Sánchez aplica la eutanasia al Parlamento

La Cámara Baja se desactiva bendiciendo medio año del estado de alarma y Sánchez, ausente a su antojo en el debate, solo tendrá que comparecer cada dos meses para informar

Foto: Pedro Sánchez, junto a Carmen Calvo. (EFE)
Pedro Sánchez, junto a Carmen Calvo. (EFE)

“Y un juego vil

que no hay que jugarlo a ciegas,

pues juegas cien veces, mil,

y de las mil, ves febril

que o te pasas o no llegas.

Y el no llegar da dolor,

pues indica que mal tasas

y eres del otro deudor.

Mas ¡ay de ti si te pasas!

¡Si te pasas es peor!”

Tiene sentido mencionar este pasaje de 'La venganza de don Mendo' porque redunda en las cualidades acrobáticas del tahúr Sánchez. Ha expuesto nuestro presidente sus tentaciones y ejecuciones cesaristas, pero en su naturaleza no siempre prevalece el caudillaje. También es un jugón, como me hizo observar un líder adversario.

Quiere decirse que hay ocasiones en las que Sánchez se recrea y ensimisma en su propio juego. Y de tanto regatear, se termina regateando a sí mismo. Una noción lúdica e infantil de la política, muy ilustrativa por añadidura de su narcisismo disfrutón.

La reforma del sistema de elección del CGPJ, por ejemplo, era una barrabasada y un entretenimiento. Debía divertirse Sánchez emulando a Onésimo. No a Onésimo Redondo, sino al futbolista del Rayo, del Barça y del Valladolid que tanto se excitaba en el regate. Era un jugón, para entendernos, igual que lo parece Sánchez en la gestión temeraria del estado de alarma y de la prórroga plenipotenciaria que quería concederse a sí mismo. Por eso tiene sentido mencionar la pieza teatral de Muñoz Seca. Y el pasaje de las siete y media. No sabemos si la idea de Sánchez consistía en cebar una apuesta exagerada —medio año sin responder al Parlamento— para luego garantizarse dos meses, o si pretendía, en efecto, despojarse de cualquier limitación hasta el umbral del 9 de mayo.

Lo relevante es que PS siempre termina ganando. Los ardides propios y ajenos —ahí está la moción de censura de Vox— predisponen sistemáticamente un escenario de victoria. No ya por sus facultades de trilero, sino por su falta de escrúpulos cuando se trata de amañar las partidas de cartas y de hacerle trampas a las esencias de la democracia.

Sánchez se presentará en el Parlamento cada dos meses, es verdad. Pero no lo hará constreñido a exponerse a una votación sobre el estado de alarma ni al contraste de la oposición, sino a informar a las señorías, como si fuera un pregonero.

Los ardides propios y ajenos —ahí está la moción de censura de Vox— predisponen sistemáticamente un escenario de victoria

“O te pasas o no llegas”. El peligro de las siete y media lo tienen sus adversarios. Es donde se refleja la abstención del aguerrido Pablo Casado en el debate de este jueves. Una posición especulativa. No podía compartir el voto negativo con Vox después de haber arrollado a Abascal hace una semana, como no podía despojar a sus gobiernos autonómicos del paraguas jurídico y normativo. Tampoco podía entregarse a la subasta que Sánchez había organizado en el casino del Parlamento, a semejanza de un mercado persa o de una tómbola. No solo impresiona que Sánchez haya desactivado la Cámara Baja en sus capacidades de escrutinio. Impresiona que sus señorías se hayan avenido al apagón y hayan neutralizado sus deberes parlamentarios.

La apuesta inicial se ha quedado en la tercera parte. Pero es una buena ganancia en las cuentas de Sánchez. Solo tendrá que aparecer un par de veces desde ahora hasta el 9 de mayo. Si es que le apetece. Puestos a jugar, este jueves ha jugado con la silla vacía. Hizo pesar su ausencia en la intervención de Casado. Pasó de la sesión. Le cansa exponerse a los controles. Le aburre el Congreso. “Esto es un coñazo”, diría Mariano Rajoy. Por ello decidió delegar los trabajos en el ministro Illa, cuyo carisma dialogante y habilidades dialécticas pusieron 'en juego' un debate más sereno de los acostumbrados, independientemente de la pólvora vieja y mojada que lanzó al aire Abascal.

Tenía interés el discurso del líder de Vox, no solo porque apeló al populista argumento de autoridad de Felipe González —“el estado de alarma es una puñetera locura”— sino porque hizo pesar sus diferencias con el PP. Y le restregó con vehemencia la abstención, convirtiendo a Casado en un cómplice necesario de la “fechoría autoritaria del emperador”.

¿Emperador? Un jugón es Sánchez, un maestro de las siete y media, un manipulador del tapete. No solo por el farol o el órdago —¿o no lo era?— que suponía rodearse de poderes extraordinarios, sino porque la propuesta de someter el estado de alarma a la vigilancia del Consejo Interterritorial de Salud también le permite controlar las decisiones principales. Es verdad que el organismo aloja las consejerías de todos los gobiernos regionales, pero es igualmente cierto que prevalece la mayoría de los ejecutivos socialistas, de tal manera que a Sánchez le ocurre lo mismo que les sucede a la banca del casino y al animador del bingo: siempre gana.

No es no
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