Pedro en San Pedro: el éxtasis (interruptus)

El presidente y Francisco disimulan un desencuentro abismal —eutanasia, aborto, educación— que el pontífice aprovecha para urgirle a la construcción de una patria con todos

Foto:  El Papa recibe a Pedro Sánchez y Begoña Gómez en El Vaticano.
El Papa recibe a Pedro Sánchez y Begoña Gómez en El Vaticano.

El ego y el narcisismo de Pedro Sánchez se han topado con la noticia y el contratiempo de un homónimo previamente glorificado: San Pedro. No acudió el líder socialista a visitar la tumba del primer Papa, pero sí se ha reunido este sábado con el último, Francisco, cuya insólita y exótica reputación de progresista explica incluso que “San Chez” recurra a sus homilías en las intervenciones parlamentarias.

Comparten la idea de un mundo mejor, de un planeta más limpio y de una civilización fraternal. O sea, los mismos criterios que podrían poner de acuerdo una miss y un futbolista. Así, en principio, todos estamos contra el hambre y contra la guerra. Y nos parece incluso muy mal el coronavirus.

Por eso, el consenso 'incensiario' entre Sánchez y Francisco se resiente del buenismo perogrullesco y de la demagogia celestial.

Pedro en San Pedro: el éxtasis (interruptus)

Resultan mucho más interesantes las cuestiones terrenales. Porque son las que acreditan las diferencias insoportables entre Pedro y la teocracia de San Pedro. ¿Qué piensa el Papa de la reforma de la ley del aborto de acuerdo con la cual pueden recurrir a ella las menores de edad sin permiso paterno? ¿Cómo le ha vendido Sánchez a Bergoglio la legislación de la eutanasia? ¿Qué opina su santidad de la reforma educativa que proscribe la hora de religión? ¿Cómo le ha explicado nuestro jefe de Gobierno al jefe del Vaticano la iniciativa de penalizar la educación concertada? ¿Qué le parecen a Francisco que los gais puedan adoptar niños?

Se regocija Sánchez leyendo Fratelli tutti en diagonal —el título de la encíclica es paródico—, pero se salta los pasajes incómodos

Podrían añadirse toda suerte de preguntas incómodas. El cisma ideológico y doctrinal entre Pedro y Jorge Mario identifica un abismo, pero el uno y el otro han amañado un esfuerzo de sintonía y solidaridad porque la última encíclica ataca el neoliberalismo y amordaza la libertad de expresión. Al Papa no le gusta la civilización de las comunicaciones como a sus antepasados tampoco le gustó la generalización de la imprenta.

Se regocija Sánchez leyendo Fratelli tutti en diagonal —el título de la encíclica es paródico—, pero se salta los pasajes incómodos. Por ejemplo cuando el Papa denuncia el peligro de los nacionalismos. Es de suponer que tampoco han aparecido en la cumbre bilateral. Cómo iba a decirle Pedro a San Pedro que su porvenir parlamentario depende del soberanismo ultramontano.

Es el contexto en que Francisco se atribuyó ciertas libertades. No ya alertando a Sánchez del “peligro de las ideologías”, sino urgiéndole a la construcción de una “patria con todos”, más o menos como si le estuviera haciendo pesar la polarización y la tensión nacionalista, y como si le hubiera visto todas las trampas debajo de las mangas del traje y de la compostura: “La política no es cuestión de maniobras”, proclamó el Papa.

Entre las elipsis y las obviedades, el encuentro ha ido muy bien pese a la flagrante brevedad (35 minutos). Y ha reflejado las expectativas que ayer anunciaba la Moncloa en un comunicado francamente embarazoso. Parecía haberlo escrito un adolescente 'flower power': "El Gobierno de España y su presidente (...) comparten con el Papa el llamamiento a construir un mundo más justo y solidario, que defienda a los más vulnerables de la enfermedad, el neoliberalismo y el populismo".

¿Populismo? ¿Cabe un pasaje más populista del que acabamos de mencionar? ¿Cabe un Gobierno más atado al populismo que el de Pedro Sánchez? ¿Cabe un Papa más populista que Francisco?

A Jorge Mario Bergoglio le encaja mejor un neologismo del que modestamente —nunca es modesto lo que sucede a un “modestamente”— me reconozco autor: papulismo. O sea, la hibridación del populismo papal en una fórmula que convierte a Francisco en el gran orador de los lugares comunes y de los tópicos fraternales. Se le atribuyen revoluciones que nunca ha emprendido. Incluida la que concierne a la aprobación de las uniones civiles. ¿Quién es el Papa para sancionarlas? ¿Por qué no las introduce en la doctrina propia, entonces? Francisco ha dicho lo que siempre ha sostenido antes y lo que caracteriza el discurso confesional: que se casen los maricas, pero que no lo llamen matrimonio. Por Dios.

Un Papa serio habría excomulgado a Sánchez, pero Francisco le ha bendecido con el anillo del pescador y le ha proporcionado mayores razones para que el presidente del Gobierno ya se sienta etéreo y gaseoso. De Roma a Madrid, conmovido, iluminado, nuestro líder ejecutivo y espiritual lleva consigo el botón rojo del estado de alarma.

Pedro en San Pedro. Solo Fellini podría haberlo contado mejor.

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