jeque Khaldoon Al Mubarak, cuyo país de origen y de gobierno, Emiratos Árabes, aplasta las libertades elementales.

No, el mensaje doloroso de Guardiola iba dirigido al Estado español, atribuyéndole todas las atrocidades que sospechosamente promueve y exagera el movimiento soberanista, desde la profanación de la separación de poderes a la represión identitaria, el propagandismo supremacista y la condescendencia o complicidad delictiva con la subversión.

Guardiola se perfila como el mejor reclamo populista del independentismo. Es un tipo instruido y carismático. Habla idiomas. Se desenvuelve como un magnífico estratega. Simboliza la repercusión internacional del drama, representa mejor que nadie la parábola del hijo pródigo.

El fervor blaugrana le garantiza la unanimidad, predispone su perfil mesiánico. Y lo convierte en un remedio providencial a la escasez del banquillo soberanista, tanto por la mediocridad de unos líderes —Torra, en cabeza— como por el exilio (Puigdemont) y la inhabilitación de los otros aspirantes al timón de la patria (Junqueras y los apóstoles).

El fútbol se ha convertido en el gran aliado sentimental del soberanismo. Quizá porque los estadios —aquí y allá— han descrito los humores de la sociedad con antelación y unos grados más de temperatura. Son espacios de exacerbación, 'calderas de pasiones'. Las guerras balcánicas se declararon antes en los campos de césped mullido que en los campos de batalla abruptos.

Varias personas participan en la cadena por la independencia a su paso por el Camp Nou. (EFE)
Varias personas participan en la cadena por la independencia a su paso por el Camp Nou. (EFE)

Y el Barça de Guardiola —y viceversa— aglutina, exterioriza y multiplica la adhesión al oficialismo. O desempeña un papel cómplice e inductor del discurso independentista en la amalgama temeraria de las emociones: la fe del fútbol se confunde con la fe de la política, se abastecen entre sí la una y la otra amontonando los símbolos religiosos e iconográficos.

Es la razón por la que Guardiola se atribuye el papel de sumo sacerdote. El Barcelona es un club de vocación universal y de estrellas internacionales, pero el sensacionalismo y el activismo lo han transformado en un aparato de propaganda indentitaria y de exclusión, apurando el lenguaje de la resistencia y de la victoria frente al monstruo de Madrid, o del Madrid.

Fue Vázquez Montalbán quien definió al Barça como el ejército simbólico de Cataluña. Y fue el presidente Agustí Montal Costa quien acuñó el predicado del 'mès que un club', pero el club catalán tanto ha sido un brazo de la subversión como ha convivido dócilmente con el régimen. Sucedió en tiempos de Franco. Y ocurrió cuando Jordi Pujol despolitizó el equipo en coincidencia y convivencia con el movimiento pujolista.

La gran ruptura sobrevino con el ultranacionalismo del presidente Joan Laporta (2003-2011). No es que el Barcelona se mimetizara con los humores sociales. Los predispuso en ocho años de éxitos deportivos y de equivalentes escaramuzas políticas.

Era el Barça del 'Dream Team' y del 'sueño' independentista, hasta el extremo de que proliferaron las consignas internacionales en las gradas —'Catalonia is not Spain'—en la inercia triunfal del guardiolismo.

Pancarta en el Camp Nou en el encuentro entre Barcelona y Sevilla. (EFE)
Pancarta en el Camp Nou en el encuentro entre Barcelona y Sevilla. (EFE)

Había tomado partido el equipo para vanagloria de los hinchas seglares y para desasosiego de los aficionados laicos —catalanes y no catalanes—, no ya desconcertados con la manipulación emocional sino contrariados cada vez que prorrumpían los gritos de independencia en el minuto 17 y 14 segundos.

1714 es la fecha de la 'guerra de Cataluña', la cabalística del mito fundacional, que se jalea simbólicamente cada vez que el equipo comparece en el templo del Camp Nou. Se trata de exponer un mensaje libertario en el hábitat de la 'liga española' y bajo las soflamas de Piqué, pero la obscenidad de estos rituales no hace sino emular el uso del fútbol como opiáceo. Lo decía el dictador Salazar: Dios, patria y fútbol, aunque Messi sea argentino.

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