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Rubén Amón

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Yo no soy Samuel

La brutal paliza al muchacho gallego precipita una obscena instrumentalización y polarización que lleva más lejos la incredulidad y dolor de sus padres

Foto: Protestas en Madrid por la muerte de Samuel. (Sergio Beleña)
Protestas en Madrid por la muerte de Samuel. (Sergio Beleña)
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No soy Samuel. Lo prueba que estoy vivo. Y lo demuestran mis recelos a la apropiación del dolor ajeno. El duelo por Samuel lo sufren los familiares y sus amigos allegados. Ha sido el propio padre del chico quien más sobriedad y rigor ha opuesto a la histeria de las calles y a la instrumentalización del cadáver. No se le había dado sepultura cuando a Samuel ya se le utilizaba como arma arrojadiza o mártir oportunista.

No soy Samuel, porque ni siquiera Samuel es Samuel. No solo lo han linchado salvajemente, se le ha despojado de su identidad, de su biografía. Se le ha convertido en santo. Y se le ha transformado en icono hasta que la amnesia termine arrinconándolo al fondo de armario, allí donde tenemos la camiseta de 'Je suis Charlie' y aquella otra sudadera que nos pusimos 10 minutos cuando el secuestro de las niñas de Boko Haram.

Foto: Policía en A Coruña. (EFE)

Ni siquiera su padre reconoce a su hijo en el retrato que le ha improvisado la opinión pública. Ni en las manifestaciones que reclaman justicia a un brutal delito homófobo. Ni en la arbitrariedad con que ministros y líderes opositores ofrecen sus flores de plástico. Ni en la obscenidad con que se priva a una familia de la intimidad y de la memoria.

Y no estaban claras las razones de la paliza. Porque no hay razones; no las hay ni puede haberlas. Llamarlo 'maricón' cuando tanto hubiera valido clasificarlo como 'facha' o 'madridista'. El crimen resulta execrable en su ejecución. En la ferocidad de la manada que reventó a Samuel y en su acepción sanguinaria.

No iba a desaprovechar Sánchez la oportunidad de ejercer el paternalismo. Y de reclamar prosaicamente el esclarecimiento de los hechos. Y de perfilar un eslogan que traslada un nauseabundo hedor electoralista a semejanza del narcisismo: "No daremos ni un paso atrás en derechos y en libertades. España no lo va a tolerar".

Ni siquiera su padre reconoce a su hijo en el retrato que le ha improvisado la opinión pública

La identificación entre el presidente y la patria exacerba la manipulación del duelo. La urgencia del tiempo de reacción ni siquiera admitía lugar al desarrollo de las primeras investigaciones policiales. Samuel ya era un mártir antes de haberse ultimado o divulgado la autopsia.

Sobrevino la competición del tuit más solidario. Y compareció la verborrea de Monedero para acusar de la muerte de Samuel al alcalde de Madrid por haberse negado a desplegar la bandera multicolor.

Es el contexto inflamado e inflamable de la semana del Orgullo. Y la perversión instrumental de una trifulca política y social que manosea el duelo de una familia descoyuntada. La eventual connotación homófoba del linchamiento no es más relevante que la paliza en sí misma.

Hay razones para inquietarse por la homofobia. Hay motivos para avergonzarse del oscurantismo de Vox. Hay argumentos para discutirle a Almeida la regresión que supone haberse abstraído de sumarse al acontecimiento social, cultural, lúdico y turístico de la semana del Orgullo, más todavía cuando la bandera arcoíris ha representado la popularidad de un modelo de tolerancia y de convivencia.

Lo que no puede hacerse es apropiarse de un cadáver. Ni para llevarlo a los altares, ni para vampirizarlo ni para esconderlo. De otro modo, al padre de Samuel y a sus demás familiares puede sucederles lo que le ocurrió al chaval palestino que quemaron vivo tres estudiantes de una 'yeshiva' en represalia por el secuestro y asesinato de unos compatriotas israelíes.

Los hechos sucedieron en Gaza en 2014. Y dieron origen a una guerra de 50 días. La desgracia añadida de aquel padre consistía en que los ultras de Hamás no le devolvieron el cuerpo del chico. Y le dieron un argumento de sospechosa actualidad: "No es tu hijo, es nuestro mártir". Se llamaba Mohamed Abú Judeir, pero nadie se acuerda.

No soy Samuel. Lo prueba que estoy vivo. Y lo demuestran mis recelos a la apropiación del dolor ajeno. El duelo por Samuel lo sufren los familiares y sus amigos allegados. Ha sido el propio padre del chico quien más sobriedad y rigor ha opuesto a la histeria de las calles y a la instrumentalización del cadáver. No se le había dado sepultura cuando a Samuel ya se le utilizaba como arma arrojadiza o mártir oportunista.

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