Pedro Sánchez: "¿Cataluña? ¿Qué Cataluña?"
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Rubén Amón

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Pedro Sánchez: "¿Cataluña? ¿Qué Cataluña?"

Los indultos y la mesa bilateral tienen anestesiado el 'conflicto catalán', pero el presidente del Gobierno finge haberlo resuelto y subestima la naturaleza insaciable del soberanismo

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

Impresionan la naturalidad y el cinismo con que Pedro Sánchez finge haber resuelto o anestesiado el 'conflicto catalán'. Se ha propuesto demostrar y demostrarse que la crisis territorial y el placebo de la concordia se disipan en la letra pequeña de la legislatura. Por esa razón eludió cualquier mención a Cataluña en el discurso de apertura. Y evitó esmerarse en evocar los ripios de Martí i Pol. Le gusta más ahora la lírica patriótica de Pemán. Se ha olvidado Sánchez de la España plurinacional. Y de las rapsodias que convertían Cataluña en la terapia del reencuentro.

"¿Cataluña? ¿Qué Cataluña?", se pregunta Sánchez mientras experimenta ilusoriamente la fantasía del deshielo. Es verdad que el monstruo 'indepe' simula una posición de cierto letargo. No ya por la tregua institucional del verano —el nacionalismo cierra por vacaciones, a medida de una revolución burguesa—, sino porque los soberanistas todavía saborean la dieta proteica de los indultos y el privilegio indecoroso de la mesa bilateral.

El independentismo se encuentra en el periodo de la digestión. Se ha adormecido. Y da la impresión de trasladar una cierta resignación. El problema es que la Diada del 11-S va a reanimarlo. Y no porque se convoquen grandes multitudes, sino porque los príncipes del soberanismo van a despertar a Sánchez de la burbuja mental en que se ha instalado. Empezando por Carles Puigdemont, cuyo papel agitador y el eventual regreso a la tierra prometida forman parte de la coreografía siniestra que amenaza la paz armada de Pedro Sánchez. Se trata de recordarle la precariedad parlamentaria y política en que se encuentra. Y de remarcar las ambiciones maximalistas que jalonan el camino glorioso hacia la independencia.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, recibe al presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, en Moncloa.

El presidente Pere Aragonès ya la considera verosímil en 2030, aunque los camaradas socialistas relativizan la bravuconada y aspiran a sofocarla con más dinero y más autogobierno. Se supone que las ayudas europeas van a distribuirse con criterios discriminatorios favorables a Cataluña. Y piensa Sánchez que el maná comunitario sobrelleva un efecto terapéutico.

Semejante voluntarismo justifica un ejercicio ingenuo de confianza hacia ERC. Ha venido a convenirse que Fray Junqueras recompensa la gracia del indulto con el reconocimiento de una tregua política. Es cierto que Esquerra Republicana parece desempeñarse con menor fanatismo, pero resulta que el partido del 'president' Aragonès gobierna en una coalición incendiaria. Ni Junts ni la CUP van a consentir que se distraigan los objetivos fundamentales y fundamentalistas. Todo lo contrario: cualquier atisbo de inconstancia en el camino hacia la nueva patria amenaza la viabilidad del Gobierno catalán y repercute en la fingida estabilidad de Sánchez.

Se diría que el líder socialista gobierna como si ya estuviera resuelto el 'conflicto'. Lo demuestran los fichajes mesetarios que se alojan en el Consejo de Ministros. Lo prueba el viraje electoral y sensacionalista hacia el centro. Lo sugiere la gran elipsis que supuso cualquier alusión a Cataluña en un monólogo de 35 minutos. Y ha terminado de acreditarlo la decisión de abortar la reforma del Código Penal a propósito del delito de sedición.

Se diría que el líder socialista gobierna como si ya estuviera resuelto el 'conflicto'

Era una de las promesas que Sánchez hizo a los compadres soberanistas antes de concederles la vergüenza del indulto. Y la enésima demostración falsaria con que se desenvuelve el anfitrión de Moncloa. Porque se les dijo pedagógicamente a los españoles que la reforma en cuestión nada tenía que ver con las cesiones al nacionalismo —aliviar el delito por el que habían sido condenados—, sino estrictamente con las carencias de una legislación obsoleta que nos alejaba de los estándares europeos.

Sánchez ha cambiado de idea y de estrategia por estrictos motivos instrumentales. Y porque la reforma del Código Penal convertiría a Carles Puigdemont en un delincuente menor. No es el momento de incitar o estimular el regreso del mesías soberanista, pero Sánchez está subestimando los humores revanchistas del presidente 'desterrado' y el reflujo justiciero que va a recalentarse al compás de la Diada. Sirvan como prueba las medallas de oro que ha concedido el Parlament a las víctimas del 1-O. O sea, los honores institucionales que se dispensan a quienes organizaron la sedición, ultrajaron la Constitución y obtuvieron la medida de gracia del Gobierno como prueba inequívoca de su tormento judicial.

Foto: Félix Bolaños durante la rueda de prensa de Moncloa. (EFE)

Sánchez puede ser víctima de un peligroso ensimismamiento. La fantasía de borrar del mapa Cataluña evoca la hermosa epifanía infantil de Kim Jong-un. No sabía hablar ni escribir el actual presidente norcoreano cuando se le deslizó un bote de tinta sobre el mapa de Japón. Y no cabía premonición más idónea respecto al providencialismo de su liderazgo.

No es cuestión de establecer otros paralelismos siniestros entre Madrid y Pyongyang, pero sí conviene tener presente que Pedro Sánchez concibe la política con tinta china. Cuando despierte, Cataluña estará allí.

Impresionan la naturalidad y el cinismo con que Pedro Sánchez finge haber resuelto o anestesiado el 'conflicto catalán'. Se ha propuesto demostrar y demostrarse que la crisis territorial y el placebo de la concordia se disipan en la letra pequeña de la legislatura. Por esa razón eludió cualquier mención a Cataluña en el discurso de apertura. Y evitó esmerarse en evocar los ripios de Martí i Pol. Le gusta más ahora la lírica patriótica de Pemán. Se ha olvidado Sánchez de la España plurinacional. Y de las rapsodias que convertían Cataluña en la terapia del reencuentro.

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