¿Abolir la prostitución? No, legalizarla
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Rubén Amón

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¿Abolir la prostitución? No, legalizarla

Carmen Calvo retoma la utopía abolicionista para restregársela al debilitado ministerio de Irene Montero

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Laabolición de la esclavitud en EEUU no predispuso que se prendiera fuego a los algodonales. Allí se concebían los abusos hacia los negros sin derechos, pero la revolución legislativa que los rehabilitó formalmente no implicaba establecer una correlación entre la explotación y el lugar del trabajo o el trabajo mismo.

Viene a cuento el ejemplo porque la legalización de la prostitución no significa legalizar la trata de mujeres. Que es un delito en sí mismo, como lo es la esclavitud de las menores, tantas veces propiciados, los delitos, por el hábitat nauseabundo de la clandestinidad y el hampa.

Se antoja una ilusión acabar con el prostitución desde el estupor abolicionista, como se antoja ilusorio restringirla a un espacio de libertad sexual y de hedonismo compartido, pero el debate ha adquirido plena efervescencia porque Carmen Calvo se ha puesto a liderar el proyecto redentor en la cara de Irene Montero. Y no solo para reflejar la pugna generacional y conceptual entre el feminismo ortodoxo y el neofeminismo, sino para despojar de contenidos el Ministerio de Igualdad, más todavía cuando Iglesias no está fuera ni dentro del Gobierno.

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Debe tenerse claro que la ilegalización de la prostitución ya estuvo en las intenciones del PP como uno de los principios absolutos de su doctrina confesional, del mismo modo que ha estado entre las intenciones de Cs —y lo está— no precisamente la ilegalización, sino la legalización.

Y acierta con la iniciativa el maltrecho partido naranja. Se trata de emerger la evidencia, de responder o reaccionar a la hipocresía. Y de aprovechar la “normalización” del problema y de la costumbre para reconocer el estatus de las prostitutas, garantizar las mejores condiciones sanitarias y exponer el negocio resultante a los deberes de una actividad fiscalizada.

Semejante planteamiento ha conseguido provocar una parecida indignación entre la Iglesia y la progresía. Monseñor Osoro y Carmen Calvo coinciden ambos en que la reforma liberal y liberatoria de Ciudadanos implica una degradación de la mujer. Se convierten, según ellos, en carnaza de escaparate, en mercancía humana. Y establecen por añadidura un conflicto moral derivado de la yuxtaposición entre el sexo y el dinero.

Foto:  Juan Carlos Campo, ministro de Justicia, e Irene Montero, ministra de Igualdad. (EFE)

Me parecen presupuestos muy discutibles. No solo porque se atribuye al dinero un valor perverso, incluso cuando lo recauda el Estado. También porque discuten la libertad de un ser humano a “negociar” con su cuerpo. Lo haga con las piernas, como las modelos. Lo haga con los abdominales, como Cristiano Ronaldo. O lo haga con sus neuronas, como ocurre con el trapicheo mefistofélico de artistas, intelectuales y tertulianos.

No existe en España un bar sin una máquina tragaperras ni una carretera sin un lupanar, así es que el sobrecogimiento que pueda producirnos el espejo de una sociedad ludópata y putera en tiempos de Pilates y de internet forma parte de nuestra hipocresía hacia las costumbres pecaminosas, purgadas en el confesionario —real o imaginario—, y herederos, como somos, de una civilización, la romana, cuya fundación se produjo entre los senos de una loba antropomórfica que ejercía de samaritana.

Parece utópico y hasta inviable prohibir la prostitución, no digamos cuando internet y los contactos a través de la webmalogran cualquier expectativa de control. Por eso resulta más sensato adherirse a un marco normativo, sobrepasar el limbo contemporáneo. Legalizarla. Y reconocer que ni siquiera las feministas están de acuerdo en el principio abolicionista.

Sostienen las detractoras de la prohibición que dedicar el cuerpo al uso que una mujer sería un principio inviolable y emancipador. Otra cuestión es cuando lo hace coaccionada o amenazada. Ya existe un código penal que castiga los delitos derivados de la explotación y la trata.

"No parece coherente discriminar por parcelas las zonas del cuerpo con las que se puede comerciar o las que reflejan la pureza"

Quiere decirse que la abolición tanto penalizaría el derecho de un ejercicio de libertad individual como refleja el tabú del sexo. No tendría sentido prohibir las adopciones porque exista un mercado clandestino. Ni parece coherente discriminar por parcelas las zonas del cuerpo con las que se puede comerciar o las que reflejan la pureza.

Hablamos de las prostitutas, de la prostitución. Y del esfuerzo que Sánchez va a dedicar a abolirla, no ya desde la megalomanía, sino desde la redención moral y desde una ingenuidad que emula el optimismo antropológico del 'ZP' cuando emprendía sus grandes empresas sociales.

No se acabó con la esclavitud en los estados del sur americanos, ya lo hemos dicho, quemando los campos de algodón. Ni se resolverá la prostitución en tiempos de internet concediéndole el hábitat de la clandestinidad y la ilegalidad. Todo lo contrario.

Foto: Mabel Lozano, durante la entrevista con El Confidencial. (Jorge Álvaro Manzano)

Al cabo, el problema de la prostitución depende si se mira desde arriba o desde abajo. Que no es una 'boutade' tabernaria, sino la reflexión que Robert Musil introduce sarcásticamente en 'El hombre sin atributos'. Musil nos recuerda que las personas tendemos a prostituirnos integralmente. Condenamos con estruendo la transacción del burdel al mismo tiempo que incurrimos en otras operaciones y acciones que corrompen nuestra alma, nuestra dignidad, nuestra ética.

El monstruo de Jesús Gil acabó con la prostitución callejera en Marbella, nada que ver con las “call girls” que abastecía la libido de los sátrapas y los veraneantes del la 'jet'. ¿Cómo lo hizo? Las subió a un autobús y las evacuó a las ciudades vecinas. La anécdota ilustra la desesperación con que Carmen Calvo aspira a terminar con un hábito incorregible de los humanos. Se trata de hacerlo “desaparecer” legislativa y formalmente, sabiéndose y asumiéndose que la prohibición terminará provocando el efecto contrario y aceptándose que trasladar al éter poítico un problema no significa resolverlo.

Laabolición de la esclavitud en EEUU no predispuso que se prendiera fuego a los algodonales. Allí se concebían los abusos hacia los negros sin derechos, pero la revolución legislativa que los rehabilitó formalmente no implicaba establecer una correlación entre la explotación y el lugar del trabajo o el trabajo mismo.

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