Ponce se ha marchado, ¿cuándo volverá?
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Rubén Amón

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Ponce se ha marchado, ¿cuándo volverá?

Abrumado por las cuestiones personales y lejos de su mejor forma, el diestro valenciano se despide con un comunicado inesperado que deja abierta la puerta del regreso

placeholder Foto: Enrique Ponce, en septiembre de 2020 en la localidad granadina de Baza. (EFE)
Enrique Ponce, en septiembre de 2020 en la localidad granadina de Baza. (EFE)

Los aficionados de Burgos no van a encontrarse con Enrique Ponce en el Plantío esta tarde del 29 de junio de 2021. Allí estaba anunciado junto a Roca Rey y Emilio de Justo, pero la sorpresa de un comunicado en la vigilia precipitaba la noticia de una retirada indefinida.

El adjetivo incorpora ambigüedad a la decisión. Y puede que se trate de una conclusión irrevocable, pero cuesta trabajo creer que Ponce se haya cortado la coleta. Porque no se la ha cortado en sentido literal. Y porque la brillantez de su trayectoria contradice que el hito de una despedida sobrevenga con una especie de trámite administrativo.

No explica Ponce con demasiado detalle los motivos reales de la decisión, pero tiene bastante sentido vincularlos a los vaivenes personales, mediáticos y hasta profesionales de los últimos meses. Al torero valenciano le estaba costando trabajo 'ponerse delante', más todavía considerando la facilidad y la suficiencia que definen su apabullante carrera.

Apabullante quiere decir que el diestro de Chiva —allí nació en 1971— ha lidiado más de 5.000 reses y ha intervenido en 2.099 corridas de toros. Nadie como él ha protagonizado más indultos ni ha conseguido semejante regularidad estadística y estilística en la edad contemporánea.

La hegemonía resultante es la que ha puesto en evidencia las contrariedades de los últimos tiempos. Ponce salió a hombros en León el pasado domingo, pero la evidencia del triunfo no contradice los titubeos y dudas con que últimamente se desempeñaba.

placeholder Un capote de Ponce subastado en un evento solidario. (EFE)
Un capote de Ponce subastado en un evento solidario. (EFE)

Lo pudimos apreciar el pasado viernes en Alicante. El matador de la clarividencia y de la facilidad recurría a la tauromaquia de la vehemencia y de la desesperación para sobrevivir a la competencia de Manzanares y de Cayetano. A Ponce se le veía más vulnerable que nunca, hasta el extremo de quedarse a merced de un ejemplar de Juan Pedro Domecq en un episodio de la faena.

No estaba centrado Ponce. Y puede que haya contribuido al desconcierto la propia repercusión de su relación sentimental con Ana Soria. No solo por el alcance mediático y por el escarnio social que ha engendrado la diferencia de edad —la corrala española ha expuesto toda su bilis y toda su ferocidad justiciera—, sino también por el complejo proceso de divorcio con Paloma Cuevas, la hija de su propio exapoderado.

Foto: Enrique Ponce, en la Feria de San Lucas de Jaén en 2020. (EFE)

Enrique Ponce fue un niño prodigio —debutó en público con 15 años—, aunque es más relevante, mucho más, que se haya convertido en hombre prodigio. Ponce conseguía hacer faena a todos los toros. Como si fuera un fraile franciscano. Se diría que hablaba con ellos. Que los susurraba. Y que los terminaba seduciendo con la muleta hasta adormecerlos, templarlos. Al malo y al bueno. Al bravo y al manso. A la alimaña y al boyante.

No puede despedirse Ponce con un papel mal escrito, sin haber vuelto a la plaza de México o sin haberse mecido en la arena negra de Bilbao

Tan lejos ha llegado su maestría que Ponce está ya muy cerca de elevarse al rango de los sabios sufíes que tañían el laúd sin laúd. Habían superado la dependencia del instrumento. Veremos un día a Ponce triunfar sin toro ni espada. Porque levitar ya lo hacía. Casi todas las tardes terminaba marchándose de la plaza sin pisar la arena. Lo llevaban en volandas. Hasta el coche o hasta el hotel, familiarizándolo con la evanescencia. Despojándolo del oro del vestido en la expectativa de la fertilidad.

Foto:  Paloma Cuevas y Enrique Ponce, en una imagen de archivo. (Getty)

Ponce estuvo allí. Está allí. Estará allí. Pasan los años, las figuras, las modas, los animalistas. Y Ponce permanece. Como la trompeta de la capitanía de Valencia, como el ángelus de las 12, como el rompeolas del espigón. Apolíneo. A veces cursi o redicho. Otras, clarividente. Y perfeccionista. Tan perfeccionista que todavía no ha consumado la faena perfecta. Por eso no se puede retirar. Y por idénticas razones no debe tenerse demasiado en cuenta el calentón del comunicado que remitió anoche, menos aún cuando menciona la agarradera "un alto en el camino".

No puede despedirse Ponce con un papel mal escrito. No puede retirarse sin haber vuelto a la plaza de México o sin haberse mecido en la arena negra de Bilbao. Y sin haber hecho el paseíllo en la plaza de Valencia, cuya última actuación se remonta a las Fallas de 2019. Ya queda menos para que Enrique Ponce vuelva.

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