Pedro Sánchez: el anómalo bicéfalo

La coexistencia con Iglesias es un desafío político, psicológico y mental: se detestan y se desprecian, más allá de las incompatibilidades ideológicas

Foto: El presidente del Gobierno en funciones Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno en funciones Pedro Sánchez. (EFE)
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No pensaba Dario Fo en Pedro Sánchez cuando escribió 'El anómalo bicéfalo', pero la obra teatral, concebida como una sátira a Berlusconi, adquiere un valor premonitorio porque alude a los problemas de convivencia de un líder consigo mismo en el síndrome de Golum. La provocación del Nobel italiano requiere un argumento extremo: Putin visita al Cavaliere en el latifundio de Cerdeña. Sufren ambos un atentando. Y la única manera de salvar la existencia del patriarca ruso consiste en implantar la mitad de su cerebro en el cráneo de Berlusconi.

La criatura resultante se desempeña con normalidad aparente, pero la propia anomalía quirúrgica predispone un comportamiento desconcertante. Berlusconi habla en ruso sin pretenderlo. Maldice al pueblo checheno. Y lleva más lejos, si cabe, el cesarismo y el narcisismo.

El presidente en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)
El presidente en funciones, Pedro Sánchez, y el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias. (EFE)

Es el escarmiento que amenaza a Pedro Sánchez. Su bicefalia no es orgánica porque no van a implantarle medio cerebro de Pablo Iglesias, pero es conceptual. El líder de Unidas Podemos representa el hemisferio oscuro. Y aspira a "secuestrar" al presidente del Gobierno. Se ha metido en su cabeza, hasta el extremo de que puede forzarle a cruzar las líneas rojas que parecían insobornables en la ética del PSOE. Empezando por la mesa de partidos en Cataluña, la sensibilidad a los "presos políticos", la noción del indulto o el mensaje del referéndum pactado.

En el caso de Pedro Sánchez su bicefalia no es orgánica porque no van a implantarle medio cerebro de Pablo Iglesias, pero es conceptual

Las discrepancias del modelo territorial se añaden a la concepción del modelo económico, aunque el verdadero problema de la bicefalia anómala radica en la competición de los machos alfas y en la aversión de Sánchez hacia Iglesias. Y de Iglesias hacia Sánchez. El abrazo que resolvió el acuerdo —un náufrago que se aferra al otro— puede considerarse ya un icono de la hipocresía que evoca contraculturalmente el beso de Breznev y Honecker.

Ni se toleran ni se soportan. Iglesias desprecia la talla intelectual del presidente, tanto como el presidente recela de la ambición y del comportamiento taimado de Iglesias. Dos veces impidió su acceso a la Moncloa. Y la tercera ha cuajado porque la añagaza permite a ambos desquitarse del fracaso electoral. Pablo Iglesias —una caída de siete diputados— ha alcanzado la cima de su carrera política cuando bien podría haber dimitido, mientras que Pedro Sánchez —750.000 votos menos— subordina cualquier principio ético al propósito de dormir en el colchón de la Moncloa. Incluido un acuerdo con Iglesias que le produce alergia e insomnio.

Pablo Iglesias (d), saluda al jefe de Gabinete de Presidencia, Iván Redondo (i). (EFE)
Pablo Iglesias (d), saluda al jefe de Gabinete de Presidencia, Iván Redondo (i). (EFE)

No hay mayor amenaza para un rey que el príncipe heredero. Y no cabe cohabitación más peliaguda que la que van a experimentar Sánchez e Iglesias desde sus respectivos rencores, discrepancias y ambiciones. Sánchez e Iglesias no son compatibles. Ni siquiera cuando ambos recurren al bálsamo del "gobierno progresista" y al principio redentor de la izquierda para convencerse de la inexistente afinidad y de los propósitos benefactores.

Dos veces impidió su acceso a la Moncloa. Y la tercera ha cuajado porque la añagaza permite a ambos desquitarse del fracaso electoral

'El anómalo bicéfalo' de Dario Fo no se detiene en la sátira. Expone a Silvio Berlusconi a una terapia de regresión que le permite sustraerse a la okupación cerebral de Putin. Se trata de recordarle quién era antes del "accidente". Y de someterlo a un tratamiento de conciencia y de remordimiento. Debería hacer lo mismo Pedro Sánchez. Recordar la idiosincrasia socialdemócrata del PSOE. Contrastarlo con la estupefacción de los barones y de las viejas glorias. Disciplinarse en las obligaciones de un estadista. Anteponer el interés de la nación a la propia agonía política. Hacerse responsable de las promesas y garantías que definieron su campaña constitucionalista. Abjurar su naturaleza mercurial y temeraria.

No es el del PSOE e Iglesias un gobierno de coalición, sino de desesperación. Dos debilidades no originan una posición de fuerza, del mismo modo que una emergencia política —que no es la batalla histórica de extrema derecha sino la supervivencia de ambos— no otorga credibilidad ni razones de porvenir a los artífices. Sánchez e Iglesias antes que socios son rivales. Veremos quién termina ocupando el cerebro de quién sin necesidad de pasar por el quirófano.

No es no
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