Enrique Ponce y la biopsia nacional

El 'affaire' del torero con una pareja más joven demuestra el retroceso de una sociedad hipócrita y voyeurista que alimentan de manera sonrojante los propios protagonistas de esos asuntos

Foto: Enrique Ponce. (EFE)
Enrique Ponce. (EFE)
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Se supone que la sociedad española había prosperado en sus esquemas mentales y que abjuraba incluso del hipócrita tradicionalismo, pero la repercusión de los amoríos de Enrique Ponce y una chica 27 años menor nos ha devuelto a los resabios de la corrala nacional, no ya convirtiendo al torero en una suerte de pervertido, sino atribuyendo a la "víctima" un papel angelical que redunda en la idea de la mujer infantilizada e incapaz de gestionar su vida a no ser que se la reconduzca un varón experimentado, mejor aún provisto de capa y espada.

Ya lo decía Pablo Iglesias respecto a la bisoñez de Dina Bousselham. Como quiera que la colega de Podemos solo tenía veintitantos años, debía intervenir él mismo desde la autoridad patriarcal para resguardarla de los asuntos judiciales y prevenirla de la hostilidad de la sociedad.

Ocurre lo mismo con Ana Soria. Es mayor de edad a efectos legales, pero la opinión pública ha decidido convertirla en un corderillo indefenso. Por lo visto una mujer de 21 años no tiene madurez ni independencia para decidir sobre sus deseos. Y, por extraña razón, un hombre de 47 años se presenta ante la sociedad como una especie de pederasta. Quiere decirse que Enrique y Ana serían la prolongación de aquella hiperglucémica pareja musical de los setenta entre cuyas fechorías melófobas figura la perpetración del réquiem de Félix Rodríguez de la Fuente.

El escarnio a Ponce en una sociedad taurófoba corre el peligro de convertirse en la categoría y la excusa de la degradación de la tauromaquia

La diferencia de edad entre Ponce y Soria es parecida a la de Michael Douglas y Katherine Zeta Jones. Y similar a la que Briggitte Trogneaux (67 años) mantiene con Emmanuel Macron (42), pero el matador y la 'groupie' —así se los cataloga implícitamente en las crónicas feroces— han expuesto la inmadurez y el morbo de la sociedad en las necesidades y requisitos de un culebrón perfecto. No ya por la mina de oro que se le ha abierto a la prensa del corazón y a las terminales antropófagas de las redes sociales, sino por la contribución de ambos a la trama. Ponce y Soria alimentan la misma bestia que puede devorarlos. Y se han avenido a coreografiar una narrativa progresiva de acuerdo con la cual nos participan casi en directo de sus sentimientos y de sus sensaciones. Sus cuentas de Instagram, sus entrevistas, sus mensajes y sus pasajes de edulcoramiento predisponen el juego perfecto del exhibicionista y del voyeur en un verano yermo de noticias 'people'. Solo faltaba el momento en que el matador valenciano dibuja con la zapatilla sobre la arena la letra inicial de su amada. No, no imagino a Manolete pintando una 'L' sobre el albero de la México. Y sí comprendo el estupor que el caso Ponce ha suscitado entre los profesionales de la tauromaquia, precisamente porque el torero es una primera figura; porque lleva 30 años de plenitud; y porque el escarnio a Ponce en una sociedad taurófoba corre el peligro de convertirse en la categoría y la excusa de la degradación de la tauromaquia.

Quede claro que Ponce es un torero importantísimo. Y que no debería confundirse la patología amorosa con la trayectoria profesional, pero la España de los bandos y de las simplificaciones exige tomar partido en términos absolutos, hasta el extremo de que algunas aficionadas se presentaron en la plaza de Osuna reclamando a su tronista favorita: "Estamos con Paloma".

Ponce y Soria no se merecen la condena preventiva de la sociedad ni deban responder ante nadie de un adulterio, de un amor clandestino o de la diferencia de edad, o de lo que sea, pero impresiona y hasta estremece la impudicia de sus comportamientos. No hablamos aquí de censuras morales, sino de la cursilería y la falta de pudor que este melifluo romance está originando, hasta el punto de resultarle embarazoso a los ciudadanos laicos y alejados de cualquier revanchismo.

La trituradora de carne funciona bastante peor si no se la abastece de casquería, aunque la implicación de la extraña pareja en el merengue de la tarta nupcial no justifica la crueldad ni el escarnio con que Soria y Ponce están siendo linchados, caricaturizados, odiados y envidiados. La España hipócrita y justiciera se relame en sus antiguos espejos. La mujer recupera su papel gregario e infantil, mientras que el macho decadente se sacia en una víctima imprudente. Ha vuelto en plenitud el folletón del XIX cuando creíamos estar en el siglo XXI.

No es no