Y Franco levantó la cabeza

El último vuelo del caudillo, que le llevará desde Cuelgamuros a Mingorrubio, retrata una España transformada y próspera, pero pese a ello expuesta a un chantaje totalitario

Foto: Vista del Valle de los Caídos con una mujer sujetando un paraguas con los colores de la bandera. (Reuters)
Vista del Valle de los Caídos con una mujer sujetando un paraguas con los colores de la bandera. (Reuters)

“Si Franco levantara la cabeza” es un eslogan espiritista que ha adquirido dimensión corpórea, aunque no de la manera que hubieran deseado los nostálgicos del régimen. Francisco Franco ha levantado la cabeza. O va a levantarla este jueves. No por voluntad propia, sino por una exhumación 'felliniana' y extemporánea que va a permitir a la momia sobrevolar la patria que él mismo tiranizó.

Es una resurrección controlada, una promesa que Pedro Sánchez ha cumplido —la primera que hizo— y cuyos pormenores necrófilos han reanimado la ultraderecha desde la ultratumba.

Va a sorprenderle a Franco la España de 2019 en este vuelo póstumo. Tan diferente a la suya que las mujeres no tienen que pedir permiso a sus maridos para abrir una cuenta o para solicitar un pasaporte. Son los extranjeros los que vienen a trabajar. Compartimos la misma moneda de los franceses y las suecas. Hay comunistas en el hemiciclo. Los homosexuales no están perseguidos. Pueden casarse. Una mezquita gigante se erige frente a la plaza de Las Ventas. El Papa es argentino, y puede que Dios también, a la luz de los milagros de Leo Messi.

Hay elecciones libres. Constantemente, las cosas como son, pero la inestabilidad parlamentaria, que tanto nos inquieta y acongoja, describe una España plural frente a la España unilateral, nacional-católica, militar y machista que imponía el franquismo. Tenemos un rey. Pero no es Juan Carlos I. Ni tampoco responde al perfil absolutista que el caudillo había diseñado. La monarquía parlamentaria es más parlamentaria que monarquía. Será una mujer, incluso, la futura reina.

Igual le costaría al generalísimo admitir que la verdadera nostalgia del franquismo la engendran la izquierda y los nacionalistas. Cuando Iglesias frivoliza con el régimen del 78, supuesto pecado original de nuestra democracia, o cuando la doctrina soberanista atribuye a la España de 2019 los resabios oscurantistas que ejerció el tirano. Los fascistas siempre son los otros.

Un Guardia Civil custodia la entrada al Valle de los Caídos, ya cerrada. (EFE)
Un Guardia Civil custodia la entrada al Valle de los Caídos, ya cerrada. (EFE)

Curiosamente, es en Cataluña donde se han urdido fabulosos pucherazos electorales, donde se ha intimidado a la oposición, donde se ha profanado la separación de poderes, donde se ha engendrado un relato sensiblero de mitos fundacionales y supremacismo divino, donde se ha impuesto un modelo de discriminación cultural y lingüística, y donde se ha instrumentalizado la televisión pública a semejanza de un régimen en permanente estado de propaganda.

Quim Torra y sus compadres se recrean en la denuncia del Estado opresor, alertan contra la medusa de Madrid, pero el Estado opresor, las cosas como son, se caracterizaba por la aplicación de la pena de muerte, por la proliferación de presos políticos —aquellos sí que lo eran— y por la raigambre del catecismo en la persecución de delitos morales.

Una España deprimida y depresiva, aislada, que tanto estimuló la censura —y la contracensura— como la megalomanía del dictador. De otro modo no se le habría enterrado en el mausoleo hortera y opulento de Cuelgamuros. Un siniestro memorial a cielo abierto que retrataba la parodia del gigantismo y en cuya mastaba se pudrían las vergüenzas del faraón hasta que Sánchez ha decidido airearlo.

El último vuelo del caudillo identifica la fertilidad de la democracia española y la garantía de las libertades, empezando por la de prensa. Ha sido derrotado el terrorismo de ETA. Y prospera una sociedad tolerante, europeísta, solidaria. Nacían más niños en tiempos de Franco, es verdad, pero la España de 2019 reúne 11 millones más de habitantes que en 1975. Incluidos los que volvieron del exilio, los que se fueron a trabajar y los inmigrantes sin bandera.

No somos Noruega, ni falta que hace. Gibraltar permanece bajo el pabellón británico. Y el turismo persevera como un recurso económico fundamental. No se han bajado de los escenarios Plácido Domingo ni Julio Iglesias. Se anuncia en los carteles José María Manzanares. El Madrid suele ganar la Copa de Europa, incluso existe el festival de Eurovisión.

La tumba de Franco en el Valle de los Caídos. (EFE)
La tumba de Franco en el Valle de los Caídos. (EFE)

Va a parecer que este artículo lo ha escrito James Rhodes, de tantos elogios e hiperglucemia que contiene, pero no se trata de relativizar los problemas contemporáneos —la crisis territorial, el desempleo, la desigualdad, la natalidad, la España vacía, la corrupción—, sino de exponer hasta qué extremo resulta frívolo y temerario el juego de las analogías entre la dictadura 'perfecta' de 1975 y la democracia imperfecta de 2019, menos aún cuando el mantra del Estado opresor y la susceptibilidad fascista procede de quienes emulan los comportamientos totalitarios y excluyentes, esperando no la exhumación de Franco sino la resurrección de la pulsión letal que anida en los españoles, o sea, el cainismo.

Ya lo ha pintado Goya en una obra que nos persigue, hombre contra hombre con las pantorrillas enterradas en el barro: 'La riña a garrotazos'.

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