Así fue como Sánchez creó a Díaz Ayuso
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Rubén Amón

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Así fue como Sánchez creó a Díaz Ayuso

El líder socialista repite el error que Susana Díaz cometió con él, cuando la presidenta andaluza le dio rango de adversario, abusó de los recursos y subestimó sus ambiciones

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Pedro Sánchez e Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Isabel Díaz Ayuso se ha avenido a participar este próximo miércoles en el debate de Telemadrid, pero no va a hacerlo su adversario socialista. Que no es Gabilondo, sino Pedro Sánchez, protagonista de una estrategia arriesgada y personalista cuyo desenlace puede evocar incluso el escarmiento que padeció Susana Díaz cuando aspiró a convertirse en la matriarca del PSOE.

Era la favorita, la estrella, la gran apuesta del sistema, pero la presidenta de la Junta andaluza incurrió en el error de estimular la envergadura de su adversario. Más fuerzas reunía ella misma y más recursos juntaba, más podía Sánchez demostrarse a sí mismo la oportunidad de la alternativa. Hubiera sido más inteligente relativizar al adversario, degradarlo a la marginalidad en que se encontraba, pero Susana Díaz decidió construir un ejército descomunal, alistó a los generales —González, Guerra, Zapatero—, alineó todas las baronías, recurrió a los poderes mediáticos, movilizó el aparato a su servicio y convirtió a Sánchez... en Espartaco.

Fue la clave de su victoria. No tanto los méritos propios —uno de ellos radicó en negarse a apoyar la investidura de Rajoy— como haberse convertido en la expresión iconográfica del antisistema. Más todavía cuando el sufragio de las primarias no lo componía la abstracción de los votantes socialistas, sino los militantes. Pocos y aguerridos. Y refractarios al susanismo, porque observaban en SD la encarnación de un PSOE dinástico, obsoleto y resignado al PP.

Foto: Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. (Alejandro Martínez Vélez)
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Fue Susana Díaz quien creó a Sánchez. No solo cuando le otorgó el rango de adversario en el duelo de 2017, sino cuando lo utilizó de cataplasma para malograr la candidatura de Eduardo Madina en las primarias de 2014. No quiso entonces ella presentarse al liderazgo de un PSOE devastado y desnutrido, pero sí decidió transformar al ambicioso y desconocido Sánchez en la marioneta que iba a calentarle el sillón mientras aguardaba ella la Epifanía.

Impresiona evocar aquellos episodios de negligencia visionaria. Y llama la atención aún más que Sánchez no haya asimilado la carambola que le convirtió en el César de Ferraz y la Moncloa. Porque ha sido él quien ha creado a Isabel Díaz Ayuso. Quien le ha otorgado la corpulencia política de una adversaria equivalente. Y quien no hace otra cosa que beneficiarla cada vez que amontona los recursos para combatirla.

La victoria de la lideresa madrileña se alimenta del combustible del antisanchismo. Por esa razón, la sobreactuación del presidente del Gobierno y la aversión que suscita el compadre Iglesias proporcionan a Ayuso una transversalidad y un vigor electoral que sobrepasa las adscripciones ideológicas comunes. Y por idénticos motivos, la única expectativa de 'victoria' a la que aspira Sánchez consiste en que la presidenta madrileña obtenga un magnífico resultado, o sea, por debajo de la mayoría absoluta pero suficiente para dejar sin representación a Vox y a Ciudadanos. No tendría pareja de baile Ayuso. Habría devorado ella misma la posibilidad de reclutar a los socios de investidura.

Foto: Acto electoral de Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

La hipótesis es plausible e ilustrativa de una estrategia errática de Moncloa. No solo porque los madrileños están llamados a decidir un extemporáneo plebiscito sobre Sánchez, sino porque la cacicada murciana que urdió Iván Redondo dio origen a la represalia de las elecciones anticipadas en Madrid. Sánchez reanimó al PP cuando estaba purgando el fracaso de Cataluña. Y ha devuelto a los populares la expectativa de un ciclo virtuoso que atraganta la euforia de la hegemonía socialista, entre otras razones, por la esterilidad de la victoria de Cataluña.

Tiene sentido cuestionarse la lucidez de Moncloa. Y la voracidad o ferocidad con que Sánchez ha interpretado la cita del 4-M. Ha convertido a Gabilondo en un simple mozo de espadas. Y ha otorgado a Ayuso los honores de la emperatriz de Lavapiés. Porque el lema del PP no es la mamarrachada de comunismo o libertad, sino la respuesta emocional a una pregunta mucho más enjundiosa que sorprende a los votantes en un estado de hipersensibilidad y que concede a Díaz Ayuso una expectativa providencialista sobrevenida: sanchismo o antisanchismo.

Todo empezó hace siete meses, en 'el día de las banderas', o sea, cuando Sánchez visitó oficialmente Madrid en la angustia de la pandemia y en el apogeo de las divergencias bilaterales. Hizo Ayuso de anfitriona. Y se predispuso un delirante escenario iconográfico amontonándose las banderas de España y de Madrid en una estética de resonancias norcoreanas.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez (d), junto a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (c). (EFE)

No iba a perder Sánchez la oportunidad de sentirse padre y patriarca. Y de considerar a 'la' Ayuso una especie de brote adolescente y efímero, pero fue entonces cuando empezó a revestirla de galones y cuando subestimó el instinto y el populismo de la presidenta madrileña.

No podrá decir Sánchez que Gabilondo ha perdido las elecciones. Ha decidido él implicarse y consolidarse como el verdadero antagonista. Y no ha tenido reparos en utilizar la pandemia como recurso electoral, pero la táctica del abusón refleja un resultado contraproducente.

Las cualidades propias de Ayuso en su desparpajo, victimismo e identificación visceral con el pueblo madrileño no contradicen que Sánchez haya contribuido más que nadie a exagerarlas y excitarlas. Le sucedió a Susana Díaz cuando hizo de Sánchez una criatura instrumental, ignorando que la marioneta iba a arrancarle la cabeza.

Isabel Díaz Ayuso se ha avenido a participar este próximo miércoles en el debate de Telemadrid, pero no va a hacerlo su adversario socialista. Que no es Gabilondo, sino Pedro Sánchez, protagonista de una estrategia arriesgada y personalista cuyo desenlace puede evocar incluso el escarmiento que padeció Susana Díaz cuando aspiró a convertirse en la matriarca del PSOE.

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