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Rubén Amón

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El pacto de Sánchez con Otegi desfigura definitivamente la reputación del PSOE, pero consolida el sanchismo y su horizonte de victoria

placeholder Foto: El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto a la presidenta, Cristina Narbona (i), y la portavoz socialista, Adriana Lastra. (EFE)
El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, junto a la presidenta, Cristina Narbona (i), y la portavoz socialista, Adriana Lastra. (EFE)

Tiene sentido que las iniciales de Pedro Sánchez coincidan con las primeras siglas del PSOE. Se ha producido un caso de identificación extremo. No por los valores socialdemócratas que haya podido adquirir el presidente del Gobierno en Ferraz, sino por la repercusión del sanchismo en el Partido Socialista, hasta el extremo de restringirlo a una prolongación personal.

Sánchez ha devuelto al PSOE el poder. Le ha proporcionado un horizonte de victoria que podría encadenar un par de legislaturas. El problema consiste en el precio. Más sanchista es el PSOE en su vacío ideológico y en su escrúpulo ético, más se expone a su evisceración. Lo tiene escrito Ignacio Varela: Sánchez ha realizado un trabajo de taxidermia. El PSOE se parece al PSOE en la superficie, pero está muerto y vacío por dentro.

Se entiende así el golpe de gracia que supone la operación de blanqueo a Bildu. No ya porque el partido ultra se ha propuesto tergiversar los años de plomo hasta convertirlos en una catarsis necesaria y precursora de la noble vía política, sino porque el PSOE lo ha reclutado en la ley nuclear de la legislatura —Presupuestos— sin necesidad aritmética ni explicaciones convincentes. No pueda haberlas mientras Bildu aplauda a los etarras que salen de prisión y abjure de cualquier condena al terrorismo.

Y porque la amnesia que rodea el cráter del terrorismo aspira a mutar la serpiente en paloma

Bildu es un partido legal... y repugnante. Porque lo lidera un ex etarra. Y porque la amnesia que rodea el cráter del terrorismo —la sociedad vasca que fue cómplice prefiere instalarse en una vomitiva ingenuidad— aspira a mutar la serpiente en una paloma. Y convencernos de que Bildu es un partido progre y proletario. Incluso esnob y guay entre los nuevos votantes.

El equívoco carecería de vuelo si no fuera por la terapia de normalización que ha concebido Pedro Sánchez. Resulta muy tentador responsabilizar de la abyección a Iglesias. Y proclamar que el camarada Pablo manda en Moncloa y ha convertido a Pedro en su marioneta, pero esta hipótesis exculpatoria contradice la naturaleza política y narcisista del presidente. Iglesias es el mediador de la vergüenza. El compadre de los 'soberatas'. El palafrenero que cuida la montura del presidente erecto.

Es Sánchez quien ha decidido pactar con Bildu. Y quien ha desfigurado el honor y la idiosincrasia del difunto PSOE, hasta el extremo de degradarlo a un partido instrumental y castrado donde prevalece la ley del silencio.

El sanchismo representa una fuerza aglutinadora y autoritaria porque Sánchez garantiza la victoria

La timidez con que los barones oponen su estupefacción demuestra el cesarismo de Sánchez. No existen corrientes críticas ni ministros valientes. La prensa afecta condesciende en su precariedad. El sanchismo representa una fuerza aglutinadora y autoritaria. Fundamentalmente, porque Sánchez garantiza la victoria.

No hay alternativa posible a la suya mientras Vox sea el gran patrocinador de la izquierda. Por eso, Sánchez se recrea en cebar la iracundia de Abascal. La división de la derecha consolida el sanchismo tanto como lo hace la fórmula o la patente del tripartito. El pacto de Sánchez con Iglesias y los partidos soberanistas —ERC y Bildu en cabeza— destruye el PSOE por dentro al mismo tiempo que le permite ondear la bandera de la Moncloa. Quizás habría que cambiar el puño y la rosa por la efigie de Sánchez. Y modificar el enunciado de las siglas en beneficio del Partido Socialista Obsceno Español.

La corriente crítica se antoja tan frágil como las voces que salen en defensa del antiguo PSOE

¿Están de acuerdo los votantes con semejante proceso degenerativo? La corriente crítica se antoja tan frágil como las voces de ultratumba que salen en defensa del antiguo PSOE. Al PSOE se lo vota como se escucha la SER. Por inercias. Por costumbres. Conserva un electorado leal e incansable. Porque la izquierda es el bien. Porque la derecha es el mal. Y porque la polarización de la vida política enfatiza el sentido de la militancia.

La única alternativa a Sánchez consiste en Pablo Casado, pero el agujero de Vox parece tan elocuente como el recelo del votante socialista a cambiar las siglas del PSOE por las del PP. De ahí la importancia que reviste Ciudadanos. Y la astucia con que Arrimadas está planteando un acercamiento al votante desamparado del PSOE. Le ofrece una alternativa a Sánchez en la ley capital de los Presupuestos y plantea un escenario de resurrección del partido naranja, una brecha a la polarización.

Por eso reaccionan con tanta vehemencia los pandilleros de Sánchez. Rufián, Arnaldo y Echenique humillan a Cs. Se postulan como guardianes del sanchismo. Así es la cuadrilla de Pedro Sánchez. Y así debería reconocerlo el votante socialista cuando sobrevenga el trance de las urnas.

Decía Alfonso Guerra que a España no iba a reconocerla ni la madre que la parió

Pero el abrazo de Sánchez a Otegi refleja una aberración que no tiene aspecto de penalizarse. Y que redunda en la escala de tolerancia del dolor con que el líder ¿socialista? inició la legislatura, colocando de fiscala a la ministra de Justicia. A Sánchez no le gustan el Rey ni la monarquía parlamentaria. Le estorba el Congreso igual que le estorban los jueces y los periodistas. Su gran pasión es la historia, la historia del franquismo, pero el escrúpulo hacia la memoria remota no concierne a la memoria reciente del terrorismo etarra. Todavía huele el humo de las pistolas. Hay centenares de crímenes por esclarecerse. Y se va a extraditar a Josu Ternera para hacerlo responder del crimen brutal del cuartel de Zaragoza. Niños y adolescentes murieron, aunque no vale menos la vida de un guardia civil.

Decía Alfonso Guerra que a España no iba a reconocerla ni la madre que la parió. Al PSOE le sucede lo mismo. Es un partido irreconocible. Sánchez lo ha despojado de identidad, de proyecto, de límites éticos. Y lo ha sometido a su propia tiranía. El PSOE ha muerto. Viva Pedro Sánchez.

Tiene sentido que las iniciales de Pedro Sánchez coincidan con las primeras siglas del PSOE. Se ha producido un caso de identificación extremo. No por los valores socialdemócratas que haya podido adquirir el presidente del Gobierno en Ferraz, sino por la repercusión del sanchismo en el Partido Socialista, hasta el extremo de restringirlo a una prolongación personal.

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