Aquí no hay pacto que valga

La tímida propuesta de Sánchez de una gran cumbre política se malogra en la hostilidad del Parlamento, en el escepticismo de Casado y en el sabotaje de Iglesias y Abascal

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en el pleno del Congreso. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en el pleno del Congreso. (EFE)

Pedro Sánchez se desenvuelve como el capellán castrense de la crisis. Compagina el estilo eclesiástico de la homilía con el recurso ardoroso de las expresiones militares —“sacrificio, resistencia, moral de victoria”—, aunque la novedad del discurso del Jueves Santo consistió en la convocatoria de un fuego de campamento. No aludió a la fórmula supersticiosa de los Pactos de la Moncloa, pero comprometió una cumbre sin restricciones en el contexto del plan de recuperación económica. Unidad y lealtad pidió el jefe del Gobierno como requisitos de un objetivo inconfesable: la incondicionalidad, la sumisión jerárquica, la adhesión de los costaleros.

Fue el de Pedro Sánchez un ejercicio de voluntarismo y de cosmética que tardó unos minutos en desmoronarse. Casado le acusó de engañar a los españoles y de confinar la democracia. Y Santiago Abascal se presentó en la tribuna provisto de un lanzallamas. No fue una sorpresa el lenguaje incendiario del líder de Vox —“paguen las nóminas y váyanse”—, pero sí ilustraba la artillería del sabotaje a los pactos, más todavía cuando el partido ultra reúne a 52 señorías y cuando aspira a desquiciar los espacios de consenso. No es el único obstáculo que malogra el 'gran pacto'. Más relevante todavía es el protagonismo de Pablo Iglesias. Su peso en el Gobierno y sus dogmas ideológicos malogran cualquier atisbo de sincretismo político, especialmente cuando las medidas económicas redundan en el antagonismo del sector público y del sector privado.

El modelo asistencialista de Iglesias, la concepción del Estado paternalista y protector, colisiona con el liberalismo del PP y de Ciudadanos. De hecho, la intervención de Pablo Echenique (Unidas Podemos) en la sesión extraordinaria de este jueves restregaba a Casado el sesgo neoliberal de las 10 medidas que había propuesto. Empezando por las que fomentaban el alivio de la presión fiscal y que concernían a la solidaridad con las pequeñas y medianas empresas.

No puede haber Pactos de la Moncloa porque Sánchez no los ha buscado. Porque los partidos de extrema derecha y extrema izquierda los boicotean. Y porque más de un tercio del Parlamento discrepa de las zonas comunes. Un buen ejemplo es el caso de ERC, cuya abstención a la prórroga del estado de alarma tanto contradice el apoyo a la investidura como se arraiga en argumentos estrafalarios. Rufián recela... del Ejército español. Le atribuye un protagonismo desmedido y peligroso en la crisis. Y no parece percatarse ni de sus atribuciones ni de sus misiones: levantar hospitales, higienizar estaciones, organizar las ayudas.

No quiere Rufián soldados en las calles ni a un Borbón en la Zarzuela. Es la perspectiva desde la que evaporó cualquier posibilidad de adherirse a los pactos. Los caricaturizó como una componenda de cuatro partidos y un monarca en un despacho de la Moncloa. “No hay pacto que valga”, repetía el portavoz de Esquerra. O no lo habrá, sostenía, mientras no prospere antes un pacto comunitario y otro doméstico que reflejen la peculiaridad de Cataluña y Euskadi.

Es un buen resumen del Jueves Santo en la carrera de San Jerónimo: no hay pacto que valga. Hubiera sido más verosímil la magia de la Moncloa si Pedro Sánchez hubiera implicado a la oposición y consensuado las medidas sociales y económicas en la perspectiva de un problema de Estado. La decisión de convocar a los actores políticos la semana que viene más parece un trámite administrativo que un cambio de paradigma o un ejercicio de lucidez. No hay pacto que valga porque no lo quiere nadie: ni Sánchez ni Casado, ni Iglesias ni Abascal.

No es no
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