La verdad es mentira y la mentira es verdad

El caso Delcy es ya un escándalo por los embustes y por la rehabilitación del tirano Maduro, pero puede convertirse en una crisis de Gobierno y de Estado que "no interesa a nadie"

Foto: El ministro de Transportes, José Luis Ábalos. (EFE)
El ministro de Transportes, José Luis Ábalos. (EFE)

Solo le falta al Gobierno encargarle una encuesta a Tezanos para que nos demuestre 'empíricamente' que el escándalo de Venezuela no le interesa a nadie. Está claro que la gran preocupación de los españoles consiste en la onomástica de Montero y en el pin parental de Murcia. Y que no reviste mayor importancia un laberinto geopolítico cuyos vaivenes implican las mentiras de un ministro, el blanqueamiento de un tirano, los favores a una delincuente, el desconcierto de la Unión Europea, el deterioro de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, la sobreactuación diplomática de Rodríguez Zapatero y la degradación de Guaidó a líder de la oposición después de haber sido ungido presidente con la mediación del propio Sánchez.

He aquí las evidencias del caso Delcy Rodríguez. Cualquiera de los pormenores se antojan interesantes pese a los ejercicios de encubrimiento del Gobierno. Y todos ellos reunidos convierten el 'affaire' caraqueño en una noticia irresistible, aunque la escandalera adquiere especial relevancia por los detalles berlanguianos que la abastecen —las 40 maletas de la vicepresidenta, la soberanía territorial de Barajas— y por las verdades que se esconden en el gran artefacto de las mentiras. No estamos especulando. Fue Nicolás Maduro quien definió como un “secreto” el contenido de la cumbre entre Ábalos y la vicepresidenta.

La verdad es mentira y la mentira es verdad

Tiene sentido llamarla cumbre, en efecto, porque ya publica El Confidencial que estaba prevista y programada la 'mesa bilateral' desde la vigilia misma. Luego sobrevinieron las versiones extravagantes y hasta excluyentes del ministro Ábalos. Y las razones que explican el encarnizamiento parlamentario de este miércoles en la sesión de control. El ministro tendría que haber renunciado al cargo por haber mentido sistemáticamente a los compatriotas, pero Sánchez ha decidido protegerlo. No ya con el acta de diputado, sino con el ejercicio de responsabilidad que implica defender un soldado que cumplía órdenes y que custodia el 'secreto'.

Tenía razón Ignacio Camacho cuando escribía que el Gobierno prefiere enredarse en las mentiras que confesar la verdad. Es lo que sucede con los deportistas sorprendidos en un caso de dopaje. No se les acostumbra a pillar por la sustancia prohibida que han consumido, sino por el medicamento de que se han valido para encubrirla. Le sucede a Ábalos lo mismo que a Contador. El ciclista trató de convencernos de que el clembuterol procedía de un solomillo.

¿Cuál es el secreto entonces? No hace falta desvelarlo para convenir que el caso Delcy es ya un escándalo con la información disponible

¿Cuál es el secreto entonces? No hace falta desvelarlo para convenir que el caso Delcy es ya un escándalo con la información disponible. Ha supuesto un cambio de rumbo en la política española de Venezuela. Ha degenerado en una crisis política. Ha provocado un elocuente jaleo mediático. Y ha dado lugar a una investigación judicial. No pueden destruirse las cintas del aeropuerto por si hubiera situaciones susceptibles de delito, aunque ya puede afirmarse que Delcy Rodríguez pisó territorio español y que el Gobierno violó las sanciones comunitarias.

Podemos entender que la ministra Celaá dijera ayer que el “caso no da más de sí”. Y que el factótum de la investidura de Sánchez, Gabriel Rufián, describiera el escándalo como una “burbuja”. Enternece la solidaridad de los chantajistas. Y conmueve el énfasis con que Iglesias atribuye la conjura bolivariana a una conspiración de la prensa de derechas.

Será interesante cómo va a tratarla la agencia EFE en las próximas semanas. Y más interesante será aún observar la manera en que la verdad irá trascendiendo a las mentiras. Porque “el secreto” que reconocía Maduro aloja todos los síntomas de una crisis de Estado. Y permite hacerse tantas preguntas como incita la falta de transparencia del Gobierno.

¿Se ha financiado Podemos con recursos del chavismo y del poschavismo? ¿Están alienados los intereses de los colosos energéticos españoles en el 'nuevo' escenario geopolítico? ¿Hasta dónde alcanzan los pagos que el régimen de Chávez hizo al embajador de Zapatero en Caracas, Raúl Morodo? ¿Qué motivos explican el énfasis de ZP en la homologación de la satrapía de Maduro? ¿Por qué Sánchez ha degradado a Guaidó a una figura gregaria?

¿Están alienados los intereses de los colosos energéticos españoles en el 'nuevo' escenario geopolítico?

Asombra el impacto de unas y otras cuestiones, pero ni siquiera hace falta responderlas para identificar un despropósito mayúsculo. El Gobierno ha mentido. El Gobierno ha rehabilitado a un tirano cuando más ferozmente ha degenerado la tiranía. El Gobierno ha dado un trato de preferencia a un político que forma parte de la lista negra comunitaria. El Gobierno ha colisionado con la política exterior de la UE —Borrell— y de EEUU. ¿No interesa a nadie el escándalo? No le interesa al Gobierno.

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