¿Coronavirus? La epidemia es la psicosis

El hermetismo chino y la gravedad de la enfermedad no contradicen el histerismo, la xenofobia y el oscurantismo con que ahora recelamos de 'los chinos'

Foto: Un hombre con máscara de protección contra el coronavirus camina por una calle en Guangzhou, China. (EFE)
Un hombre con máscara de protección contra el coronavirus camina por una calle en Guangzhou, China. (EFE)
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"El Gobierno de Beijing aísla una ciudad de 11 millones de habitantes". "Rusia cierra la frontera con China". "La Organización Mundial de la Salud declara la alerta internacional". "7.000 pasajeros de un crucero quedan atrapados por el presunto contagio de dos personas". "España habilita un hospital para alojar a los eventuales contagiados".

Los titulares que encabezan este artículo resumen el estado de alarmismo e histerismo que ha generalizado el coronavirus. Razones hay para temerlo. Y motivos hay para recelar del hermetismo con que China gestiona la crisis, pero el sensacionalismo y el éxtasis mediático —no hay noticia más atractiva que el fin del mundo— precipitan una epidemia mucho más grave que la enfermedad: la psicosis colectiva, el miedo al extranjero, la superstición sanitaria de la mascarilla, el correspondiente asedio a las farmacias.

Un buen ejemplo es la campaña xenófoba que han emprendido los gobiernos de Vietnam, Camboya, Corea del Sur o Filipinas. Se ha decidido restringir la entrada de los chinos como si los chinos estuvieran enfermos. Y como si la relación entre el virus y su país de origen estableciera una maldición territorial. Le sucedió a España con la pandemia de la 'gripe española' en el siglo XX, del mismo modo que le ocurrió a Francia con la peste francesa. Se relacionaba al enemigo con la enfermedad. Se prodigaba una batalla de propaganda y descrédito que excitaba a la opinión pública.

Tanto vale el contexto de aprensión internacional de sugestión para las escenas de psicosis doméstica. Es muy probable que frecuentemos con menos asiduidad estos días las tiendas de los chinos. Y que acudamos con menos entusiasmo a los restaurantes orientales. Digo orientales porque el oscurantismo y la discriminación no matizan grandes diferencias étnicas entre los asiáticos. Cruzaremos de acera cuando sospechemos de un 'chino' que se pone a expectorar. Y les diremos a nuestros hijos que eviten jugar con los asiáticos en el recreo, no vaya a ser que regresen inoculados.

Médicos rocían antisépticos a unos indonesios después de que llegaron del centro de la epidemia de coronavirus de Wuhan, China. (Reuters)
Médicos rocían antisépticos a unos indonesios después de que llegaron del centro de la epidemia de coronavirus de Wuhan, China. (Reuters)

Ya es 'mala suerte' que el país maldito sea el más poblado del planeta. No estaríamos tan sugestionados de haberse propagado el coronavirus en Trinidad y Tobago, aunque el desconcierto sería bastante menor de haber protagonizado la emergencia un Estado más fiable y homologable en cuestiones de transparencia informativa de cuanto pueda serlo China.

Hay una enfermedad. Hay una psicosis. Y hay una batalla de propaganda que compromete los intereses geopolíticos y los económicos, entre otras razones, porque China es el eje gravitatorio del planeta. Y porque el coronavirus sirve de pretexto a toda clase de campañas y de intereses.

El desconcierto sería bastante menor de haber protagonizado la emergencia un Estado más fiable y homologable en cuestiones de transparencia

Es la razón por la que los medios informativos deberían responsabilizarse de la cautela y del rigor, pero la tentación de proyectar una película apocalíptica sobrepasa cualquier escrúpulo deontológico. Paradójicamente, la 'era de la información' y del conocimiento procuran todos los medios para propagar la superstición y los miedos atávicos. Sucedió con el ébola. Y volverá a ocurrir cada vez que se relacione al extranjero con el enfermo y al enfermo como el extranjero, más todavía en estos tiempos de populismo xenófobo y de prevención al contagio no ya de un virus sino de las ideas y de las reflexiones que puedan contaminar el hábitat de nuestra caverna.

El coronavirus es un problema real de origen chino, pero su repercusión histérica en el oasis del chalé adosado se antoja demostrativa de las sociedades inmaduras y psicóticas que representamos los occidentales. De hecho, la gravedad del coronavirus 'aquí' no radica en la enfermedad sino en la percepción de la enfermedad, motivo por el cual los gobiernos no combaten la epidemia, sino que promueven medidas escénicas para resarcirse de la angustia social. La verdadera medida de la histeria nacional la ha dado el primer 'caso español', por mucho que fuera un alemán contagiado en La Gomera. La aldea global es antes aldea que global.

En cuanto se ha producido el episodio 'propio' y se sucedan otros de pasaporte español, asistiremos a un pavor cavernario del que no vamos a poder escapar evitando comprar hielo en el chino de la esquina. Porque ya seremos 'nosotros' los contagiados. Y porque buscaremos el chivo expiatorio en el vecindario, acaso ignorando que 'nuestra' gripe autóctona provocó entre 7.000 y 16.000 muertes en 2018. He leído con estupor un titular de 'El Periódico' que exhibe la dimensión provinciana de esta emergencia planetaria. "Un catalán aislado en el Gómez Ulla: estamos muy bien". Y he observado con más estupor todavía la epidemia escénica con que los corresponsales de televisión entran en directo con la mascarilla puesta. Se les entiende regular. Se caricaturizan ellos mismos. Y bien podrían aparecer con un muñeco al lado, para fingir un ejercicio de ventriloquía.

La coincidencia entre el Brexit y la epidemia del coronavirus se antoja un escarmiento sarcástico que malogra el abatimiento de fronteras. El 'virus chino' se extiende por el planeta Tierra al mismo tiempo que el Reino Unido se recrea en la ruptura con Europa y se vanagloria del aislamiento. Regresamos al medievo con las velas de internet.

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